Año 50 de la revolución
El legado de Fidel Castro divide tanto a los cubanos como a la opinión pública internacional medio siglo después de bajar de Sierra Maestra
MAURICIO VICENT - La Habana - 28/12/2008
Cualquier balance que se haga de la Cuba de Fidel Castro, si es medianamente equilibrado, levanta ampollas. Es uno de los resultados visibles de la revolución después de 50 años: haber dividido a los cubanos y a la opinión pública internacional en dos bandos irreconciliables: los detractores del castrismo y sus defensores.
Raúl Castro pide austeridad y dice que las reformas se aplazan, pero continúan adelante
Fidel Castro
A FONDO
Nacimiento: 13-08-1926 Lugar:(Mayarí)
Cuba
A FONDO
Capital: La Habana. Gobierno: República comunista. Población:11,423,952 (est. 2008)
Los adversarios de Castro esgrimen estadísticas para demostrar su fracaso.
Para los fidelistas la crítica más inocente es catalogada como contrarrevolucionaria
Para muchos cubanos el gran drama es la emigración juvenil
"La revolución fue secuestrada por Fidel", asegura Gutiérrez Menoyo
A los primeros nada les parece bien; incluso lo aceptado generalmente como positivo, como la universalización de la salud y la educación, es apreciado como pura propaganda. Para los fidelistas, hasta lo inadmisible se justifica por razones de fuerza mayor -"la supervivencia de la revolución"- y con este argumento hasta la crítica más inocente es catalogada de contrarrevolucionaria.
En una cosa al menos coinciden todos: la Cuba que deja Castro, ausente de la vida pública desde julio de 2006, en muy poco se parece a la que recibió el 1 de enero de 1959.
Los adversarios del líder comunista se sirven de algunas estadísticas de la etapa republicana para demostrar el fracaso del régimen. En 1958, con una población de seis millones de personas, la isla poseía más electrodomésticos por habitante y tenía más kilómetros de líneas férreas que cualquier otro país de América Latina. El peso cubano tenía entonces igual valor al dólar. Hoy es 20 veces inferior. Existían las mismas cabezas de ganado que habitantes. Ahora la proporción es de una por cada seis cubanos. Y el número de periódicos de tirada nacional era considerable. Ahora sólo hay dos, Granma y Juventud Rebelde.
Otra cifra. La producción de azúcar en 1958 superó en cuatro veces la alcanzada el año pasado.
Para los defensores de la revolución los datos que cuentan son otros. Antes de 1959 la mortalidad infantil era superior a 60 por cada mil nacidos vivos. Ahora es de 5,3. La esperanza media de vida al nacer no llegaba a los 58 años y hoy es de 77 años en el caso de los hombres y 78 de las mujeres. Mientras, la cantidad de médicos por habitante se ha multiplicado por cinco. Con 11 millones de habitantes, en Cuba hoy existen casi un millón de universitarios.
Guillermo Jiménez es uno de los pocos académicos revolucionarios que admite abiertamente que los indicadores de consumo antes de 1959 eran deslumbrantes. En su ensayo El nivel de vida de los cubanos anterior a la revolución ofrece estadísticas como estas: el consumo anual de carne de res en 1955 era de 40 kilogramos por habitante (tercer lugar en América Latina, después de Uruguay y Argentina); en 1958 circulaban en la isla 160.000 vehículos, uno por cada 38 habitantes (segunda posición en el hemisferio). "Y Cuba también era el segundo país de América Latina en número de receptores de radio, y el primero en receptores de televisión y en canales televisivos".
"Pero estaba también el lado oscuro de la luna", señala Jiménez, de 72 años, que fue líder destacado del Directorio Revolucionario, una de las tres fuerzas que lucharon contra la dictadura de Fulgencio Batista. "En aquellos años el desempleo afectaba al 40% de la población y el 23,6% de los cubanos mayores de 10 años eran analfabetos", asegura. "La riqueza estaba tan desigualmente distribuida que el 8% de los propietarios poseían más del 70% de las tierras", añade.
Cita datos "nada sospechosos", pues fueron obtenidos de instituciones oficiales del Gobierno de Batista. En 1953 sólo el 58% de los hogares cubanos disponían de servicio de electricidad. Y "poseían refrigeradores menos de la quinta parte de las viviendas, sólo un tercio tenían agua corriente y un 28% baño en casa, sin contar que casi absolutamente todas esas ventajas se concentraban en La Habana", agrega el profesor.
Jiménez quiere demostrar que por muy bien que estuviera Cuba en algunos índices económicos, la necesidad de una revolución social "se justificaba plenamente" en 1958. Y eso sin considerar la represión política vivida durante los últimos años del Gobierno de Batista.
Para el ex comandante Eloy Gutiérrez Menoyo, miembro del mismo grupo revolucionario que Jiménez y hermano de uno de los asaltantes del palacio presidencial (Carlos, que murió en el intento de ajusticiar a Batista, en 1957), "la revolución cubana triunfó porque fue apoyada por la inmensa mayoría de la gente", incluidas clase media y burguesía. "Todos queríamos libertad y justicia social, pero la revolución fue secuestrada por Fidel y el precio que hemos pagado ha sido demasiado alto", asegura.
Menoyo subió a las montañas del Escambray en 1957 y bajó con grado de comandante. "Fui el único extranjero con esa condición, con el Che Guevara y el norteamericano William Morgan [fusilado en 1961, acusado de ser agente de la CIA]".
Por su memoria pasan los hitos de la revolución: "La ley de reforma agraria, las nacionalizaciones de las grandes empresas norteamericanas; la invasión de bahía de Cochinos; la crisis de los misiles; el fracaso de la zafra de los 10 millones, uno de los sueños locos de Castro, que dejó a la isla en bancarrota; el Quinquenio Gris y la sovietización de Cuba; el éxodo del Mariel; la desaparición de la Unión Soviética; el Periodo Especial; la crisis de los balseros; el relevo de poder en Cuba; las esperanzas abiertas por la llegada de Raúl Castro, y la espera y la decepción...".
Menoyo, de 74 años, ha vivido estos acontecimientos desde varias ópticas: como comandante de la revolución (hasta 1961), como prisionero político (pasó 22 años en una cárcel cubana por alzarse en armas contra Castro); como líder en el exilio (desde 1987) y como opositor pacífico y cubano de a pie (tras regresar a la isla en el año 2003).
Es quizá el único cubano que tiene una experiencia similar. Y la valoración que hace, "sin odio", es dura: "No ha merecido la pena tanto sacrificio".
Los logros de la revolución, dice, "en realidad no lo son: la educación no es libre y su calidad es cada vez peor; la salud está en un estado deplorable y encima no es gratis: se está pagando con los salarios de hambre que cobra todo el mundo".
Menoyo afirma que "los jóvenes se quieren ir del país" y que por rechazo al sistema y el freno impuesto a los cambios, "cada vez se idealiza más a Estados Unidos". Se corre el riesgo, advierte, de "perderlo todo" y de caer en manos "del enemigo contra el que luchamos".
Alfredo Guevara, compañero de universidad de Fidel Castro y miembro del "gobierno paralelo" con el que el líder cubano trabajó a la sombra en los primeros años, es uno de los históricos de la revolución, pero no es ciego ante las sombras.
En recientes debates intelectuales ha criticado el deterioro de la enseñanza y la educación en su país y ha abogado por la necesidad de "reinventar" el socialismo cubano e introducir cambios en el modelo, vitales para que la revolución sobreviva. Para él, la principal garantía de futuro es la "formidable fuerza" formada durante este medio siglo, ese millón de universitarios y dos millones de técnicos que son el principal tesoro del país.
Tanto Guevara, de 82 años, como Jiménez y Menoyo, forman parte de una generación que protagonizó la revolución. Pero ahora son los jóvenes los que cuentan. Los hijos y los nietos de aquella revolución, como Eliécer Ávila, el estudiante de ciencias informáticas, miembro de la juventud comunista, que se hizo famoso en el mundo entero el año pasado al debatir con el presidente del Parlamento, Ricardo Alarcón, y preguntarle por derechos como la libertad de viajar y de participar en las decisiones políticas.
Para muchos cubanos setentones, la emigración de los jóvenes es uno de los grandes dramas del país y uno de los mayores lastres de cara al futuro. Los enemigos de Castro aseguran que son demasiados los desastres que deja el castrismo: la economía destrozada por años de políticas voluntaristas y subsidios locos, los derechos civiles y las libertades cercenadas, y las cárceles con más de 200 presos políticos; y muchos problemas que fueron bandera de la revolución, como la lucha contra el racismo, sin resolver. Para los defensores del fidelismo, a pesar de los errores cometidos el paso de los años demostrará que la revolución ha supuesto un salto histórico, un avance para el país, y aunque sea sólo por ello la historia absolverá a Fidel Castro. El tiempo lo dirá.
Fuente: EL PAÍS de Madrid.
A 50 años de la revolución
Cuba, un sueño en su encrucijada
Tras medio siglo de férreo gobierno castrista, sin desarrollo y la censura, Cuba está lejos hoy de haber cumplido con las promesas de la revolución. Pasado, presente y futuro de uno de los grandes mitos rumbo político y acosada por la pobreza, la falta de nuestro tiempo
Por César González Calero
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
A la entrada del pueblo de Birán, en el corazón del oriente cubano, un cartel con la célebre divisa guevarista saluda a los visitantes: "Hasta la victoria, siempre". Cuando se observa la inmensidad del valle de Birán, uno imagina la sensación de poder que debió experimentar Angel Castro, uno de tantos gallegos que llegaron a Cuba a principios del siglo pasado sin un centavo en el bolsillo. Era tan reservado que cuando murió nunca se encontró la llave de su caja fuerte. Cuando consiguieron abrirla, sólo descubrieron documentos y algunas joyas. Porque don Angel no era acaparador y aunque llegó a hacer fortuna, la invirtió en sus tierras, en su país en miniatura. A sus jornaleros nunca les faltó alimento ni cama. Disponían de medicinas, escuela y hasta un cine para matar las horas de ocio. A don Angel lo único que le exasperaba era perder. Si no ganaba al dominó, arrojaba las fichas al suelo con rabia. A su quinto hijo (llegó a tener nueve), Fidel Alejandro Castro Ruz, que nació en la finca de Birán el 13 de agosto de 1926, tampoco le gustó nunca el dinero. Ni perder. De niño, cuando jugaba al béisbol, él era el pitcher, el lanzador. Y no le hacía ni pizca de gracia perder un solo juego. La victoria, siempre.
El 8 de enero de 1959, cuando entró en La Habana como un Mesías de verde olivo y cartuchera al cinto, Fidel Castro se mostraba exultante. Había vuelto a ganar. Y no estaba dispuesto a compartir su victoria con nadie, como les quedó claro aquel mismo día a los demás grupos revolucionarios que también se habían dejado la piel contra la dictadura de Fulgencio Batista.
Para qué andaban recolectando armas, les regañó Fidel en el cuartel Columbia, si el Movimiento 26 de Julio (su organización) ya estaba al mando de todo.
Las biografías y estudios sobre Fidel Castro ocupan toneladas de papel.
