Con el petróleo, Brasil demuestra ser un país en serio-Autor: Ernesto Poblet
Con el petróleo, Brasil demuestra ser un país en serio
Autor: Ernesto Poblet
| Ernesto Poblet |
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En la educación de más de sesenta años atrás las maestras de las ciudades nos enseñaban un criterio de patriotismo simple. La patria era un valor concebido a través de símbolos o batallas brillantemente ganadas por austeros militares del siglo XIX.
Fácilmente entreveíamos nuestras raíces en la anticuada expresión “crisol de razas”. El poeta que acuñó esta complicada metáfora no pudo prever la curiosa evolución de las dos palabras. “Raza” pasó a transformarse en una suerte de sinonimia de la atroz discriminación nazi sobre los judíos y el “crisol” desapareció del léxico usual significando una aleación o mezcla de metales o su fundición en el interior de un alto horno.
Por lo visto, se alejó de la poesía esa pretensión de darle síntesis romántica a nuestra naturaleza cultural para desembocar en la caracterización borgeana que nos muestra a los argentinos como sencillos “descensores” de los barcos. Por lo menos es una categoría más realista y disminuye la crueldad de la lupa extranjera sobre nosotros.
En el estrecho mundo que nos conocen se ríen del exacerbado egocentrismo y cierta tendencia peligrosa al suicidio por las alturas elegidas y desde allí -desde el vértigo de nuestro famoso ego- contemplar las grandezas que raramente alcanzamos a ver, pero demostramos al menos, saberlas presentir moralmente.
LAS INVERSIONES EN HIDROCARBUROS
Me despierto el viernes 9 de noviembre con una novedad ligada a mi antigua profesión de abogado petrolero. El Brasil descubrió un mega-yacimiento de hidrocarburos en las profundidades del Atlántico, en el talud pendiente hacia los fondos abisales, el lugar más difícil y costoso para los trabajos de exploración y producción. Un escenario alejado de las experiencias en el mundo.
Faltos de asistencia logística para este estilo de proceso mar adentro, debajo de las capas de sal, con tal hazaña Brasil duplica las reservas de hidrocarburos que fue encontrando pacientemente en el curso del último medio siglo. Y supieron guardar el secreto de la proeza por seis meses hasta el momento oportuno para proclamarlo. Nosotros, los alegres argentinos, lo hubiéramos anunciado un medio siglo antes.
Recuerdo los comienzos de los años sesenta, los meritorios contratos petroleros de Frondizi nos llevaron prestamente al autoabastecimiento de petróleo. Me encontraba con mis amigos petroleros de la todavía incipiente Petrobras y observaba su sincera admiración hacia aquel fenómeno argentino.
Era el mundillo de las empresas estatales. Les explicaba la inteligencia del estadista que gobernaba la Argentina. Les costaba entender la posibilidad de romper el cerco de la estupidez que los maniataba a depender su desarrollo de un tabú anticapitalista consistente en prescindir del capital privado. Vivíamos en plena guerra fría. Stalin era uno de los líderes mundiales más simpáticos.
John Foster Dulles, el Canciller del presidente Eisenhower, lucía una impertinencia atroz en sus actos “diplomáticos”. Más o menos el papel del actual Bush con respecto a la guerra contra el terrorismo global. Impensable acercar inversiones de capital privado y tecnología de punta hacia los territorios de la siempre postergada Latinoamérica.
Sin embargo Frondizi alcanzó a embocar su lanza en el medio del talón de Aquiles. Como profundo jurisconsulto detectó el obstáculo mayor en el plano jurídico. Jamás el plexo político, intelectual, profesional, militar y juvenil de esta núbil nación latinoamericana -ni ninguna otra de la región- iban a tolerar la figura lícita y reglamentaria de la “concesión”, para entonces sinónimo de la entrega del patrimonio yacente y desconocido en el subsuelo y donde los magnates del capital se lo llevarían prestamente dejando a nuestros pueblos sin sus recursos naturales. Un razonamiento adecuado a la época en que la Unión Soviética conservaba extrañamente algún prestigio obtenido tras el triunfo compartido después de la Segunda Guerra.
En ese ámbito debió el estadista argentino desactivar el nudo gordiano de los intríngulis formales, algo prácticamente imposible. Con la misma intrepidez, decisión e inteligencia de Alejandro Magno aplicó una estocada de machete filoso y logró deshacer la atadura ridícula más famosa de la historia.
