Argentina-A 50 años del triunfo de la UCRI-Frondizi-Un presidente innovador
Un presidente innovador Por Carlos Zaffore Viernes 22 de febrero de 2008 | Publicado en la Edición impresa El ganador de las elecciones presidenciales de hace 50 años salía del molde. Desde su aspecto espigado y profesoral, con gruesos anteojos, hasta su preciso lenguaje de ideas no encajaba en el estereotipo de político, aunque esto no excluía en Arturo Frondizi una oratoria que tocaba las fibras emotivas y una personalidad seductora y carismática. Una infrecuente combinación. Y, por cierto, su propuesta innovadora se anticipaba a los cambios mundiales y planteaba un proyecto nacional convocante. Basta decir que en 1958 la hoy trillada palabra “desarrollo” era sólo conocida en círculos académicos. En política, sólo la usaba Frondizi. El Desafío Latinoamericano - Cohesión Social y Democracia Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.
Para LA NACION
¿Cuál es la explicación de su victoria, que duplicó en votos a Ricardo Balbín? ¿Hay algo más que la fascinación de su figura? En mi opinión, la Argentina aprovechó la oportunidad de contar con un estadista que la lanzara al futuro.
El voto del peronismo proscripto se explica porque Frondizi había cuestionado el revanchismo del golpe de 1955 y consideraba la antinomia peronismo-antiperonismo un freno a todo proyecto nacional. Se anticipó tres lustros a lo que Balbín plantearía en la década del 70. Asimismo, en la búsqueda de ese apoyo había una explicación inasequible para quienes lo criticaban desde la mentalidad electoralista: el desarrollismo consideraba necesaria para el desarrollo una “alianza de clases y sectores sociales”, y el peronismo aportaba la clase obrera. No hubo nada espurio, y cuando Perón, unos días antes de aquel 23 de febrero, le brindó apoyo desde el exilio no hizo sino bendecir con astucia lo que igualmente hubieran hecho los votantes peronistas.
Por lo demás, las adhesiones que despertó Frondizi abarcaban un amplio espectro. En especial, a la juventud. Convocaban su personalidad y su programa. Un programa que había elaborado con su brillante think tank –la “usina”, en la jerga de los íntimos–, encabezado por Rogelio Frigerio. La propuesta económica la resumía un eslogan electoral impactante: “Carne + petróleo = acero”. Hoy podríamos sustituir los términos de la ecuación por soja y microchips, pero conceptualmente está vigente, y postula una economía que valorice el trabajo argentino y nos saque de lo que Frondizi llamaba “estructura agroimportadora”, sujeta a los vaivenes de la coyuntura internacional.
A Frondizi le tocó un tiempo turbulento. En cuatro años sufrió más de treinta “planteos” militares, hasta el que lo derrocó. Pero el asedio golpista no lo paralizaba. Concretaba proyectos a ritmo de vértigo y el catálogo de realizaciones en producción, infraestructura, educación, calidad institucional es para un libro, no para un artículo.
Al promediar los años cincuenta, nuestras clases dirigentes creían inminente una tercera guerra mundial. Esa había sido la opinión de Perón y la de los antiperonistas. A la Argentina, razonaban, le convenía permanecer al margen y beneficiarse exportando alimentos a los beligerantes. Hacer la plancha.
Frondizi se anticipó a un nuevo escenario. La novedad del armamento nuclear haría imposible una guerra mundial, porque aun el vencedor quedaría destruido. La competencia entre Washington y Moscú se trasladaría del campo militar al económico y político.
Esa lúcida percepción lo llevó a dos conclusiones. Una, establecer una “relación madura con Estados Unidos” y forjar buenas relaciones con todos los países, incluidos los del Este, para favorecer nuestro desarrollo. Frondizi fue el primer presidente que se acercó a Estados Unidos, reinsertó a la Argentina en el mundo, y era respetado y escuchado por todos los líderes. Y en el productivo acercamiento a Washington no resignó independencia, como cuando se opuso a la expulsión de Cuba de la OEA, porque eso violaba el derecho internacional. Añadió el clarividente argumento de que así se favorecería que se exportara la revolución.
La segunda conclusión fue que el país no debía autolimitarse como exportador de alimentos: debía encarar el desarrollo.
El desarrollo se diferenciaba del crecimiento. Era un cambio de calidad de la economía. El Estado fijaba prioridades y, sin violentar el mercado, orientaba la producción hacia sectores dinámicos, configurando una estructura abierta, pero con amplio margen de autonomía nacional.
Por último, otro tema que ilumina el presente: la exitosa política antiinflacionaria de Frondizi, poco conocida porque se lo recuerda más por el desarrollo. Se diferenció tanto de las recetas ortodoxas que desatienden la producción como del estatismo. En 1958 había inflación reprimida por controles y tarifas políticas. Las eliminó, sinceró la economía y combatió la inflación no en sus efectos, sino en su causa, con estricta reducción del gasto público y, sobre todo, atacando por el lado de la oferta, con mayor producción de bienes y servicios. “Estabilización y Desarrollo” era el nombre del programa. En 1959, por el sinceramiento, esto es, por la inflación heredada, el índice llegó al 118%, pero ese mismo año la inflación fue vencida: el promedio mensual en el primer trimestre fue 11,6%; en el segundo, 9%; en el tercero, 2,9%, y en el cuarto, 1,9%. En el último año completo de su mandato, 1961, la inflación quedó reducida a casi la décima parte de la que había recibido.
Unas palabras finales para Frondizi, algo personales. Salió de la presidencia con el mismo patrimonio que tenía al llegar. Jamás, ni en momentos de dura soledad política, lo encontré en un renuncio –fue, junto con Frigerio, mi maestro durante años–, en una posición ajena a sus convicciones. Su solidez intelectual y capacidad para anticiparse a los cambios, que a veces le trajeron incomprensión, convivían en él con un espíritu sensible, exento de agravios, un rechazo gandhiano a la violencia y una pétrea voluntad de trabajar por la unidad de la Nación.
El autor es presidente del Movimiento de Integración y Desarrollo.