Pero no hay mejor retrato del jefe de la revolución cubana que sus discursos, un corpus de miles de palabras con las que Castro fue cincelando la figura de un personaje extraordinario, descomunal, irrepetible. Eximio orador y brillante histrión, Castro hizo de cada una de sus arengas al pueblo un canto a la figura del comandante en jefe irreemplazable que habría de guiar a su pueblo durante décadas. Sin la potencia seductora de su voz, sin el magnetismo hipnotizador de sus gestos, la revolución cubana no habría sido la misma. El 70 por ciento de la población actual de la isla nació después de 1959, con el referente único de ese paterfamilias que enseñó a sus compatriotas con qué libros tenían que aprender a leer (el Pedagogo en Jefe), qué dieta debían seguir para estar más saludables (el Nutricionista en Jefe) o qué hacer cuando un ciclón se aproximaba (el Meteorólogo en Jefe).
El comandante de mecha jacobina descubrió enseguida la trascendencia de ese "diálogo con el pueblo", bien fuera a cielo abierto o a través de un artefacto recién inventado y que le vino como anillo al dedo: la televisión.
"Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho". Esta máxima, dedicada en un principio a los artistas e intelectuales cubanos reunidos en la Biblioteca Nacional en junio de 1961, describe a la perfección el laberinto por el que ha transitado la revolución cubana a lo largo de medio siglo bajo el faro omnisciente de Fidel Castro. Porque en la doctrina política de este hombre tocado por la gracia del destino no caben medias tintas. "Permítanme decirles en primer lugar que la Revolución defiende la libertad", les aseguró Castro a los intelectuales recelosos del sesgo autoritario que iba adoptando el nuevo régimen. Enseguida, los hechos le dieron la razón a aquellos que ya entonces, con gran olfato, procesaban las palabras de Castro en el sentido contrario al eco de sus promesas. Ese mismo año de 1961, Castro cerraría el semanario Lunes de Revolución (la perla cultural de la nueva Cuba), dirigido por una joven promesa literaria de la revolución: Guillermo Cabrera Infante. Y una década más tarde, en 1971, el caso del poeta Heberto Padilla (acusado de contrarrevolucionario, encarcelado e "invitado" a retractarse) abriría los ojos de muchos intelectuales al verdadero rostro del régimen cubano. El escritor Juan Goytisolo, defensor de la revolución en los primeros años, retrató magistralmente en uno de sus libros de memorias el mea culpa de Padilla: "La estrafalaria escenificación del acto, las dostoievskianas revelaciones del acusado [?] las referencias de los comisarios culturales a la hermosa noche [?] no son sólo un remake paródico de los procesos estalinianos sino un auténtico montaje ubuesco que hubiera colmado de arrobo al propio [Alfred] Jarry".
Luces y sombras
Desde su advenimiento, la revolución avanzaba a pasos agigantados en la alfabetización del pueblo, en la cobertura sanitaria universal y gratuita, en la expropiación de latifundios, en la nacionalización de empresas estadounidenses que habían hecho de Cuba un antro de negocios turbios. Los cambios sociales eran una realidad. Con gran firmeza, la revolución desmanteló en un abrir y cerrar de ojos el burdel en que habían convertido la isla los gobiernos corruptos precedentes, esa gigantesca ruleta tropical en la que los Meyer Lansky de turno dominaban el país a golpe de talonario y a punta de pistola.
Pero los pasos hacia atrás en las libertades individuales también fueron colosales. La creación en 1960 de los Comités de Defensa de la Revolución -un sistema de "vigilancia colectiva", en palabras de Castro- redujo al absurdo, según uno de los biógrafos de Fidel, el escritor alemán Volker Skierka, cualquier principio libertador de la revolución. Con un Comité en cada cuadra del país, la delación pasó a tener rango de ley, el miedo se impuso como una forma natural de las relaciones humanas, la paranoia colectiva se extendió como una mancha de aceite desde la punta hasta la base de la pirámide social.
En diciembre de 1992, Castro se jactó en un discurso de "haber puesto fin a toda forma de discriminación". Pero su gobierno cayó con frecuencia en los mismos abusos que se propuso combatir. Ejemplo de ello fue la creación, en la década de los 60, de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), granjas agrícolas donde fueron recluidos los homosexuales y otros "indeseables" para ser reeducados. Las UMAP fueron desmanteladas tres años después de su apertura tras una denuncia formulada en la ONU. Pero la discriminación no cesó. El régimen pensaba que la homosexualidad era una patología social (como quedó expresado en el Primer Congreso de Educación y Cultura, en 1971), y continuó marginando a todo aquel que consideraba "desviado". Como a Virgilio Piñera, uno de los grandes poetas de la época, condenado al ostracismo por su homosexualidad.
Desactivada toda oposición, Fidel tuvo pronto el camino allanado para fosilizar el proceso revolucionario y reivindicar la necesidad de un régimen unipartidista. Estados Unidos le proporcionó el guión soñado: una invasión frustrada, un ignominioso embargo económico, un arrogante Goliat imperialista frente al numantino David caribeño. Fidel Castro siempre se supo predestinado a consumar la cruzada inacabada de José Martí, la batalla final por la independencia de Cuba. Y en la beligerancia de Washington encontró el argumento ideal para aferrarse a un nacionalismo a ultranza, "patria o muerte", como principal asidero ideológico. La espada de Maceo por encima del Manifiesto Comunista de Marx.
Nacionalista de la primera hora, Fidel abrazó el comunismo por puro oportunismo político. Antes del triunfo de la revolución, su imagen se asociaba más a un Garibaldi que a un Lenin. Pero el romanticismo inicial dejó pasó al pragmatismo geopolítico. En 1965, con la Unión Soviética como gran ubre de la que la isla se alimentaba política y económicamente, Castro funda el nuevo Partido Comunista de Cuba. Y sigue interpretando lo que Skierka ha denominado "números de funambulismo dialéctico". El mismo hombre que en 1959 expresaba en la revista Bohemia su indignación por el "despotismo de dictaduras como la de la Unión Soviética", justificaba sin sonrojo en 1968 la invasión rusa de Checoslovaquia para aplastar la Primavera de Praga.
Socialismo por decreto
Lograda la institucionalización del régimen, Castro acomete la "gran ofensiva revolucionaria" para controlar toda la actividad económica del país. "¿Vamos a construir el socialismo o vamos a construir puestos de venta al aire libre?", se preguntó el comandante ante una enfervorecida audiencia en marzo de 1968. Los vendedores callejeros de hot dogs y papas fritas se pusieron a temblar. Con cifras en la mano, el comandante podía demostrar que un 95,1 por ciento de ese lumpen contrarrevolucionario no había hecho ningún esfuerzo por integrarse a la revolución. Y debían pagar por su osadía. Ellos y otros 58.000 pequeños negocios que echaron el cierre sine die. La "propiedad socialista" fue instaurada por decreto. Y el Estado pasó a ocuparse de todo, desde la venta de helados a la reparación de autos, pero, eso sí, sin socializar nunca entre los trabajadores los medios de producción. Esto es, implantando ese modelo que el pensador alemán Rudolf Rocker llamó la "grotesca caricatura del socialismo": el capitalismo de Estado bajo el paraguas del partido único, a imagen y semejanza del bloque soviético.
Mientras la Unión Soviética estuvo en pie, la estrategia de Castro (dependencia económica y férreo control político) funcionó como un reloj suizo. Pero tras el derrumbe de la URSS, en la década de los 90, el llamado Período Especial puso a prueba la capacidad de resistencia del régimen. Castro aprobó con las mejores calificaciones, urdiendo crisis migratorias y amenazas de invasión constantes, pero, ante todo, comprobando que tres décadas de lobotomía colectiva habían dado los resultados deseados: la parálisis total de la sociedad civil.
Superados los peores momentos, Fidel reemprendió su cruzada. El caso del balserito Elián González, retenido en Miami por familiares mientras el padre reclamaba su custodia en Cuba, fue la coartada perfecta para la última escaramuza ideológica de Castro. La Batalla de las Ideas acababa de nacer. Eliancito retornó a la isla, para regocijo del comandante, que había vuelto a vencer. Y con el niño-héroe regresaron también las marchas del pueblo combatiente, las consignas necrófilas, las apariciones maratonianas en la televisión? En los primeros años de este siglo, un Fidel Castro con energías renovadas ofrecía de nuevo su versión más teatral, para desasosiego de una población exhausta. Volvían los años duros de la confrontación ideológica: persecución de disidentes, fusilamiento exprés de unos secuestradores de una lancha de pasajeros, recentralización de la economía. Hasta que en 2006 (un 26 de julio, fecha emblemática para Castro) le estalló el estómago de tanta bilis acumulada, y las luces de ese espectáculo esperpéntico se apagaron, dando paso a una versión descafeinada de la función, interpretada ahora por un actor mediocre, anodino, fútil, llamado Raúl Castro.
Cincuenta años después de la epopeya revolucionaria, el hombre nuevo con el que soñó el Che Guevara es hoy un buscavidas que sobrevive vendiendo en la calle lo que le roba al Estado. Los principios revolucionarios se fueron desplomando en la isla sin que nadie pusiera remedio, como esos balcones desgajados de las casonas de Centro Habana. Y el sistema vive así, apuntalado y en una permanente estática milagrosa , esa maravillosa expresión acuñada por los urbanistas cubanos para definir la asombrosa resistencia de los descuidados edificios centenarios de La Habana.
La revolución cubana, el proyecto social que despertó las simpatías de millones de personas en medio mundo, ese "huracán sobre el azúcar" del que habló Sartre, la revolución "de los humildes y para los humildes" que encandiló a la izquierda internacional, hace muchos años que se autodestruyó a sí misma, transformándose por obra y gracia de su guía espiritual en un régimen totalitario, en una apisonadora de conciencias críticas, en un rodillo represor bajo el que las voces discrepantes fueron marginadas, humilladas, recluidas.
Hoy, de esa hazaña revolucionaria no queda más vestigio que el juguete roto de un caudillo visionario que soñó -que sueña todavía en el otoño de su existencia- con la gloria eterna. Y con la victoria, siempre.
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución
Los dos legados de la experiencia cubana
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
Los dos conceptos de mayor arraigo en el lenguaje político cubano del último siglo han sido revolución y socialismo. Generalmente, en la simbología gubernamental de la isla y en las percepciones sobre Cuba que predominan en la opinión pública internacional, esos conceptos se funden en un significado único. Con frecuencia, ambos términos son asumidos como sinónimos de la nueva Cuba que surgió en 1959 y que tiene en Fidel Castro su ícono más difundido.
Sin embargo, la propia evolución institucional e ideológica de la isla, en los últimos cincuenta años, nos persuade de que esas dos palabras aluden a realidades diferentes. La revolución fue un proceso de cambio social, económico, político y cultural que transformó la Cuba de la primera mitad del siglo XX. Aquella Cuba, de intervenciones norteamericanas y dictaduras militares, de democracias breves y disparidades sociales, pero, también, de crecimiento económico, vanguardias culturales y pluralidad política, dejó de existir en los años 60.
