El discurso de la gobernabilidad-La libertad de Wilson Ferreira Aldunate-
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POR LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS | |
Poco a poco, mientras la madrugada del 1° de diciembre de 1984 se iba desgranando en la noche clara de diciembre, los gritos fueron acallándose, y un Wilson Ferreira Aldunate juvenil, en plena forma física y en total dominio de sus extraordinarias facultades, y –lo que es mucho más importante– de la tempestad de pasiones que segura y justificadamente llevaba en el alma, empezó a hablar. La multitud calló en la explanada municipal de Montevideo. “Queridos compañeros –dijo–: es casi un lugar común comenzar las palabras, en una ocasión como esta o similar, haciendo referencia a la emoción que embarga al que habla. En mi caso hoy no hay nada fingido o elaborado, ni siquiera de pensado, en esta expresión que hace referencia a la emoción profunda que me sobrecoge y porqué no voy a confesarlo: me llena los ojos de lágrimas. Este es el reencuentro con mi pueblo. Llego hoy, hoy –subrayó- al Uruguay, porque hace cinco meses y medio lo que pude ver de mi patria, salvo algunos uruguayos que, lejos y en las azoteas, agitaban banderas y no sólo de mi partido, fueron “containers” apilados para impedir que la gente accediera a ver la flota del Estado desplegada para recibir a una familia. Y luego cinco meses y medio de enclaustramiento solitario bajo regla de silencio. Casi me he olvidado de hablar. Voy a tratar de reaprender hoy dirigiéndome a ustedes. No crean que voy a hacer referencia alguna a estos cinco meses y medio que he pasado en una prisión de la dictadura. Que he pasado mal, que nadie crea que en la cárcel se pasa bien. (…) Pero yo sería un osado y un inconsciente si hiciera referencia a la cuota de sufrimiento personal de un hombre que no tiene más remedio en este país en que vive, de comparar ese sufrimiento que es pequeño y deleznable al lado del terrible que han sufrido decenas de miles de compatriotas. Yo faltaría el respeto que me debo y el que debo a ustedes si midiera mis meses de prisión comparándolos con los años que otros grandes uruguayos han debido soportar por los mismos delitos, es decir, por decir en voz alta su verdad y por pensar libremente. Así que éste no es, para mí, tema de hoy. No voy a hablar de estas cosas. Me voy a permitir hacer con ustedes algunas reflexiones sobre los momentos que vive el país, sobre la situación política del país, sobre las circunstancias que atraviesa mi partido y sobre qué puede esperar de mi partido el nuevo Gobierno que se instalará el lº de marzo presidido por el Dr. Julio María Sanguinetti.” ¿Qué derrota? Pasó luego a referirse a la derrota electoral de su partido:¿”Derrotados nosotros? ¿A quién se le puede ocurrir que el Partido Nacional esté derrotado? Nosotros hemos luchado contra la dictadura desde el mismo día en que se instauró, pero hemos luchado por las libertades públicas desde el día mismo en que se fundó la Patria. Para nosotros éste es un episodio más de la pelea, que por la libertad se pelea siempre, porque nunca está definitivamente conquistada. Para nosotros la lucha comienza todos los días de nuevo y por lo tanto, comienza hoy. (…) Quien puede ignorar que nosotros perdimos muchos votos porque le dimos a la opinión pública una sensación errática, de cambio de frente, de zigzagueo en las posiciones, de no saber nunca con precisión en qué andaban los blancos, que cambiaban de caballo en medio de la correntada. (…) ¡Claro que hicimos zigzag!. ¡Si teníamos un candidato a la presidencia de la República proclamado por la casi unanimidad de la Convención del Partido y lo tuvimos que cambiar! Y no se conformaron con decir que no, sino que además lo metieron preso. Y tuvimos la inmensa solidaridad de nuestro partido y la solidaridad de gente que no