| Santiago Gallichio | 
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Dos años y medio atrás, escribíamos un artículo denominado “Dolardependencia, la madre de todas las crisis”. Allí, asumíamos la tesis de largo plazo según la cual la variable que mejor explicaba el comportamiento de la economía argentina era el valor internacional del dólar. Cuando éste se aprecia, la Argentina sufre crisis y cuando se deprecia, todo se facilita y la economía local difícilmente no prospere. La razón de este comportamiento, sosteníamos, es la centralidad que ocupa el dólar como valor de referencia (numeral) de los agentes económicos locales. Allí mismo también había que buscar la causa de la permanente tendencia de nuestros gobernantes a fijar el peso al dólar, de una u otra manera. El ciclo de depreciación del dólar que vivimos en los últimos 7 años tiene muy pocos precedentes históricos. Desde el primer trimestre de 2001 hasta ahora, el dólar perdió un 61% de su valor respecto del oro; algo muy similar ocurrió frente al petróleo o el trigo, un poco menos frente a la soja, el maíz o el aluminio y bastante más frente al cobre. Pero lo cierto es que la mayoría de los commodities experimentó fortísimas subas en dólares durante estos años, la principal causa de lo cual no fue sino la propia depreciación de la moneda americana, como lo demuestra lo generalizado del fenómeno. El ciclo contrario se había verificado anteriormente por más de una década, durante la cual, desde finales de 1987 y hasta fines de 2000, la divisa se apreció casi un 80% en 13 años. Pero, si bien el cambio entre puntas fue mayor, el ritmo de suba fue más pausado que la abrupta caída de estos últimos años. Mientras que el proceso de apreciación de los ’90 fue a un promedio del 4,5% anual, la depreciación de este siglo se viene dando al 7% anual promedio. Aquél proceso, por otra parte, tuvo un subperíodo de apreciación a ritmo más veloz que duró 3 años y medio, a la salida del respiro que le dio el post-Tequila a los emergentes. En efecto, entre 1996 y 1999, la apreciación fue del 54%, a un ritmo anualizado del 13% promedio. Ése fue claramente el motivo del estancamiento argentino de fin del siglo pasado, el que, por una mala respuesta de la dirigencia de entones, terminó derivando en la crisis de 2002, a pesar de que durante todo 2001 el dólar ya había iniciado su ciclo de depreciación. La receta de devaluar el peso frente al dólar, que había tenido sentido en los años previos, terminó siendo una respuesta a destiempo. Mirar hacia delante con estos mismo parámetros nos presenta un panorama muy incierto. El ciclo de depreciación no logró revertirse y muchos dudan de que algún día eso se produzca. Más bien la mayoría apuesta a lo contrario y casi nadie se anima a ver el oro por debajo de los US$600 en adelante. ¿Siguen entonces las buenas noticias del ciclo favorable? Lamentablemente, las variaciones en el valor de las monedas de referencia sólo son operativas en la economía real cuando se trata de desvíos que se juzgan transitorios, pues se concibe que el precio de equilibrio volverá a alcanzarse más tarde o más temprano. De otro modo, cuando se considera que ha habido un cambio permanente en el nivel de una divisa, toda la economía internacional debe acomodarse a ese nuevo nivel y lo que era un valor depreciado del dólar pasa a ser su nuevo valor normal. Es entonces cuando el ciclo virtuoso de la política monetaria expansiva se rompe. Y esto no sucede jamás sin una fuerte crisis recesiva. Entre comienzos de 1981 y finales de 2005, es decir, durante 25 años consecutivos, el oro fluctuó en valores de entre US$300 y US$450, con un promedio de US$360 la onza. A ese equilibrio se había llegado tras la traumática y mal llamada “crisis del petróleo” de los ’70, que debió haberse llamado, al igual que la crisis actual, “crisis del dólar” y no “crisis de las hipotecas subprime”. Esa crisis debió ser corregida por la mano dura de Paul Volker en la Fed, a fuerza de una contracción de la liquidez excesiva que se había emitido anteriormente. Recién entonces el dólar encontró un nuevo valor de equilibrio en el que todo el mundo confió: los US$360 promedio de los que hablábamos recién. ¿Estamos a punto de abandonar ese valor de referencia que duró un cuarto de siglo o, más bien, lo abandonamos ya en 2006? La mayoría de los analistas parece creer que sí, aunque no parecen actuar en consecuencia. Como si pasar de US$360 la onza a un nuevo nivel de US$700 ó US$1.000 pudiera hacerse sin pasar por una fenomenal recesión e “hiperinflación” (internacional, se entiende, es decir, del 20% anual en los EE.UU.), como la de fines de los ’70 y comienzos de los ‘80. Si éste es el nuevo escenario, difícilmente el ciclo de alza de los commodities sirva por sí mismo para garantizar una economía pujante como la de estos años. Además, el gobierno argentino deberá tomar una decisión respecto del valor de nuestra moneda, el que ya no podrá limitarse a la simple y eficaz “convertibilidad 3 a 1”. Quedarse atado a un dólar que se derrumba será padecer toda la inflación en dólares que terminará provocando su nuevo nivel internacional.  |