La revolución no sólo fue el eficaz despliegue de las guerrillas rurales y urbanas del Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario contra la dictadura de Batista, sino ese cambio histórico por el cual Cuba se convirtió en otro país. A diferencia de revolución, palabra recurrente en la historia política de la isla desde mediados del siglo XIX, el término socialismo ni siquiera aparece en el período del levantamiento armado contra la dictadura batistiana. A no ser en círculos reducidos del comunismo prefidelista, cuyo rol en la insurrección de los años 50 fue minoritario, socialismo era, en aquel entonces, sinónimo de socialdemocracia.
El socialismo cubano vendría siendo el modelo político e ideológico que adopta el Estado insular, entre 1960 y 1961, para conducir la transformación iniciada en 1959. Ese modelo posee una serie de elementos distintivos -economía estatal, ideología marxista-leninista, partido único, sociedad civil controlada, cultura comprometida, lealtad incondicional al líder...- que asemejan mucho el sistema de la isla al de la extinta Unión Soviética y los "socialismos reales" de Europa del Este, aunque su implementación recurra a prácticas diferentes a las de aquellos regímenes.
Las principales demandas de la revolución -alfabetización, industrialización, reforma agraria, reforma urbana, justicia social, distribución equitativa del ingreso, soberanía frente Estados Unidos...- fueron realizadas, en Cuba, por medio de esa estructura jurídica y política. Cuando el campo socialista desapareció, en 1992, Cuba reacomodó con eficacia su ideología -maquilló el marxismo-leninismo con una suerte de nacionalismo revolucionario- y su diplomacia -recompuso pragmáticamente sus relaciones internacionales- pero dejó intacto aquel Estado.
Si aceptamos esta distinción conceptual e histórica entre revolución y socialismo, entonces, tal vez debamos evaluar, por separado, la herencia que ambos dejan a la izquierda latinoamericana actual. Cuba como revolución y Cuba como socialismo fueron y son distintas realidades políticas que informan disímiles referentes ideológicos. La aproximación a ambos por parte de defensores y opositores, de herederos y críticos, está marcada por esas diferencias, aunque la ideología de la isla persista en unificar todos los símbolos bajo una misma entidad legitimadora.
La gran transformación que vivieron los cubanos en los 60 tuvo un innegable componente emancipatorio que causó admiración en las izquierdas anticoloniales del Tercer Mundo. En Cuba se produjo una impresionante socialización de la política, por la cual mejoraron sus condiciones de vida y se involucraron en los asuntos públicos millones de personas que, hasta entonces, percibían escasos ingresos y se mantenían al margen del Estado. Dentro de ese proceso no sólo habría que incluir la alfabetización y el respaldo a la cultura popular, sino la gran inversión de gasto público en salud, educación, vivienda y comunicaciones de los primeros años revolucionarios.
Junto con la destrucción de las jerarquías sociales del antiguo régimen, la revolución, por medio de la militarización de la sociedad y de las estrategias de adoctrinamiento, difundió valores políticos, como los de soberanía e igualdad, que antes eran patrimonio de minorías intelectuales. Ese proceso, a pesar del autoritarismo que desde el principio lo acompañó, contiene el principal legado ideológico y político que han reclamado y reclaman para sí las izquierdas latinoamericanas de hoy: el ejemplo de un Estado que asume la responsabilidad de garantizar la satisfacción de los derechos sociales básicos de una ciudadanía.
El socialismo, es decir, la estructura jurídica y política elegida por los gobernantes cubanos, entre 1960 y 1961, para llevar a cabo aquella tarea demostró ser, desde muy pronto, sumamente costoso. Para sostener un Estado con esa capacidad de gasto público, la economía cubana comenzó a reproducir una dependencia de la Unión Soviética, mayor que la que había sufrido, en la primera mitad del siglo XX, con respecto a Estados Unidos. A la falta de autonomía económica se sumaron los efectos perversos de la socialización política antes comentada: igualitarismo, intolerancia, dogmatismo, homofobia, machismo, censura, represión, encarcelamiento de opositores y exilio de cientos de miles de cubanos.
La idea de la soberanía, al tiempo que se adhería a la nueva cultura política, adoptaba la forma de una confrontación con Estados Unidos, generada por la alianza de la isla con el bloque soviético. El saldo de esa confrontación no sólo es el embargo comercial de Estados Unidos, decretado el 19 de octubre de 1960 -cuando Cuba ya estaba comercialmente vinculada al campo socialista- sino la organización totalitaria de un gobierno que se asume en perpetuo estado de sitio y, por lo tanto, justificado para reprimir toda oposición, aunque sea pacífica.
Es evidente que la izquierda latinoamericana contemporánea sigue admirando la revolución como una remota epopeya emancipatoria. Pero esa misma izquierda, a la vez, ha renunciado a adoptar cualquiera de los componentes estructurales del socialismo insular: partido único, economía estatal, control de los medios de comunicación, ideología marxista-leninista, represión de opositores, confrontación con Estados Unidos. Desde el punto de vista simbólico, todo el capital del socialismo cubano ha quedado reducido a ciertos mitos del pasado, como el Che Guevara, que siguen teniendo fuerza gracias a su reconversión como marcas del capitalismo global.
La mejor prueba de que los legados de la revolución y el socialismo se han vuelto divergentes es que, a diferencia de hace medio siglo, hoy no es la izquierda latinoamericana la que mira a Cuba como paradigma sino Cuba la que comienza a gravitar hacia América latina en busca de apoyos y modelos. El socialismo cubano, que hace medio siglo fue una bocanada de aire fresco entre las izquierdas de la región, representa hoy un sistema obsoleto que coloca en el centro de su subjetivación política al Estado y no a la ciudadanía.
Como realidad, no como legado, la revolución dejó de existir hace décadas, mientras el socialismo aún persiste. Desde 1992, por lo menos, las voces más lúcidas de la cultura cubana han demandado una reforma o un cambio de ese régimen. Los reformistas han pedido una "reinvención" del socialismo y los opositores una transición a la democracia. Pero quienes tienen el poder de conducir ese cambio o esa reforma no se atreven a arriesgar el control del país abriendo su esfera pública y tolerando otras formas de organización económica.
Si el socialismo cubano se reforma o transita pronto a la democracia, las posibilidades de vindicar el legado de aquella revolución serán mayores. Mientras sus líderes apuesten por el inmovilismo, la ruptura histórica que podría incubarse será más traumática que la que produjo la propia revolución. Los próximos años dirán si ese poder se atreve, finalmente, a conceder mínimos espacios a otra economía, otra política y otra cultura que no sean las del Estado. Sea una reforma o una transición, lo que experimente ese sistema, la Cuba del siglo XXI dejará de ser el socialismo que ha sido en los últimos cincuenta años.
Rafael Rojas
Para LA NACION
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución
El comienzo de la leyenda
Castro laboró su imagen de gran redentor del pueblo cubano y puso esmero en destacar los componentes míticos de su relato
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
Tendido en el cañaveral aquella fresca madrugada del 6 de diciembre de 1956, Fidel Castro ya conocía cuál iba a ser su destino: "Ya ganamos la guerra", les dijo a sus dos compañeros, Universo Sánchez y Faustino Pérez, dos de los 16 sobrevivientes del calamitoso desembarco del yate Granma cuatro días antes cerca de la playa de las Coloradas, en la costa suroriental de Cuba.
Tres días después del desembarco, el Ejército Rebelde, que había partido de Tuxpan, en el Golfo de México, una semana antes con 82 expedicionarios a bordo del Granma, sufrió una feroz emboscada en la loma de Alegría del Pío a manos de la Guardia Rural. Un campesino había alertado a los soldados del dictador Fulgencio Batista de la presencia de los insurgentes, que huyeron en estampida al verse sitiados. Muchos murieron o fueron apresados. Tras la refriega, el Ejército Rebelde de Castro se limitaba a tres hombres, dos fusiles y 120 balas.
Días más tarde, el grupo de Fidel se encontró con los cinco hombres que conformaban el pelotón de su hermano Raúl. "Los días de la tiranía están contados", exclamó entonces Fidel, que cuatro días después lograba contactar con otros ocho expedicionarios, entre ellos, Ernesto Che Guevara, herido leve en un hombro durante la emboscada. Con esa milicia de 15 hombres, Castro tardaría poco más de dos años en llegar triunfante a La Habana.
Según Tad Szulc, considerado el mejor biógrafo de Castro, Alegría del Pío fue "el momento crucial en la vida de Castro y su Revolución". "La historia de Cuba y la del mundo -asegura Szulc en su libro Fidel, un retrato crítico - habría evolucionado de forma diferente si este singular individuo hubiera sido menos decidido y, más importante todavía, menos afortunado".
Obsesionado por la simbología, a Fidel Castro siempre le pareció que las reminiscencias bíblicas lo ayudarían a cultivar su leyenda de gran redentor del pueblo cubano. De ahí que en sus discursos hablara siempre de los 12 hombres, en lugar de 16, que sobrevivieron a la emboscada de Alegría del Pío. "Creo que si hicimos un ejército con 12 hombres, y esos 12 hombres hoy están al frente de los mandos militares [...] somos los hombres que podemos enseñar a todos los institutos armados de la República las mismas cosas que enseñamos a ese ejército", dijo en el cuartel Columbia, el día de su entrada triunfal en La Habana.
Y por si a alguien no le había quedado clara esa identificación mística, la revista Bohemia publicó al poco tiempo un retrato de Castro con un halo de santidad rodeando su rostro.
El apoyo popular
Aunque el Ejército Rebelde había sido diezmado nada más tocar tierra cubana, logró sobreponerse a ese revés gracias al invaluable apoyo prestado por los militantes clandestinos del Movimiento 26 de Julio en la isla. Dos dirigentes fueron vitales: Frank País, que encabezó el levantamiento armado en Santiago de Cuba dos días antes del desembarco, y Celia Sánchez, la única persona con ascendencia real sobre Fidel. El primero moriría a manos de la policía en julio de 1957. Un cáncer atajó la vida de Celia, "la flor de la Revolución", en 1980.
Sin esa estructura clandestina y sin el apoyo de cientos de campesinos de la Sierra Maestra, que fueron sumándose a los insurgentes, la escuálida milicia de Castro no hubiera conseguido derrumbar al régimen de Batista, que contaba con un ejército de 40.000 hombres bien pertrechados y con el apoyo militar inicial de Estados Unidos.
Veinticinco meses después de haber escapado a la emboscada de Alegría del Pío y haber vaticinado la victoria, Fidel entra triunfante en Santiago de Cuba, la ciudad donde estudió y donde "cinco años, cinco meses y cinco días" antes (en la cuenta redonda de Castro) había prendido la llama revolucionaria con el asalto frustrado al cuartel Moncada.
Mientras Batista huye sin acabar su cena de fin de año, Castro prepara ya la caravana de la victoria hacia La Habana. Pero antes, en Santiago, el joven comandante se reúne con los oficiales batistianos para evitar un baño de sangre en la ciudad. Tras escucharle, los 300 oficiales se pasan al bando insurgente. Y Santiago, "la ciudad héroe", se toma sin disparar un solo tiro. "La Revolución empieza ahora [...] Nunca nos dejaremos arrastrar por la vanidad ni por la ambición", les dice Fidel a miles de entusiastas santiagueros el 2 de enero de 1959, el mismo día en que las columnas de Guevara y de Camilo Cienfuegos -la tercera deidad de la trinidad laica de la revolución, junto a Fidel y al Che- alcanzan La Habana.