compartía nuestros ideales y que militaba bajo otras banderas. ¡Pero digamos todo! Esas solidaridades fueron disminuyendo en tono e intensidad a medida que se aproximaba el acto eleccionario. Y comenzaron a señalarse las nuevas contradicciones, y marchas y contramarchas. ¿Cómo es esto de que denuncien la ilegitimidad del acto electoral y después concurran a él? ¡Pero qué querían! ¿Qué arriba de cambiarnos el candidato, de meternos preso, querían que no votáramos?” “Cosa en la que no se equivocó” Después de elogiar a Zumarán, al que definió como uno de los mejores presidentes que el Uruguay pudo haber tenido, continuó: “Yo podría decirles a ustedes (…) cómo el régimen se empecinó en considerar a nuestro partido su principal enemigo, cosa en la que no se equivocó. Y podríamos decirle en qué manera hizo eso, en forma en que incidiera de manera directa en el resultado de las elecciones. Pero no son estos los argumentos fundamentales. Hay que hablar claro y no engañarse. Todo esto no basta para justificar nuestro contraste electoral, que no es tan grande como por ahí se anda diciendo, que por mucho más nos ganó Gestido en cifras absolutas, absolutas y proporcionales. Y por mucho más le ganamos nosotros a Luis Batlle, tanto en cifras absolutas como proporcionales. (…) A mí me hace mucha gracia, y quizás me dé un poquito de rabia, oír el argumento de algunos que, dentro de nuestras filas, andan por ahí diciendo que la culpa de la derrota no está en aquellos que sacaron pocos votos, o ninguno, sino en aquellos que votaron muy bien (se refiere a la candidatura de Dardo Ortiz, de magra cosecha electoral). Esto no es novedoso en las filas de nuestro Partido. Autoridad más grande que la de todos nosotros junto fue la de Saravia, quien dijo en ocasión similar: “Déjenlos que se vayan, que lo que se va es la cáscara. El cerno queda.” E idea similar expresaba Herrera cuando, en momento crucial para la vida del Partido y del país, recogía aquella vieja frase en un discurso que se hizo celebre, y repetía: “las nubes pasan pero el azul queda”. Atribuyó el contraste electoral a que “nos quedamos sin derecha”, porque la franja más conservadora del Partido Nacional había votado el lema colorado un poco asustada por la audacia de las reformas propuestas –cambio en las estructuras agrarias, nacionalización del sistema bancario- y porque “tuvimos una visión del país que no coincidió con la propia visión del país que tenían mayoritariamente los uruguayos. Nosotros vimos la realidad nacional con ojos diferentes, que aquellos con las que la miró el pueblo oriental en su mayoría. La solución más sencilla hubiera sido cambiar para amoldarnos a lo que la gente quería. Pero nosotros no somos de aquellos que cambian de pensamiento con tal de ajustar mejor los resultados electorales. Nosotros somos nosotros”. Pilchas del apero. De ahí pasó a ocuparse del Pacto del Club Naval y, a partir del mismo, de la profundidad de la crisis que entonces vivía el país: “Ninguno de nosotros ignoró, porque por ahí andaban las encuestas, de que las tres cuartas partes de los uruguayos eran partidarios del Pacto del Club Naval. Nosotros fuimos los únicos que nos plantamos frente al entendimiento del Club Naval y dijimos “no”. Y yo no estoy afirmando que sea la razón absoluta, ni atribuyendo móviles desdorosos a aquellos que pensaron que la única salida para la actual situación dictatorial era ésta de la transacción, que entendían honorable y que permitía la realización de las elecciones que efectivamente se realizaron, a pesar de que en el camino quedaran algunas de las pilchas del apero. A pesar de que, bueno, por primera vez en la historia de la República, a un Partido Político le prohíben presentar su candidato. Pero si el precio que había que pagar era ese, yo hasta lo justifico. Justifico –no lo hubiera hecho– que algunos hubieran dicho: “el interés nacional, y hasta la apertura misma, es más importante que cualquier otra cosa. Vamos a hacerlo, que tiempo habrá después para enmendar y restañar las heridas; pero por lo menos vamos a conquistar las libertades que nos han quitado y vamos a restituirle al país un clima en el cual podamos, como hoy, reunirnos a decir lo que pensamos; cosa que hasta hace muy poco nos estaba prohibido.” Pero debajo de esto hay una cosa más profunda y mucho más trascendente. Yo creo que todos los partidos políticos del país olvidaron, al diseñar sus tácticas, su estrategia electoral, la profundidad de la crisis que está agobiando al país. Tengo la seguridad que fuimos los únicos que asignamos a la crisis una profundidad tan tremenda que pone al país al borde de un volcán. (...) Nosotros creímos que el país tenía que hacer un alarde de imaginación y tenía que lanzarse a una aventura, a una hermosa aventura. (…) Creemos que cuando la situación reviste la gravedad que reviste aquella por la que el Uruguay atraviesa hoy, esto no se arregla sin cirugía. No es con cataplasmas. Y nosotros, que fuimos tildados un día de imprudentes aventureros, enfrentamos a un país que quería soluciones de prudencia, un país que, como sucede normalmente después que sale de un sacudimiento, quiere la normalización de la vida con el menor trauma posible. Y la gente comenzó a ilusionarse, (…) creyó que bastaba con restituir las libertades públicas (…) que esto de poder votar y elegir su gobierno y salir a la calle y recuperar la autonomía universitaria, que todas estas recuperaciones de libertades bastaban para que saliéramos del marasmo. Y no es así. No es así.” Defendió a continuación las reformas de fondo que proponía el programa de su partido: la reforma agraria (“Este país no puede aspirar a una sociedad armónica mientras no se dote de multitud de pequeños propietarios de tierra de dimensión óptima, pero que no vean el horizonte lejano sin una sola puerta de rancho, no; que vean vecinos. Y que constituyan una clase y que traten de desarrollar la posibilidad de una vida social digna y no como ahora, condenándose a vivir en tierra ajena, que es la peor de las soluciones, o vivir en pueblo de ratas, que es malo, aunque quizá no sea peor que lo otro”) y la nacionalización de la banca (“Nosotros hemos visto como el sistema bancario nacional ha ido succionando la riqueza del país (...). Que el recurso más escaso con que cuenta el país sea administrado por particulares y hoy por particulares extranjeros -porque de los bancos uruguayos quedan solamente dos-, admitir esto, es negar al país toda posibilidad de desarrollo autónomo) e hizo un diagnóstico del país que aún hoy, cuando desde esos años han gobernado los tres partidos principales del país, golpea como puñetazo en la mandíbula: .”Si nosotros no somos capaces de asegurarle una vida digna decorosa a tres millones de orientales, lo dije una vez y lo repito hoy, somos unos criminales.” La gobernabilidad. Poco a poco, de manera magistral, el caudillo fue ingresando en la zona central de su discurso: “Estas no son cosas que pueda hacer un partido político solo; si algo me reconforta a mí, si algo me emocionó a medida que nos acercábamos a Montevideo, mientras atravesábamos el departamento de San José, era ver a la vera del camino no sólo banderas del Partido Nacional. Había también banderas que no son de nuestra colectividad, pero que junto a las nuestras ondearon desde el golpe hasta hoy, cada vez que hubo que enfrentar a la dictadura. Al lado de las nuestras estuvieron apoyando la maravillosa huelga general con que el pueblo uruguayo recibió al golpe de Estado. Huelga que terminó, sí, en una derrota, ¡pero que es una de las más hermosas derrotas que haya experimentado el movimiento obrero en parte alguna del mundo!” (...) Y siguiendo una cadena lógica implacable, pasó de