Digo no a los registros de granos - JULIO PREVE FOLLE
| Digo no a los registros de granos JULIO PREVE FOLLE El pasado lunes 10 y sin mayor destaque se divulgó una noticia en este diario que no debe pasar desapercibida para nadie, dentro o fuera del sector agropecuario porque nos acerca, de concretase, a la espantosa idea de administración del comercio exterior, asociada al estancamiento secular de la economía uruguaya, felizmente abandonado a partir de los noventa. La noticia, bastante escueta, señala en el título "Crearán un registro de existencias de granos"; más adelante en el texto se señala también que se crearía un registro de exportaciones "para que el gobierno y el mercado puedan tener mayor información sobre las operaciones que se realizan y el saldo que tienen la industria, los exportadores y los productores". La noticia es consistente con la preocupación que señala con frecuencia el ministro de Ganadería, cuando se preocupa porque se exporta más grano que el que excede a las necesidades domésticas anuales de trigo. Quiero anticipar, por si alguno no quiere seguir leyendo, mi oposición más encendida contra la recreación de registros felizmente desaparecidos por inútiles, peligrosos (de ahí al control del comercio no hay más que un paso), y más demandantes de acciones policíacas que la sociedad ya tiene bastantes. OFERTA DE INFORMACIÓN. La posición más ingenua, la que puedo tratar con más benevolencia, es la de aquellos que creen que con una información más precisa a través de declaraciones juradas mensuales de los tenedores de granos, se aporta más a la transparencia del negocio, y hasta que se iguala la disponibilidad de información clave entre operadores grandes y chicos por ejemplo. No obstante esto es una barbaridad. El país dispone de encuestas bastante precisas elaboradas por la DIEA (Dirección de Estadísticas Agropecuarias) que se pueden en todo caso mejorar, pero que cumplen dos condiciones fundamentales: respetan completamente la reserva del que produce la información -no hay declaraciones juradas- y no requieren ningún control policíaco de verosimilitud. Ambos elementos, la reserva y la ausencia de policía se vinculan con la mejor condición para hacer negocios, hoy ya bastante atacada en el trigo y la harina por las continuas amenazas oficiales de intervención. Hay que aclarar que la información que existe es muy superior en precisión a la recogida por ejemplo en Argentina y Brasil, y que la mejora en su exactitud depende de aspectos netamente técnicos, todos alcanzables si fuera necesario con mayor inversión pública o privada: muestras más grandes, más frecuentes, marcos de muestreo también más frecuentes, etc.. En cualquier caso insisto: la información que se da gratis hoy no solo es buena y mejor por ejemplo a la de nuestros socios, sino que incluso se puede saber con exactitud su margen de error. Pretender que con declaraciones juradas mensuales de existencias de granos se mejorará la precisión en principio me parece un error. Y sobre todo que para que esto eventualmente ocurriera deberíamos ir a un control policíaco severo, con recuentos de existencias, de sistemas de altas y bajas, todo ello muy desaconsejado para el buen clima de negocios. Por otra parte es bien sabido que la información generada a través de registros administrativos no es más precisa que la obtenida a través de sistemas estadísticos, -muestras, encuestas- a menos que la presión policíaca sea feroz, algo que no solo no es deseable, sino que además no veo cómo podría llevarse a la práctica por el MGAP para todos los tenedores de todos los granos. EL CONTROL DEL COMERCIO. Esto que se anuncia a partir de la creación de los registros ya es diferente de lo anterior y peor, con una diferencia que no es de grado sino de esencia. Lo que la noticia anuncia es que a partir de los registros de existencias y de los de exportaciones, el gobierno iría otorgando permisos -otra vez los viejos "certificados de necesidad"- a partir de su juicio sobre la pertinencia o la impertinencia de la exportación. El primer artículo que escribí en este diario en junio del año 1983 se titulaba: "Trigo: las exportaciones polémicas", y refería a esta misma horrorosa discusión. Algunos se agraviaban que aquel año en que se liberaron las exportaciones habría que terminar importando 90 mil toneladas. Recuerdo un detractor que ironizaba señalando que los barcos se iban a cruzar a la altura del ecuador. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde ese entonces; no solo la productividad se ha triplicado, no solo el país ha logrado períodos largos de exportaciones de trigo, sino que quizás lo más importante ha sido que nadie se acuerda demasiado del cereal, y los agricultores lo consideran una opción más a evaluar entre las varias disponibles, todas ellas vinculadas al precio internacional, y no como era en aquel entonces, al precio político que había que negociar cada año, con la consiguiente carga de politización, intervencionismo y estancamiento. Esto es historia pura, que no hay que ser demasiado veterano para recordar. LIBERTAD OTRA VEZ. El gobierno en general y el MGAP en particular, un día sí y otro también, realizan juicios sobre la bondad y hasta la moralidad de ciertos niveles de precios, algo que no debería convocar demasiados esfuerzos; en cambio, sí les debería preocupar cuando por disposiciones dependientes del gobierno, el mercado funciona con poderes monopólicos que generan evitables tensiones. Por ejemplo, preocuparse del precio del trigo porque es alto, aunque se refiere al internacional, no es consistente con tolerar que el del aceite, del pollo, del vino, de la papa o del azúcar sean también altos pero superiores al internacional y por decisión política, como si hubiera ciudadanos de diferentes categorías. Por cierto nadie habla de lo que me obsesiona, la libertad comercial de cada individuo. Vivimos con un concepto hemipléjico de libertad; rechazamos todo límite a la libertad política, pero admitimos cualquier clase de cortapisa impuesta por el gobierno por sí y ante sí a la libertad económica. Y la libertad no es divisible; no hay una con mayúscula y otra con minúscula, es libertad a secas. Es en este caso la de los operadores que a comienzos de la zafra optan por exportar su trigo al precio de ese momento, quizás suponiendo que luego valdrá menos, o que para esperar deben incurrir en costos financieros y de almacenaje que finalmente no serán compensados. Es también la libertad de otros operadores que en cambio prefieren esperar. Y todos son libres y responsables, y al final del año alguno habrá ganado y otro habrá perdido. Vale la pena dar la gran batalla por la libertad, consistente en defender el derecho de cada uno de equivocarse. En cambio, la batalla que definitivamente no vale la pena dar ya que el país la pierde en producción futura y obviamente en libertad, es aquella en la que el gobierno juzga si se puede o no exportar, y da permisos en cada caso como si fuera una dictadura económica. Si es el gobierno el que resuelve si se puede o no exportar, si es el MGAP el que toma el riesgo de no dejar exportar más que lo que sobre, incluso si luego el mercado baja obligando a los costos elevadísimos de no vender, si esto ocurre, adiós libertad comercial, pero también adiós trigo como rubro exportable. FABRICANDO ESCASEZ. La miopía oficial no logra ver que si el negocio del trigo pasa a depender de la voluntad oficial habrá solo algo seguro: su escasez. Todo agricultor triguero, conocedor de los precios del mundo, obviamente se volcará a otros rubros también rentables, -cebada, soja, maíz- dejando el trigo al gobierno. No hace falta que el MGAP prohíba exportar. Alcanza con que siga amenazando intervenir para que al cosechar lo que hoy está sembrado todo el mundo se apure por exportar, fabricando una escasez inducida por la política. Por otra parte, las reacciones oficiales me sugieren también aquello de "cobrar al grito" como se dice en el fútbol. Es verdad que este año se dieron dos circunstancias absolutamente insólitas, pero el que conoce del tema sabe definirlas como lo que son, hechos raros. La primera es que la tasa de crecimiento del precio dentro del año, tironeada por China y elementos climáticos mundiales, es la más grande de la historia. La segunda es que nuestros molineros -no todos- prefirieron no arriesgarse a disputarle más trigo a la exportación, al no saber qué haría el gobierno ante eventuales importaciones de harina argentina subsidiada. Por ejemplo: el trigo vale en el mundo 300 dólares, la harina elaborada con ese trigo debería valer más de 500, y la importada desde Argentina llega a Paysandú a 280 elaborada con un trigo que detracciones mediante les cuesta 150. De manera que el gobierno tampoco es totalmente ajeno a estas necesidades de importación de trigo más caro, por no tomar una definición a tiempo acerca de la harina argentina. Dadas estas circunstancias de precios, si nadie hace nada, lo que incluye no amenazar más, lo razonable es esperar que a través de mecanismos de mercado, el año que viene la oferta nacional se vaya comercializando dentro de fronteras, exportándose algo, importándose probablemente también. Algunos se equivocarán tomando una u otra posición, y no se justifica para corregir esto armar un esquema policíaco como el referido al comienzo. Para que la normalidad retorne, el gobierno deberá avisar qué hará con la harina argentina subsidiada, cuáles serán las reglas. Y nada más. Y en cuanto a la preocupación por el precio del pan, tan legítima como la que debería tener por el azúcar, el pollo, el vino, el aceite o las frutas y verduras, y no la tiene, si desea operar sobre estos precios no debe hacerlo con cargo a la producción sino a la sociedad si fuera el caso. Y por ejemplo operar sobre los aportes al BPS recientemente incrementados, o inventar con cargo a todos un pan beneficiado, para distribuirlo si quiere entre los pobres empadronados por esta administración. Pero si se toca la formación del precio del trigo, si se administra el comercio exterior, en ese caso sí es segura la escasez ya y, además, hoy hay otras alternativas agrícolas. En definitiva, no a los registros en general, no a los registros de exportaciones, no a la administración del comercio exterior, no a la intervención injusta y fabricante de escasez. INGENUIDAD Es la de los que consideran que con declaraciones juradas se aporta transparencia |