Recibido como un Cristo resucitado en cada pueblo del camino, Castro tarda ocho días en llegar a La Habana, donde finalmente lo recibe "un mar de pueblo". Desde su vehículo, saluda a las masas. En las imágenes que han quedado para la historia de esa caravana triunfal puede verse, junto al comandante en jefe, a dos de sus más directos colaboradores. A un lado, Huber Matos (condenado diez meses más tarde a 20 años de prisión, acusado de "traición"). Al otro, Cienfuegos, desaparecido en un vuelo días después de haber sido enviado por Fidel para arrestar a Matos en la ciudad de Camagüey.
Embriagados de júbilo, miles de habaneros jalean al líder en el cuartel Columbia. Es la noche grande de Castro. La noche de las palomas blancas posándose en los hombros del joven Robespierre caribeño; la noche del "¿voy bien, Camilo?"; la noche en que la multitud vitorea a Cienfuegos -venerado por el pueblo por su sencillez y coraje-, situándolo (tal vez en mala hora) en el mismo altar que a Fidel.
Aquel día, el 8 de enero de 1959, cientos de miles de personas se echaron a la calle para celebrar la llegada de Castro a La Habana y el comienzo de una nueva era en Cuba. El periplo de los 12 apóstoles (o quizás alguno más) había llegado a su etapa final. Con tan sólo 32 años, Castro demostraba así su teoría de que la voluntad de un hombre puede alterar las condiciones objetivas de un país. Y se aprestaba ya a iniciar una nueva cruzada de proporciones, cómo no, bíblicas.
César González Calero
LA NACION
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución
Hitos de la guerra: 1956 / 59
Domingo 28 de diciembre de 2008 | Agosto de 1958
2 de diciembre de 1956
Los 82 expedicionarios del Granma desembarcan cerca de la playa de las Coloradas, en la costa oriental de Cuba.
5 de diciembre de 1956
Tras una emboscada de la guardia rural en la loma de Alegría del Pío, sólo quedan vivos 16 guerrilleros para iniciar la lucha armada contra la dictadura de Fulgencio Batista.
28 de mayo de 1957
La guerrilla ataca el cuartel del Uvero. Es el primer éxito militar del ejército rebelde.
Noviembre - diciembre de 1957
El ejército de Batista lanza la ofensiva de invierno, repelida por las columnas de Fidel Castro y el Che Guevara
25 de mayo de 1958
Batista lanza una gran ofensiva contra el ejército rebelde, rechazada en dos meses y medio de intensos combates.
25 de mayo de 1958
Al mando de los comandantes Guevara y Camilo Cienfuegos parten dos columnas guerrilleras hacia las provincias centrales y occidentales de Cuba. Ambas columnas abrirán en octubre nuevos frentes de batalla en la provincia central de las villas.
Agosto de 1958
Fidel Castro abandona la comandancia de La Plata, en la Sierra Maestra, en dirección a Santiago de Cuba, para encabezar la ofensiva final del ejército rebelde.
1 de enero de 1959
Ante el colapso militar de su régimen el dictador Fulgencio Batista huye de Cuba y los rebeldes toman el poder. Fidel entra en Santiago de Cuba el día 2. El Che y Cienfuegos toman La Habana
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución
Cronología de la revolución cubana
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
1 de enero de 1959
Ante el avance de las columnas guerrilleras de Fidel Castro, el dictador Fulgencio Batista huye de Cuba. La revolución triunfa en el país
6 de agosto de 1960
Fidel Castro anuncia la nacionalización de las refinerías de petróleo, centrales azucareras y compañías de teléfonos y electricidad de EE.UU.
11 de enero de 1961
Cuba inicia la campaña nacional de alfabetización
17 de abril de 1961
Unos 1500 batistianos adiestrados por la CIA desembarcan en Playa Girón, en la Bahía de Cochinos. En 72 horas, el ejército rebelde desbarata la invasión
3 de febrero de 1962
El presidente J. F. Kennedy ordena el embargo económico y financiero contra la isla, que se prolonga hasta hoy
22 de octubre de 1962
Comienza la crisis de octubre por la instalación de misiles nucleares soviéticos en la isla, que serán retirados más tarde ante la inminencia de una guerra nuclear entre la URSS y EE.UU.
9 de octubre de 1967
El Che Guevara es capturado y asesinado en Bolivia
Marzo de 1968
El gobierno cubano expropia todos los negocios privados de la isla a excepción de las pequeñas propiedades agrícolas. Es la gran ofensiva revolucionaria
Abril de 1980
Crisis migratoria con EE.UU. Unos 130.000 cubanos abandonan la isla desde el puerto de Mariel rumbo a Florida
13 de julio de 1989
El General Arnaldo Ochoa y otros tres oficiales son fusilados por el régimen tras haber sido juzgados por su implicación en tráfico de drogas
Diciembre de 1991
Fin de las relaciones con Moscú tras el derrumbe de la URSS. La producción económica de Cuba se reduce un 35 por ciento en los tres años posteriores. Comienza el denominado "período especial en tiempos de paz"
27 de julio de 1993
Ante la magnitud de la crisis el régimen autoriza los mercados campesinos, el trabajo por cuenta propia, los pequeños negocios de forma restringida, el uso del dólar y el envío de remesas desde el extranjero. Se fomenta la industria turística
5 de agosto de 1994
Primera manifestación contra el régimen en el malecón de La Habana. Es el anticipo de la crisis de los balseros. Unas 30.000 personas huyen de la isla
21-25 de enero de 1998
Histórica visita del Papa Juan Pablo II a Cuba
25 noviembre de 1999
El balserito Elián González es rescatado en las costas de la Florida. La lucha por su custodia da pie al surgimiento de "la batalla de las ideas", la última vuelta de tuerca ideológica de Castro, que inicia una recentralización económica del país
Marzo-Abril de 2003
El régimen lleva a cabo la mayor campaña represiva en muchos años. 75 disidentes son condenados a penas de hasta 28 años de prisión. Tres secuestradores de una lancha de pasajeros son fusilados tras un juicio sumarísimo
20 de octubre de 2004
Caída estrepitosa de Fidel Castro tras pronunciar un discurso en Santa Clara. se fractura la rodilla izquierda y el brazo derecho. Es el inicio de su declive físico
17 noviembre de 2005
En un trascendental discurso, Castro reconoce que la revolución puede autodestruirse debido a la corrupción generalizada en el país
31 de julio de 2006
Proclama al pueblo de Cuba en la que Fidel Castro anuncia que sufre una grave enfermedad intestinal y que cede el poder de forma provisional a su hermano Raúl
24 de febrero de 2008
Raúl Castro asume como presidente de los consejos de estado y de ministros y como comandante en jefe, tras la renuncia definitiva de Fidel unos días antes
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución
Con pocos logros para exhibir
Las estadísticas muestran que el país no alcanzó las grandes metas sociales que prometió la revolución
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
Cincuenta años después de que Fidel Castro llegó al poder en Cuba, la gran pregunta sobre la revolución cubana no es si fue justificada, sino si valió la pena. Sobre la base de las evidencias disponibles, la respuesta es un claro no.
Veamos las estadísticas concretas: Cuba tiene un 99.8 por ciento de alfabetización entre los adultos, uno por ciento más que Trinidad y Tobago, y una tasa de mortalidad infantil de 6 por cada mil nacidos vivos, un poco más baja que la de Chile, según el Informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas de 2008. Eso convierte a Cuba en el país con la mejor tasa de alfabetización de adultos y la menor de mortalidad infantil en la región.
Sin embargo, según el Anuario Estadístico de la ONU de 1957, Cuba ya estaba entre los cuatro países latinoamericanos con más alfabetizados y con mayor porcentaje de consumo calórico en ese año, así como el índice más bajo de mortalidad infantil de Latinoamerica.
En lo que respecta al ingreso per cápita, el Informe de Desarrollo Humano de la ONU -la fuente estadística favorita del régimen cubano- indica que el ingreso per cápita de la isla es de $ 6000 anuales, aunque la cifra está acompañada por un asterisco indicando que "estamos procurando generar un cálculo más preciso".
De hecho, Cuba se niega a calcular su ingreso per cápita según las normas internacionales. Lo mismo ocurre con el índice de pobreza. "Las cifras del gobierno cubano no son creíbles, lo que hace que todo el mundo tenga que usarlas con un asterisco o no usarlas en absoluto", dice Carmelo Mesa Lago, profesor de Economía de la Universidad de Pittsburgh.
El salario promedio de los cubanos es de alrededor de $20 mensuales, según lo han reconocido los medios oficiales, lo que daría un ingreso promedio de $ 240 anuales.
Incluso si uno quiere aceptar la dudosa cifra oficial cubana de ingreso per cápita de $ 6000 anuales -que supuestamente toma en cuenta los subsidios estatales-, Cuba ocupa el puesto número 21 en Latinoamérica, muy por debajo de países como Argentina, e incluso por debajo de la República Dominicana, Surinam y Belice, según el informe de la ONU.
Mientras que en 1959 Cuba ocupaba el primer lugar de Latinoamérica en el porcentaje de familias con televisores, hoy sólo el 70 por ciento de las familias cubanas tienen televisor, comparado con el 83 por ciento en El Salvador o el 76 por ciento en República Dominicana, según los Indicadores Mundiales de Desarrollo de 2008 del Banco Mundial.
Sólo el 9 por ciento de los cubanos tienen acceso a un teléfono de línea fija y apenas el 1 por ciento de la población está suscrita a un servicio de telefonía móvil, según las cifras del Banco Mundial, uno de los porcentajes más bajos de la región, muy inferior al de Honduras.
Lo que es peor, sólo 2 por ciento de los cubanos tiene acceso a Internet. En comparación, el 7 por ciento de los haitianos tiene acceso a Internet, según el Banco Mundial.
Subsistencia y exasperación
La isla es como un enorme jardín de infantes, donde todos tienen garantizado un ingreso de subsistencia mínima, pero el Estado lo decide todo. Es un buen lugar para subsistir si uno es un holgazán, pero puede ser exasperante para el que sea ambicioso o tenga opiniones propias.
La desesperanza que reina en la isla es posiblemente uno de los factores que inciden en el alto índice de suicidio: de 24.8 por cada 100.000 personas, uno de los más altos de las Américas, según la Organización Mundial de la Salud.
Todo lo anterior, sin contar el costo en sufrimiento humano. En Cuba casi el 10 por ciento de la población huyó al exilio. Cientos de miles de familias quedaron separadas por décadas, sin poder verse. Miles han muerto en el mar tratando de abandonar la isla.
Un total de 2.077 cubanos murieron en las llamadas guerras internacionalistas de Cuba en Angola, Mozambique, Etiopía y otros países africanos, según cifras oficiales citadas por el autor Norberto Fuentes en su Autobiografía de Fidel Castro .
Además, el Archivo Cubano, con sede en Nueva Jersey, afirma que lleva documentadas 8.273 ejecuciones y desapariciones desde 1959.
Hay más de 200 prisioneros políticos, entre ellos 29 periodistas arrestados en 2003, muchos de ellos por poseer libros prohibidos, como 1984 , de George Orwell.