lo general a lo particular; de la necesidad de mancomunar esfuerzos, a la de respaldar concretamente al gobierno que acababa de ser elegido. “Pero el primero de marzo se constituirá en el Uruguay un nuevo gobierno presidido por el Dr. Julio María Sanguinetti. (El público estalló en silbidos y abucheos) ¡No! ¡No! Muchas discrepancias he señalado yo en mi vida con la posición de este ciudadano, pero nadie puede negar, ¡nadie! que pertenece a un partido político democrático. No es el mío, por algo no milito en él. Pero que pertenece a uno de los dos grandes partidos políticos del país, que a través de sus enfrentamientos tejieron nuestra historia y construyeron nuestra democracia oriental y nuestro sistema de convivencia. Y quiero decir aquí muy claramente, muy claramente: mi partido no le va a crear problemas al gobierno del Dr. Sanguinetti por el solo prurito de creárselos. Hay una frase que normalmente se utiliza y que dice: estaremos dispuestos a votar al nuevo gobierno todas aquellas iniciativas con las cuales estemos de acuerdo. Esto no es decir nada. Naturalmente que todo partido, en principio, vota aquellas cosas con las cuales está de acuerdo. Yo daría un paso más: nosotros estamos dispuestos a votarle en el Parlamento al Gobierno que presidirá el Dr. Sanguinetti, todo aquello en que coincidamos y todo aquello -a condición de que no comprometa principios esenciales- en lo que, aunque no coincidamos, resulte indispensable para proporcionarle al nuevo Gobierno la posibilidad de moverse, de gobernar. Nuestro primer deber, el deber de todos, es asegurar la gobernabilidad del país. Y no se asegura la gobernabilidad del país si el enemigo, del cual creemos habernos librado, está acechando, pronto para aplicar su nuevo zarpazo.” |
El público estalló en un coro ensordecedor: “¡Liberar, liberar, a los presos por luchar”, y el orador continuó, siempre un paso más adelante: “Eso de liberar a los presos por luchar” ya sería hermoso, pero la cosa va mucho más allá. Hay que liberar a los presos por luchar, y a los presos que tenían un primo que luchaba, y a los presos por equivocación, y a los presos...”
La ovación lo forzó a interrumpirse durante un lapso, tras el cual, continuó: “Y yo en esto soy autoridad. (...) Yo pensaba: “si a mi me pasa esto ¿qué podrá ocurrirle a Juan Pérez o Perico Rodríguez, obrero de la construcción, de quien nadie nunca oyó hablar? ¿Y me van a decir a mí que el remedio de justicia no es la amnistía? ¿Qué la amnistía no puede aplicarse sino para aquellos que no hayan cometido delitos de sangre? Pero afirmar esto es decir que no habrá amnistía para nadie, porque si alguien no ha cometido delito de sangre ¿cómo va a estar preso hace catorce años?”
Terminó por todo lo alto, con el público totalmente entregado: “Una vez distribuyendo el programa del 71 en la Curva de Maroñas; en momentos en que comenzamos a hacerlo se desencadenó una terrible tormenta y yo recuerdo haberle dicho a los compañeros que comenzaron a dispersarse que “¡no, no se vayan, no teman! ¡Que venga el viento! ¡Que venga el viento y barra todo lo que tenga que barrer! ¡Y aunque se nos transforme en huracán, no teman, si el huracán sopla animando las viejas banderas del Partido Nacional. (…) Aquí, bajo estas banderas, está la esperanza nacional. (...) Y termino diciendo, simplemente, lo que tiene que ser lo que alumbre y lo que guíe nuestro camino. Y es, simplemente, ¡Viva la Patria!”
La gente regresó a sus hogares con la sensación de que recién en ese momento, con el formidable caudillo nacionalista devuelto a la libertad y a la acción política, la dictadura había tocado a su fin. Y los que aún eran capaces, por debajo de ese torbellino de emociones, de pensar con frialdad, lo hicieron con la certeza de que la democracia que renacía estaba implantada sobre bases firmes.
Fuente: EL OBSERVADOR, de Montevideo.