No utilizó ni discutió la figura de la concesión consciente de la necesidad de evitar medio siglo de discusiones estériles. Extrajo de una galera otras instituciones legales e inobjetables del Código Civil. Mezcló como en un crisol redivivo a la locación de obra y la de servicios y escondió en un santuario inexpugnable a la demonizada “concesión” hasta que se le pasare el gualicho.
Mientras tanto mis amigos de Petrobras empezaron a rastrear soluciones prácticas dentro de aquel Brasil no menos complicado. El dictador Getulio Vargas les había legado una consigna apropiada para esa época de personajes populistas-chauvinistas en pleno florecimiento: “O petrôleo é nosso” gustaban repetir dirigentes y dirigidos. Minga de oligarcas privados “O Estado ou nada”.
Desde luego, la nada predominaba. Durante el largo período militar desde Castello Branco hasta el acceso democrático del malogrado presidente Tancredo Neves, la Petrobras siguió su curso elefantiásico aunque no desmayaron en su tozuda búsqueda de hidrocarburos en el inmenso territorio. Con resultados no alentadores.
Los brasileros se lanzaron a trabajar el mar contra todos los pronósticos. Las interesantes experiencias del Mar del Norte y aún las del comienzo del Mar de la China no redundaron en tecnologías para las profundidades y complicaciones de las operaciones frente al talud inclinado e incómodo. Desciende este muro implacable desde la plataforma continental hacia las profundidades del océano. Los llamados “fondos abisales” donde no llega la luz solar.
Frente al obstáculo insalvable de la falta de elementos tecnológicos para ese extraño escenario ¿qué hicieron los brasileños de aquella Petrobras estatal, pesada y con los síntomas de corrupción naturales dentro de las trenzas humanas que aparecen ineludiblemente en las empresas públicas…? Pues diseñaron la mejor e inteligente solución. Sin alardes ideológicos, con el sigilo del caso, emprendieron un trabajo lento de desmonopolización, agilización e introducción del capital privado por vías no ostensibles.
Fueron transformando y adaptando la magatérica empresa en algo funcional y digna de competir en el universo privado del negocio energético. Las acciones de la compañía salieron al mercado en busca de inversores brasileros y extranjeros. Enfrentaron al mundo para competir y abandonaron la actitud del puerco espín: aquella cansina política estatista, estática, roedora y cerrada. Pasó Petrobras a llevar su marca a los más diversos horizontes.
Pero ha sido en la faceta operacional donde los brasileños mejor se han distinguido ¿cómo resolvieron el problema de la logística tecnológica -faltante en el mundo- para proveerse de los necesarios aparatos, máquinas, herramientas, sistemas y procesos para enfrentar los trabajos en el inmenso y profundo paramento marítimo…?
Otra vez la seriedad que los distingue de nosotros los argentinos. Prestamente se lanzaron a instalar su propia producción logística. Mediante reglas de juego claras, precisas, libres, seguridades tributarias, no ingerencias obstruccionistas estaduales ni federales, no regulaciones paralizantes ni persecutas.
Los empresarios privados del Brasil no fueron amenazados ni escrachados. No son insultados en público por algún ministrejo grosero. Reinvierten con gusto en el propio Brasil sin necesidad de pedidos de mal modo y menos por órdenes extorsivas o amenzantes. Lula no desautorizó ni persiguió a Cardozo. Éste tampoco se ensañó con su antecesor. Y así se armó una historia de gobernantes y dirigentes lúcidos, dignos de un país serio.
Paralelo a esta realidad de la gran nación vecina, hasta ayer sabiamente autoabastecida y desde ahora exportadora de combustibles fósiles, nuestra Argentina está perdiendo el autoabastecimiento que logró en 1961 el cual entró a declinar desde los desaciertos de 2002.
Mientras tanto brotaba en Brasil esa eficiente mini-revolución industrial que produce elementos, accesorios y servicios para el nuevo escenario de sus triunfos -las profundidades del mar con sus cuencas de Santos, Campos y Espírito Santo- algo más grande que el legendario Maracaná de las ovaciones hacia Pelé, Garrincha y Ronaldinho. Brasil no es sólo fútbol y samba.
El autor es experto en energía, historiador y profesor de derecho internacional público.
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Fuente: FUNDACIÓN ATLAS.