El régimen cubano dice que los cubanos apoyan la revolución. Si así fuera, hace tiempo hubiera permitido elecciones libres. Si no lo hace, es porque sabe que las perdería. Y en cuanto al embargo comercial de Estados Unidos, al que muchos consideramos obsoleto, tiene tantos agujeros que difícilmente puede ser culpado por las carencias de la isla: Estados Unidos ya es el principal exportador de alimentos a Cuba.
Otros países latinoamericanos, como Costa Rica y Chile, lograron más que Cuba, sin sacrificar libertades básicas y a un costo muchísimo menor en sufrimiento humano. Para los cubanos, la revolución puede haber sido justificada, pero no valió la pena.
Andrés Oppenheimer
Para LA NACION
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución
Un fallido proyecto emancipador que llevó a la decadencia
Las banderas libertarias que dieron origen a la revolución mostraron poco después su verdadero rostro. Tras 50 años del castrismo en el poder, Cuba se convirtió en una de las naciones más pobres de América latina, pese a haber contado durante treinta años con el masivo subsidio de la URSS
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
Hace cincuenta años, el 1ro. de enero de 1959, el dictador Fulgencio Batista, militar de mano dura con fama de corrupto que ocupaba el poder desde 1952 como consecuencia de un golpe de Estado, huyó del país.
De entonces a hoy ha pasado medio siglo, y aquel gobierno revolucionario de 1959 continúa en el poder bajo la autoridad, esencialmente, de las mismas personas que organizaron la insurrección contra Batista y luego crearon una dictadura comunista. Este es un hecho insólito en la historia política contemporánea. Las dos terceras partes de las personas que pueblan el planeta han nacido después de que los hermanos Fidel y Raúl Castro ocuparan el gobierno cubano.
¿Quién era Fidel Castro? Era un abogado joven, violento y carismático, acusado a fines de los años 40 de crímenes políticos e intentos de asesinato en la etapa democrática de Cuba, aunque nunca lo condenaron en los tribunales. Se sabía que era confusamente radical y audaz, que poseía una gran capacidad de intimidación frente a partidarios y adversarios, de manera que impuso su liderazgo y se convirtió en la cabeza más visible de la oposición.
No obstante, el golpe definitivo contra Batista fue la pérdida del apoyo de Estados Unidos. En abril de 1958, el gobierno republicano de Dwight David (Ike) Eisenhower decretó un embargo de armas al gobierno de Batista para obligarlo a buscar una solución política a la guerra desatada en el país, pero las consecuencias fueron otras: en lugar de precipitar una salida pacífica al conflicto, provocó o aceleró el triunfo de los insurrectos. Los jefes de las Fuerzas Armadas interpretaron, correctamente, que Batista había perdido el favor de "los americanos” y dieron por sentado que era un régimen condenado a muerte, de manera que comenzaron a establecer relaciones secretas con Fidel Castro. Batista lo supo y decidió escapar de Cuba.
Fidel Castro, el Mesías
Una vez ocupada la casa de gobierno, el verdadero Fidel Castro comenzó a mostrarse a los cubanos y al mundo. Supuestamente, la revolución se había llevado a cabo para restaurar la democracia. Pero, aunque Fidel había asegurado varias veces que no era comunista, muy rápidamente comenzó a confiscar las empresas privadas nacionales y extranjeras, se acercó a los soviéticos, atacó a Estados Unidos con gran vehemencia, nacionalizó sin compensación las propiedades de las compañías nacionales y extranjeras, muchas de ellas pertenecientes a norteamericanos y españoles, se apoderó de los medios de comunicación y de las escuelas, chocó con la Iglesia católica y estableció un gobierno de partido único.
¿Cómo Fidel Castro y un puñado de seguidores fanáticos pudieron forjar una dictadura marxista-leninista y colocar al país en la órbita soviética, si los comunistas apenas tenían respaldo en la sociedad? Eso pudo ocurrir porque los cubanos esperaban ansiosamente a que un líder bien intencionado, rodeado de otros como él, estableciera en el país el reino de la justicia. Ese Mesías era Fidel Castro y sus apóstoles eran los barbudos que lo obedecían. Irresponsablemente, una buena parte de la sociedad se entregó en sus manos sin medir las consecuencias de ese acto de fe ciega en el caudillo venerado.
Naturalmente, en los primeros años hubo una gran resistencia popular a la entronización del comunismo en Cuba, con alzamientos campesinos y una invasión de exiliados en abril de 1961 auspiciada por el gobierno norteamericano (unos 1500 hombres que desembarcaron por Bahía de Cochinos y fueron derrotados en 48 horas), pero Fidel Castro, a base de mano dura, leyes draconianas, numerosos fusilamientos, una gran determinación y mucho armamento soviético, logró sortear todos esos obstáculos iniciales, se apoderó del aparato productivo, encarceló o puso en fuga a la mayor parte de sus adversarios, consiguió liquidar a la oposición y consolidó la dictadura. A mediados de la década de los setenta, todavía había en la cárcel unos 40.000 presos políticos, se habían llevado a cabo unos 7.000 fusilamientos y más de un millón de personas se habían exiliado.
Por supuesto, nada de esto hubiera sido posible sin la ayuda soviética. Moscú vio en la revolución cubana una oportunidad de conseguir un aliado situado a pocos kilómetros de Estados Unidos, así que, además de armar y adiestrar a las Fuerzas Armadas cubanas, a partir de mediados de 1961 comenzó a desplegar en la isla unos 40.000 soldados y oficiales soviéticos, mientras colocaba sigilosamente misiles atómicos capaces de destruir en pocos minutos las principales ciudades norteamericanas.
Descubiertos estos cohetes en octubre de 1962 por la inteligencia norteamericana, el gobierno de John F. Kennedy decretó el bloqueo marítimo de Cuba y le exigió a Moscú la retirada de ese armamento. Sin embargo, como parte de la negociación que puso fin a esta peligrosa crisis, la Casa Blanca aceptó no invadir a Cuba directamente, ni permitir que otra nación latinoamericana lo hiciera. El gobierno cubano desde entonces tuvo vía libre para crear una sociedad comunista prácticamente sin oposición.
En octubre de 1960 se produjo la confiscación y estatización de todas las empresas medianas y grandes del país. A partir de ese momento comenzó a marcha forzada la construcción de un Estado comunista. Casi toda la propiedad agraria fue a parar a manos del gobierno. En el orden comercial e industrial sucedió lo mismo. El Estado confiscó todas las empresas y decretó la industrialización forzosa del país.
Cuba saltaría sobre las previsiones de Marx y construiría el comunismo sin pasar por la etapa del capitalismo desarrollado. ¿Cómo? Lo haría bajo la dirección de Fidel Castro y el Che Guevara, con el ímpetu revolucionario del hombre nuevo, movido por resortes emocionales y no por recompensas económicas.
Las consecuencias de aquellos planes improvisados fueron la quiebra financiera del país, una reducción sustancial de la capacidad de consumo de los cubanos, y el fracaso de lo que se llamó el “idealismo revolucionario”, inaugurándose, a partir de 1970, una total sovietización del modelo administrativo cubano, mediante el calco de cuanto se hacía en Moscú.
Paradójicamente, el desastre económico provocado por la revolución no impidió que una de las principales funciones del gobierno fuera tratar de crear en todas partes regímenes similares al forjado en Cuba. Los países latinoamericanos, ya fueran dictaduras o democracias, sufrieron las intervenciones militares cubanas, directa o indirectamente, y Cuba se convirtió en el santuario de guerrilleros y subversivos de todas partes del mundo. Dentro de esa atmósfera de aventurerismo y violencia fue que en 1967 el Che Guevara perdió la vida en Bolivia.
Consecuencias del comunismo
En el terreno económico, las consecuencias del establecimiento del comunismo desataron también una terrible catástrofe. Paulatinamente, Cuba dejó de ser una de las naciones más prósperas de América latina para convertirse en una de las más pobres e improductivas, pese a haber contado durante treinta años con el masivo subsidio de los soviéticos, provocando una disminución notable de la calidad de vida de los cubanos en los cinco renglones básicos de cualquier sociedad moderna: alimentación, vivienda, agua potable, comunicaciones y transporte.
Por otra parte, la educación masiva universitaria ha generado un número importante de graduados, lo cual convierte a Cuba en el país latinoamericano con mayor capital humano con arreglo a la población. Sin embargo, ese alto nivel educativo aumenta la frustración de la población, en la medida en que las personas comprueban que la educación y el esfuerzo individual no traen aparejado un mejor nivel de vida.
Pese a la penuria general en la que viven los cubanos, sometidos al racionamiento y a las mayores carencias, el país posee un extendido sistema de salud, atendido, en general, por médicos competentes.
Lamentablemente, junto a esta estructura profesional, hay una casi total carencia de medicinas, equipos y material sanitario.
Tal vez es en el deporte donde la revolución ha cosechado sus mejores frutos. No obstante, el Estado se proclama dueño de la voluntad y la vida de sus atletas y no los deja salir al exterior a convertirse en profesionales y perseguir sus propios fines.
Pese al evidente fracaso material del comunismo cubano, ¿por qué el régimen de los Castro ha sido uno de los pocos que sobrevivió a la debacle que acabó con la URSS y sus satélites? El régimen ha resistido porque Fidel y Raúl Castro no permitieron la menor fisura que pudiera poner en peligro el control que ejercen sobre absolutamente todas las instituciones y órganos del poder.
En todo caso, lo probable es que con la desaparición de los hermanos Castro el comunismo cubano llegue a su fin. ¿Por qué? Por cuatro razones básicas:
. Porque en Cuba no hay otro heredero y las instituciones del sistema -fundamentalmente el Partido y el Parlamento- son cascarones vacíos, carentes de cualquier elemento de legitimidad que les permita transmitir la autoridad de una forma aceptable.
-1º. Porque esa estructura de poder ya no cree en el sistema, como confirman una y otra vez los desertores de alto rango o los familiares de los dirigentes que logran salir del país.
-1º. Porque un país no puede excluirse permanentemente de la influencia de su entorno. Tras la desaparición de la URSS y la conversión de China a un capitalismo salvaje de partido único, el comunismo dejó de ser una opción viable en el mundo contemporáneo.
-1º. Porque los cubanos saben que hay salida a la crisis. No ignoran que en el momento en que comience la transición el país va a recibir una ayuda caudalosa de Estados Unidos y del resto del primer mundo.
Obviamente, la recuperación de Cuba no será sencilla, pero la infusión de capital económico, junto al notable capital humano con que cuenta, auguran un futuro muy prometedor para los cubanos. Cuando se llegue a ese punto, va a parecer casi inexplicable que durante 50 años tres generaciones de cubanos hayan visto cómo sus vidas se consumían al calor del error, la dictadura y la sinrazón de la revolución cubana.
Carlos Alberto Montaner
Para LA NACION
© LA NACION
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución
Contra el mito del noble guerrillero heroico
Exiliado de Cuba desde el comienzo de la revolución, Jacobo Machover acaba de publicar un retrato implacable de Ernesto Guevara en su libro La cara oculta del Che
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
No hay enemigo chiquito, dicen los viejos que saben. Y un niño que salió de Cuba botado al mundo como un balde de escoria por la tromba de 1959 ha escrito ahora un libro donde se puede ver el rostro sin careta de Ernesto Che Guevara. Un perdedor nato, elevado al rango de leyenda por la propaganda, los fanáticos y la orfandad de cierta izquierda que da vueltas bajo un apagón con chispazos de populismo.
El niño (salió de Cuba en 1963 con nueve años) es hoy el profesor y escritor Jacobo Machover, residente en París, autor de La cara oculta del Che . Se trata de una investigación forjada con entrevistas con viejos compañeros, víctimas y testigos de la vida del médico argentino que acompañó a Fidel Castro en la campaña de la Sierra Maestra.
Antes de entrar en La Habana con la caravana que llevaba la esencia de una dictadura de medio siglo a sustituir la de siete años del general golpista, el joven guerrillero enseñó esa cara que Machover salva con lucidez de la avalancha de ferretería política y bagazo comercial que se ha derramado sobre la figura de Guevara.
Ante el rumor de que ha muerto en una escaramuza, el combatiente escribe a su madre: "Querida vieja, aquí desde la manigua cubana, vivo y sediento de sangre, escribo estas encendidas líneas martianas".
Esa sed es una de las urgencias del argentino que siguen fijas en la memoria de los cubanos porque la volvió a padecer después, cuando dirigió los procesos de fusilamiento dentro de la fortaleza de La Cabaña.
Machover cuenta que los juicios contra los colaboradores (o no) del régimen batistiano duraban cinco o 10 minutos y se enviaba a la gente al paredón de fusilamiento. El Che, recuerda el escritor, era "el presidente del tribunal, fiscal, presidente de la comisión depuradora, del tribunal de apelación y comandante en jefe del cuartel".
En otra zona del libro, deja ver, con todo el fulgor de la prepotencia de Guevara, sus prejuicios contra los intelectuales, precisamente la gente que más ha colaborado en el camino de su sacralización. Es el capítulo dedicado a examinar la conciencia de los escritores y artistas. Machover pone en la portadilla esta frase definitiva del Che que arrastraron durante años quienes pretendían integrarse al proceso de cambios que anunciaban los guerrilleros: "La culpabilidad de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios".
¿Culpables de qué? Machover asegura que, después de eso, la mayoría de los intelectuales cubanos se encontraron en una situación literalmente kafkiana, como la que tenía que afrontar Joseph K. en El proceso .
El escritor explica el origen del mito, lo estudia con objetividad y ofrece a los lectores fuentes y pruebas. Machover no se muestra como un enemigo (ni grande ni pequeño) implacable, un vengador errante, ni un desquiciado lleno de odio. Es un adversario coherente, un intelectual libre que quiere restablecer la verdad y sacudir el mito.
La máquina de matar
Ernesto Guevara, promotor de la violencia, confiaba, en la primavera de 1967, en "el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar".
Jacobo Machover desmonta el interior de ese aparato y lo pone pieza por pieza frente al lector porque cree que el hombre no es una máquina de temperatura variable. El se propone ponerle carne y huesos para "llegar a desmitificar lo más posible la figura del guerrillero heroico que sigue siendo objeto de adulación vergonzosa".
Aunque no es sospechoso, como otros intelectuales franceses, de haber trabajado con vehemencia en la invención del santurrón de boina y estrella, Bernard-Henri Lévy ha dicho: "El libro que hay que leer sobre el Che es, sin duda, el de Jacobo Machover".
Este es un libro importante para todos. Y en especial para Cuba, donde tantos hombres se han puesto estrellas de hilo de coser y de metal en los hombros y en la cabeza.
Raúl Rivero
Para LA NACION
© LA NACION
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución
Los intelectuales, del sueño al desencanto
En las últimas cinco décadas, la intelectualidad local nunca permaneció ajena a los sucesos de la isla; ilusionada en las primeras décadas con las promesas de igualdad y libertad del proyecto socialista, hoy se debate ante la evidencia de sus claroscuros
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
La presencia de Fidel Castro ha dado ocasión al hombre de la calle para testimoniar el afecto y la admiración por el jefe de la Revolución Cubana", engolaba la clásica voz de "Sucesos Argentinos" en un noticiero de la época que hoy se puede encontrar en Internet ( http://mx.truveo.com/Fidel-Castro-en-Buenos-Aires-1960/id/3450922330). Al "héroe de Sierra Maestra" se lo ve allí cuando ingresa en el Alvear Palace Hotel rodeado, dice el locutor, por un público denso y entusiasta, después de haberse reunido con el presidente Arturo Frondizi.
"Público denso y entusiasta". Unas diez mil personas (muchas de las cuales no habían nacido en 1959) fueron a las escalinatas de la Facultad de Derecho a escuchar durante módicas dos horas y media a Castro cuando vino para la asunción de Néstor Kirchner, el primer viaje al exterior del líder cubano luego de una serie de fusilamientos de disidentes que a muchos intelectuales de izquierda les sacudió el umbral de tolerancia que traían. Casualmente, el último viaje al exterior de Castro antes de enfermarse y dejar la presidencia también fue a nuestro país, en ocasión de la cumbre del Mercosur que se hizo en 2006 en Córdoba (lo que le permitió conocer Alta Gracia, donde Ernesto Guevara había vivido parte de su adolescencia).
Se sabe que a Kirchner, algunos de cuyos seguidores académicos le dicen neodesarrollista, le resulta confortable verse comparado en el terreno de las grandes ideas con el revalorizado y respetado Frondizi; sabrán los historiadores si les corresponde a los dos el mismo trazo. Pero cuanto menos en el terreno de la diplomacia internacional -o de la historia-, ambos compartieron la visita tonificadora: tanto Frondizi como Kirchner, entre quienes transcurrieron 44 años y 18 presidentes, fueron anfitriones en Buenos Aires del mismo Fidel Castro. Nunca dejó de ser la Revolución Cubana un issue fundamental en la vida local, a la par que un sacudón constante para el mundo intelectual, en estas décadas batido de enamoramientos, desencantos, lealtades emotivas, fidelidades ancladas, revisiones piadosas, revisiones estrujadoras y reversiones lapidarias. Jamás indiferencia.
En los sesenta, esto lo dice Luis Alberto Romero, hubo un encantamiento porque la Revolución era joven y estaba encuadrada en un clima de época. "Ahora es todo lo contrario -advierte el historiador al ser consultado sobre los vaivenes de la intelectualidad argentina frente a Cuba-. La revolución se convirtió en una institución y va a contrapelo de la época." ¿Adónde se para el intelectual frente a las contradicciones que surgen de la isla? Romero, que es investigador y docente, confirma que el tema conlleva cierta incomodidad. "En mi mundo, el de los llamados progresistas, socialdemócratas, hay poco interés en hablar de esto. Las antiguas identidades están en pugna con las evidencias y con las ideas que hoy tenemos".
Durante mucho tiempo, el gran disipador de la crítica a Cuba de muchos intelectuales fue la idea de que no se le debía hacer el juego al agresor, Estados Unidos, en atención, también, a la ostensible disparidad de fuerzas con el agredido, razonamiento que perdura con más señales de afecto y de nostalgia -podría ser el caso de Gabriel García Márquez- que con los paquetes argumentales de cuando la Revolución tenía más éxitos para exhibir.
En un trabajo titulado "Moldeando la arcilla humana: reflexiones sobre la igualdad y la revolución", Claudia Hilb, doctora en ciencias sociales e investigadora del Conicet, que presidió el Club de Cultura Socialista, analiza en términos críticos la violencia política de los sesenta y los setenta con relación al modelo de la revolución cubana. Y dice que, tomando la imagen más favorable del proyecto revolucionario, "Cuba nos alecciona acerca del resultado al que conduce el intento de realizar una utopía que pide lo imposible a los hombres y mujeres de nuestro mundo -que les pide que se conciban como piezas de un proyecto colectivo cuya cifra está en posesión del poder, que les pide que sean actores voluntarios, activos, de una idea que les es impuesta- y que, al pedirles lo imposible, sólo puede realizarse bajo la forma de un régimen de dominación total y de terror, que obliga a los hombres y mujeres modernos a ser lo que ellos no son, pero que deberían ser, y de lo que cualquier utopía modeladora de la humanidad, lejos de convertirlos en ello, sólo puede alejarlos: Cuba nos muestra un régimen que, con el propósito de convertir a los hombres en el motor de un régimen poscapitalista, solidario, ajeno al individualismo y al egotismo del sujeto moderno, los transforma en materia inerme de la lógica de una idea". Desemboca Hilb en estas reflexiones luego de haberse preguntado en primera persona por la relación entre las metas revolucionarias juveniles y lo que se hizo para lograrlas, el fracaso local, el triunfo cubano y los resultados obtenidos.
Otros se excusan. Viejos vínculos personales, políticos o en muchos casos de los dos tipos hacen que, para algunos escritores, pensadores o funcionarios de áreas culturales, el silencio sea una opción: hablar de Cuba hoy -y sobre todo en vísperas de un viaje presidencial-, piensan, podría agregar sinsabores a las utopías maltrechas, podrían herir a cubanos amigos que se saben sensibles.
Lejos de esas especulaciones, el periodista Rogelio García Lupo, que en los dos primeros años de la Revolución vivió en Cuba junto a Rodolfo Walsh mientras armaban Prensa Latina, acepta hablar con LA NACION sobre cómo evolucionó su visión originaria que, asegura, fue asertiva. "La Revolución resultó un producto exótico. En un primer momento entendí que iba a manifestarse como un proceso nacionalista y antiimperialista más que otra cosa. Nunca tuve confianza en que fuera en dirección marxista. Cuba es una nación militarizada, un efecto no deseado del bloqueo norteamericano". ¿Desilusión? "Yo no estoy desilusionado porque antes no tenía una idea demasiado diferente de lo que al final pasó", dice. Autor del libro Ultimas noticias de Fidel Castro y del Che , García Lupo asegura que, cuando se derrumbó la Unión Soviética, entrevió que el fuerte sesgo nacionalista evitaría un arrastre en Cuba y entiende que ese nacionalismo estuvo potenciado por la decisión de "arrinconar a un país durante medio siglo con un bloqueo riguroso".
Dice Horacio Tarcus, estudioso del marxismo y profesor de Teoría Sociológica del Estado, de la Universidad de Buenos Aires, que su generación no tuvo un influjo de la revolución cubana porque no le tocó ser testigo de los "tiempos heroicos" sino de la institucionalización. "Pude admirar la voluntad de soberanía nacional de esta pequeña isla que desafió al imperio y también las conquistas logradas en el plano de la igualdad social, pero siempre deploré el sistema de partido único, de ausencia de prensa libre y de persecución a los opositores, por no hablar del sistema de purga permanente del propio régimen". Tarcus opina que "de las dos promesas que busca articular todo proyecto socialista, la igualdad social y la libertad, la Cuba revolucionaria cumplió ampliamente la primera y adeuda largamente la segunda".
También Luis Alberto Romero reconoce que en la historia hay cosas buenas y cosas malas, pero advierte que los que vivieron el enamoramiento de Cuba tienen hoy dificultades para desprenderse. Lo expresa con claridad la historiadora e investigadora Hilda Sabato, quien nunca estuvo en Cuba. "A mí me pasa lo mismo que a la mayor parte de la gente que viene de una tradición de izquierda. Fue un momento que creó grandes expectativas para la izquierda continental, que abrió puertas para pensar una salida autónoma, hizo visible en el horizonte una transformación social en un plazo razonable, creó una mística: la posibilidad de transformar al mundo estaba al alcance de la mano. Hubo una amalgama de distintas cuestiones que llevó a convertir a Cuba en un faro revolucionario y eso fue de la mano con la decisión de las autoridades cubanas de impulsar la revolución en otros lugares, pero después del fracaso de los movimientos armados de los años setenta empezó una revisión que todavía sigue. Y es un hueso duro de roer. Ha costado llamar dictador a Fidel. A mí, personalmente, me costó mucho dejar de justificar las cosas que eran aberrantes. Pero más allá de lo difícil que es juzgar a un país con las dificultades que tuvo, el gobierno de Castro se convirtió en una dictadura".
Pablo Mendelevich
Para LA NACION
© LA NACION
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución
El nacionalismo como punto de encuentro
Cuba reorganizó el contacto entre vertientes ideológicas que el cerrado antiperonismo de las izquierdas había separado
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
Diez años antes de los acontecimientos del 68 y de las movilizaciones americanas contra la guerra de Viet Nam, la entrada de Fidel Castro en La Habana había devuelto a la juventud su antigua imagen de fuerza renovadora. Pero a diferencia de esos movimientos de revuelta social, pacíficos y multitudinarios, la "juventud" producida por Cuba se condensaba en un grupo de jóvenes armados y políticamente potentes. La "divina sorpresa" ulterior, el giro hacia el marxismo-leninismo y el conflicto con Estados Unidos, centuplicó el significado de Cuba y convirtió a la pequeña tropa que había destronado una dictadura en nombre de Martí en una vanguardia revolucionaria. Una cierta lectura del leninismo pasó a estar al orden del día, que puso en jaque la doctrina de los partidos comunistas sobre las etapas y condiciones necesarias para llegar al socialismo. Primaba ahora, en su lugar, la voluntad de grupos militantes, que hacían posible el "ahora". También el "aquí", porque la "primera revolución en castellano" no estaba entreverada con los componentes más o menos exóticos de episodios revolucionarios en otras regiones. Las condiciones políticas nacionales de los países latinoamericanos y las tradiciones de sus partidos marxistas modularon los efectos de la revolución cubana. En Argentina, la resistencia del anquilosado partido comunista fue compensada por los favores de fracciones del viejo partido Socialista, pero su contribución más original consistió probablemente en su compleja articulación con un peronismo popular y proscripto.
De los aportes de la revolución cubana, uno fue esencial: la legitimación del uso político de las armas. El foquismo, estrategia de acción independiente de los objetivos de la Cuba socialista, pudo ser adoptado por miembros del Comando del Sur de la Resistencia peronista (más conocidos como los Uturuncos) que organizaron el primer foco rural en la primavera de 1959 para exigir la renuncia de Arturo Frondizi, la anulación de los contratos petroleros y el retorno de Perón. Lo mismo hizo, entre otros, la treintena de jóvenes marxistas pro cubanos encabezados por Jorge Massetti, el Comandante Segundo, en mayo de 1963. Pero el noroeste no era la Sierra Maestra ni las Fuerzas Armadas argentinas el ejército de Batista. Tras la derrota del último foco, y también con objetivos distintos, se optará por la guerrilla armada en todos los frentes.
Contemporáneamente a la explosión modernizadora de los años sesenta se reorganizan las ideas y los agrupamientos políticos en un ámbito opositor en expansión. El rostro represor del gobierno militar de 1955 y la movilización en torno de la candidatura de Arturo Frondizi habían activado políticamente a la nueva generación. Pero si Cuba les dibujaba un porvenir de transformación social al alcance de la mano, tenían ante sí una clase obrera organizada y peronista, que no había olvidado el antiperonismo de la juventud universitaria. Para los grupos contestatarios, sin anclaje duradero en los partidos, la experiencia cubana fue providencial. Gracias al papel privilegiado otorgado por La Habana a la voluntad revolucionaria, más importante ahora que el origen de clase, se atenuó la sentida contradicción entre la pertenencia a la clase media y la devoción por los intereses del proletariado. Parecía cerrarse la antigua fisura que separaba al pueblo de jóvenes militantes que no diferían demasiado de los protagonistas del asalto a la Moncada. Pero más sustancial fue probablemente la contribución de la imagen de la Revolución cubana a la unificación de viejos diferendos.
En el ámbito de la cultura, donde se hacía fuerte el circuito de núcleos y publicaciones de oposición, instituyó un terreno de reconocimiento mutuo en el que bastaba enunciar la solidaridad con "la isla" para establecer afinidades que, a su vez, inscribían instantáneamente la cultura en la política. Cuba reorganizó también la comunicación entre vertientes ideológicas que el cerrado antiperonismo de las izquierdas había separado: la fusión del socialismo y el carácter nacional y antiimperialista que dio a su revolución establecieron un empalme entre marxistas, peronistas y nacionalistas. Enlazando Nación y Revolución, tópicos disociados hasta entonces, dio lugar a un lenguaje compartido por el flamante peronismo revolucionario y una izquierda que reconsideraba su rechazo al peronismo. Pareció además fabricar una pasarela posible entre las fracciones contestatarias y Perón, quien, pese a negarse a emigrar a Cuba, como lo exhortaba incansablemente John W. Cooke, incluía a Castro entre los líderes de su predilección.
Una identidad imaginaria
Insertándola por una u otra senda en sus proyectos, diferentes corrientes se apoderan de la Revolución cubana. Patrimonio de todos, forja una identidad política sui géneris que ensambla, más allá de sus opciones políticas concretas, a cristianos y marxistas, movimientos protoguerrilleros y fracciones de la Resistencia peronista. Se engendra así una identidad imaginaria, que denominamos en otro lugar el partido cubano, fundada en un consenso sin instituciones y sin contradicciones. A través suyo se incorpora al "campo de la revolución" una amplísima gama de militantes, universitarios y artistas. Su publicación más importante, Marcha , tiene sede en el Uruguay y Granma será la instancia última de apelación en polémicas argentinas, y juez de los principios legítimos en el campo de la cultura. Esta suerte de partido, además, había ganado una elección. En ocasión de la renovación del parlamento, en febrero de 1961, se atribuyó el cargo de senador para ubicar allí al doctor Alfredo Palacios, superando también el voto en blanco.
En otros lugares, en el seno del peronismo intelectual y político, Cuba estuvo en el origen de un ala izquierda, que tendrá un papel capital en el crecimiento de los Montoneros. John W. Cooke, primer delegado del General y principal panegirista de su vertiginoso viraje doctrinario, fue el artífice incontestable de la nueva "izquierda peronista revolucionaria" y de la "izquierda nacional". De retorno de Cuba, hará de Castro y sus guajiros una metáfora de Perón y los cabecitas negras, operación que lo autoriza a trazar el futuro necesariamente revolucionario del peronismo y a reconstruir retrospectivamente al peronismo como un socialismo antiimperialista a la manera argentina. Otorgando a los años peronistas el contenido revolucionario de La Habana, se puede afirmar que la revolución cubana pertenece al peronismo, arrebatándoselo a una izquierda tachada de antinacional y excesivamente intelectual. Perón recibe así una flamante legitimidad revolucionaria a los ojos de las juventudes movilizadas, que podían apostar a un acercamiento al marxismo análogo al efectuado por el gobierno castrista. La nueva izquierda peronista compensaba con su fervor el tanto menos visible entusiasmo de las bases obreras por La Habana.
Silvia Sigal
Para LA NACION
© LA NACION
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución / Eloy Gutiérrez Menoyo, ex comandante y líder de Cambio Cubano
"Hay que reinventar la revolución"
Fue el primer comandante guerrillero en entrar en La Habana tras la caída de Batista y dos años después abandonó la isla enfrentado con el castrismo. Al regresar, estuvo 22 años preso, se exilió en Miami y volvió a Cuba hace cinco años. Desde allí, este opositor atípico dialogó con LA NACION
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
Con su porte desgalichado y sólo 25 años a la espalda, Eloy Gutiérrez Menoyo (Madrid, 1934) fue el primer comandante guerrillero en entrar en La Habana aquel 1 de enero de 1959, antes incluso que el Che Guevara y Camilo Cienfuegos. El joven Menoyo se había batido el cobre contra la dictadura de Fulgencio Batista en las escarpadas sierras del Escambray, al mando del Segundo Frente Nacional, una milicia de 3000 hombres, similar a la de los barbudos de la Sierra Maestra.
Menoyo, que llegó a Cuba de la mano de sus padres en 1948, cuando sólo contaba 14 años, aprendió las artes de la guerra de su hermano mayor, Carlos, ex combatiente de la Guerra Civil Española y de la resistencia francesa y considerado "mártir" de la revolución cubana tras morir en el malogrado asalto al palacio presidencial de Batista, en marzo de 1957.
Desencantado con el rumbo totalitario del proceso revolucionario, Menoyo se exilió en Florida en 1961, donde se unió al grupo anticastrista Alpha 66. Unos años más tarde regresó a Cuba con el objetivo de derrocar, infructuosamente, como se ve, a Fidel Castro, que lo apresó y lo condenó a 30 años de cárcel. En 1986, gracias a las gestiones del entonces presidente español Felipe González, fue liberado, después de haber pasado 22 años en prisión. Rebelde infatigable, en los años noventa fundó en Miami Cambio Cubano, una organización a contracorriente de la línea dura del exilio, que defiende el diálogo entre Estados Unidos y Cuba y se opone al embargo. En agosto de 2003, Menoyo se instaló de nuevo en La Habana para reclamar un espacio político que, hasta el día de hoy, el régimen le sigue negando.
Rara avis de la política, en Miami lo miran de reojo y en La Habana no le quitan la vista de encima. En conversación telefónica con LA NACION desde su domicilio habanero, Menoyo se muestra escéptico sobre una apertura política en la isla mientras los hermanos Castro continúen en el poder. "Lo que hace falta es reinventar la revolución", señala. Una revolución en cuyo triunfo él también tuvo mucho que ver. Desde las montañas del Escambray (en el sur de la isla) liberó la ciudad de Trinidad y le pisó los talones a Batista al entrar en la capital cubana sólo unas horas después de que huyera el dictador. "La gente me preguntaba en las calles si yo era el comandante Gutiérrez Menoyo, y yo les decía que Menoyo venía en el último jeep de la caravana. De esa forma, yo podía seguir hacia delante. Lo único que quería era ver a mi familia, a mi madre."
De aquellos históricos días, Menoyo recuerda que su grupo respetó los acuerdos firmados con el Movimiento 26 de Julio de Fidel Castro: "Yo había firmado el pacto del Pedrero con el Che Guevara, por el que ninguno de los dos supeditábamos nuestras tropas al otro. Al entrar en la capital, nosotros no tomamos ninguna instalación militar. Pude haber tomado La Habana entera y no lo hice, por ingenuo. Fue un error que arrastré toda mi vida".
Sobre la figura del guerrillero argentino, Menoyo cree que se ha sobredimensionado por su trágica desaparición: "El Che que yo conocí no es el mismo que el personaje que ha pasado a la historia. Yo lo veía como un individuo sencillo. No guardo un mal recuerdo de él y tampoco creo que las cosas que supuestamente él escribió sobre mí fueran de su autoría [se refiere al libro Pasajes de la Guerra Revolucionaria , donde el Che se ceba con Menoyo, calificándolo de corrupto y arribista]". Aunque al recordar la famosa batalla de Santa Clara, en la que los hombres del Che lograron neutralizar un tren blindado atestado de soldados que había enviado Batista, Menoyo tiene una versión de los hechos que no deja muy bien parado a Guevara: "Lo del tren blindado es un mito. Primero me lo ofrecieron a mí [los batistianos] y por ingenuidad lo rechacé. No imaginé que estuvieran dispuestos a entregarlo por dinero. Después, el Che y los de la Sierra Maestra aceptaron el trato y pagaron un dinero a cambio".
La alianza de Castro con la Unión Soviética lo llevó, asegura, a rebelarse de nuevo: "Los que habíamos luchado por un orden constitucional empezamos a ser vigilados y no nos quedó más remedio que irnos. Yo era un demócrata y cuando me fui del país me borraron de la historia. Después intenté abrir un foco guerrillero y caí preso".
En 1995, Menoyo logró entrevistarse con Fidel Castro en su primera visita a la isla desde su salida de prisión, convirtiéndose en el único opositor al que ha recibido el ex presidente cubano. "Le dije que diera libertades al país, que volviera a esa revolución tan cubana como las palmas. Y Fidel, al que no le gusta que le digan lo que tiene que hacer, me contestó que los Estados Unidos le impedían volver a esa revolución".
Fidel sigue al mando
Para el dirigente de Cambio Cubano, Fidel Castro continúa, a pesar de su enfermedad, llevando las riendas del país: "Fidel es el que obstaculiza todo cambio en Cuba. Si Raúl pudiera, haría algunas reformas, pero Fidel le impide dar esos pasos hacia la apertura. No tengo ninguna duda de que Fidel sigue al mando, interviniendo en todo".
Cinco años después de haber regresado a La Habana, Menoyo continúa en un limbo jurídico. Pero no pierde el sentido del humor, la locuacidad ni la esperanza ("soy un ente político"). Casi ciego (perdió un ojo por cortesía de sus carceleros y el otro se lo dañó en un accidente doméstico), cree que es hora ya de cambiar el sistema de partido único vigente en Cuba: "Es sencillamente aburridísimo tener este modelo durante medio siglo", señala. Al régimen, sostiene, no le queda más remedio que impulsar cambios: "Cuba requiere una nueva revolución, hay que reinventarla, porque la otra se paralizó hace muchos años".
Al hablar de esa transformación política de la revolución en un régimen de partido único, aflora el Menoyo más corrosivo: "Hoy sólo tenemos una dictadura férrea, una población domesticada, con trabajadores sometidos que no se lanzan a protestar porque no saben cómo hacerlo. Han crecido dentro de una dictadura. El resultado es un país dominado por la corrupción, donde todo el mundo vive para robar y se han perdido todos los principios morales por los que luchamos".
El opositor hispano-cubano, que ha mantenido siempre una actitud crítica con la beligerancia de Washington hacia Cuba, confía en que el presidente electo, Barack Obama, cumpla su promesa de eliminar las restricciones a los viajes y al envío de remesas (aprobadas por George W. Bush en 2004). "Yo apoyo a Obama. Además, peor que Bush no podrá ser. Nadie puede ser peor que Bush."
Según Menoyo, a Raúl Castro le interesa la distensión con EE.UU.: "Otra cosa es que esa política errónea del embargo le haya venido muy bien al régimen". Para este opositor atípico, lo ideal sería levantar "todos" los bloqueos: "El externo, injusto e injerencista de Washington, y el interno, que afecta a la libertad, a la cultura, a los salarios?".
Esos vientos de cambio, de diálogo, de acercamiento, parecen soplar ya en un exilio que, en un giro histórico de tendencia, estaría a favor de la derogación del embargo, según una reciente encuesta realizada por la Universidad de Florida. Menoyo cree que ese sentimiento es mayoritario desde hace tiempo. Pero, advierte, "también hay una extrema derecha con una enorme influencia". Y en ese tira y afloja entre el sector más recalcitrante y las nuevas generaciones, Obama será, según Menoyo, trascendental.
César González-Calero
LA NACION
© LA NACION
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución / Nacidos después del 59
Teresa Dovalpage: "Hoy tengo alergia a la política"
Domingo 28 de diciembre de 2008
Finalista en 2006 del prestigioso Premio Herralde con su novela Muerte de un murciano en La Habana , Teresa Dovalpage (La Habana, 1966) se fue de Cuba en 1996. Desde hace un tiempo reside en Taos, un pueblito del desierto de Nuevo México. Esta cubana atípica (ni baila salsa ni toma café) asegura que nunca publicó una línea mientras vivió en la isla. De los avatares cubanos se informa gracias a su familia, aunque las conversaciones telefónicas con su madre suelen girar en torno a las necesidades más perentorias: "Se rompió el motor del agua... Vinieron los tomates al puesto...". O sea, sobre la vida misma en La Habana.
-El humor es una constante en su obra. ¿Es la ironía la única vía de escape para los cubanos que viven en la isla?
-Si no es la única vía, es quizá una de las más efectivas. Y de las menos peligrosas. Por eso proliferan los versitos chuscos que circulan sotto voce . Los chistes sobre el de la barba y el que no la tiene, los juegos de palabras? Por contar un chiste es difícil que lleven a alguien a la cárcel, pero el que se involucra en acciones más serias, como volverse periodista o bibliotecario independiente, se expone a represalias.
-¿Qué le sugiere la expresión "revolución cubana" ahora que se cumplen 50 años?
-Ha perdido su sentido original, al menos para mucha gente de mi generación. En mi caso, está archivada en el mismo recoveco cerebral donde se encuentran todos los lemas que repetíamos en la escuela: "Patria o Muerte", "Socialismo o Muerte", "Vencer o Morir"... Todos tienen un tufillo necrófilo. Quizás a consecuencia de haberme criado en un ambiente donde hasta el aire que se respiraba estaba politizado, desarrollé una alergia a la política y a los partidos políticos de cualquier pelaje que sean. Y que no me hablen de los discursos... Cuando prendo la televisión y veo a un señor disertando y moviendo el dedito índice [como solía hacer Fidel], la apago a toda velocidad y me pongo a hacer algo constructivo.
-¿Qué le contaban sus padres sobre aquel enero del 59?
-Todo lo que me contó mi madre es: "Una mañana nos despertamos y la gente empezó a decir que Batista se había largado. Pero nosotros, ni fu ni fa. En esta casa no nos metíamos en política hasta que la política se nos metió por la ventana".
-¿Y alguna vivencia suya en esa infancia que transcurría ya en plena institucionalización del régimen?
-Me estoy acordando de una clase en segundo grado. Una maestra, en la más curiosa lección de ateísmo práctico que he visto en mi vida, nos mandó que le pidiéramos a Dios pasteles de guayaba. Cada alumno, a su modo, hizo la petición. Nada. Ni pasteles ni guayabitas del pinar. Después nos orientó , verbo muy de moda en aquellos años, para que se los pidiéramos a Fidel. Así lo hicimos, en revolucionario coro. Y el conserje se apareció ipso facto con una caja de pasteles para la merienda. ¡Plop!
-¿Cree usted que la Cuba de Raúl Castro será distinta a la de su hermano Fidel?
-Mi opinión es que se tratará del mismo can con diferente gargantilla.
- ¿Cree que los avances notables en educación y salud compensan la falta de libertades?
-Permítame citar una frase del escritor cubano Alexis Romay: "¿De qué sirve educar a las masas para luego prohibirles los libros?"
C.G.C.
© LA NACION
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
A 50 años de la revolución / Nacidos después del 59
Amir Valle: "Cuba necesita cambios profundos"
Domingo 28 de diciembre de 2008 |
Escritor y periodista, Amir Valle (Guantánamo, 1967), es uno de los nuevos valores literarios de Cuba. Autor de una veintena de libros y premiado en América latina y en Europa, Valle se ha destacado en el género de la novela negra, con títulos como Las puertas de la noche y Si Cristo te desnuda . Su libro Jineteras , en el que refleja el sórdido mundo de las prostitutas habaneras, se alzó con el premio Internacional Rodolfo Walsh 2007. En 2005, tras un viaje a España, el régimen cubano le prohibió que regresara a la isla. Desde entonces, reside en Berlín.
-En su libro Jineteras describe el nuevo burdel que ha aflorado en la isla. ¿Dónde quedaron los principios morales de la revolución?
-Primero habría que preguntarse dónde quedó aquella revolución por la que dieron sus vidas miles de cubanos; por qué Fidel Castro y sus hombres convirtieron un proyecto liberador en una dictadura. Cuando el totalitarismo soviético impuso sus reglas en la isla, la Revolución perdió todos sus valores. Por ello, nadie debe asombrarse de que la prostitución, que Fidel dijo que sería borrada de la isla, renaciera con tanta fuerza.
-Otro de sus libros, Las palabras y los muertos , gira en torno a la figura de Fidel Castro. ¿Cuál es su percepción del personaje?
-Fidel Castro es uno de los hombres más consecuentes que conozco. Siempre ha logrado que el entorno se moviera de acuerdo a sus intereses. Eso hizo con la revolución cubana. Me preocupa mucho la ceguera con la que mucha gente en el mundo sigue viendo a Castro como si acabara de bajar de la Sierra Maestra.
-Usted reside en Alemania desde 2005. ¿Considera posible regresar a Cuba?
-Yo fui desterrado de Cuba. Aprovechando uno de mis viajes a España, el gobierno decidió no dejarme regresar. Según han dicho algunos funcionarios de la isla, mis ideas como intelectual independiente eran demasiado peligrosas por el respeto que me he ganado entre los intelectuales de mi país. Digamos que temían que contagiara a los demás. Le he escrito cartas al gobierno cubano, que nunca han sido respondidas, exigiendo mi derecho a entrar y salir de mi país.
-¿Cómo ve la relación de algunos intelectuales de renombre, como Gabriel García Márquez, con el régimen?
-He escuchado a García Márquez protestar cuando España impuso el visado a los colombianos, pero jamás he escuchado que se hubiera pronunciado en contra de las limitaciones migratorias a los cubanos. Es una pena que esos intelectuales que apoyan al gobierno cubano no se den cuenta de que son piezas en un asqueroso juego de propaganda política internacional.
-¿Cree que el gobierno de Raúl Castro propiciará algún cambio?
-La ingenuidad de la gente me alarma: recuerdo los alaridos de esperanza por los maquillajes que Raúl permitió (celulares, computadoras, hoteles). ¿No se dan cuenta de la burla? Cuba necesita cambios profundos: que nos dejen crear riqueza con nuestra iniciativa personal; que pensar distinto no sea un delito; que se respeten los derechos de asociación y expresión; que el Partido Comunista no sea el monopolista que controla todas las instituciones; que los cubanos puedan entrar y salir sin trabas.
C.G.C.
© LA NACION
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.