La vergüenza de Merkel-Por Enrique Valiente Noailles
La vergüenza de Merkel
Por Enrique Valiente Noailles
Para LA NACION
Domingo 23 de marzo de 2008 | Publicado en la Edición impresa
Israel vivió hace pocos días una jornada particular. La canciller alemana concluyó su visita oficial a ese país con un histórico discurso en el Parlamento, donde rindió tributo a las víctimas del nazismo. Merkel nació después de la Segunda Guerra Mundial y no ha tenido participación ninguna en las masacres cometidas por los alemanes. Pero es posible que cada alemán nacido en una generación posterior pueda suscribir la frase que ella pronunció: "La Shoah nos llena a los alemanes de vergüenza". Una vergüenza que, como una nube negra, se extenderá por varias generaciones. Sin embargo, frente a un evento que demolió los límites de lo humano, esta declaración de vergüenza es un pequeño ladrillo en la lenta tarea de reconstruir ese límite. Aunque no sabemos si la vergüenza o el horror son suficientes para evitar que esto ocurra alguna otra vez, bajo otro formato.
Fue la primera ocasión en que un jefe de gobierno extranjero habla en el Parlamento israelí y en que un líder mundial se dirige a los diputados de la Knesset en alemán. Más de 60 años llevó la posibilidad de siquiera escuchar una alocución en el idioma en que se desarrolló la mayor tragedia del pueblo judío. Siempre quedará la pregunta colectiva de cómo pudo gestarse algo tan indeciblemente monstruoso en el mismo ámbito en el que ha germinado lo más sublime. Un idioma que gestó lo mayor de la poesía y el pensamiento, pero en el que se concibió la frase que sintetiza la forma más sofisticada y racional del mal: "la solución final". Nadie podrá comprender nunca esta ambivalencia.
Después de que la humanidad viviera estos extremos de la crueldad y de la destrucción de todos los límites imaginables, quedan dos conclusiones posibles y, nuevamente, ambivalentes: aquella de Adorno, "no más poesía después de Auschwitz", la muerte del lenguaje. O aquella respuesta de Imre Kertesz: luego de Auschwitz "sólo queda la poesía", la salvación por el lenguaje. No es un dato menor que el discurso de Merkel haya sido abierto en hebreo y también cerrado en hebreo. Eso indica una sensibilidad inusual de su parte. Fue como decir, aunque en el medio provocáramos una tragedia por la que nuestro pueblo siente vergüenza y se arrepentirá para siempre, en el antes y el después está el pueblo hebreo. Fue como decir, en el medio irrumpió la muerte, pero antes y después existe la vida.
Fue la primera ocasión en que un jefe de gobierno extranjero habla en el Parlamento israelí y en que un líder mundial se dirige a los diputados de la Knesset en alemán. Más de 60 años llevó la posibilidad de siquiera escuchar una alocución en el idioma en que se desarrolló la mayor tragedia del pueblo judío. Siempre quedará la pregunta colectiva de cómo pudo gestarse algo tan indeciblemente monstruoso en el mismo ámbito en el que ha germinado lo más sublime. Un idioma que gestó lo mayor de la poesía y el pensamiento, pero en el que se concibió la frase que sintetiza la forma más sofisticada y racional del mal: "la solución final". Nadie podrá comprender nunca esta ambivalencia.
Después de que la humanidad viviera estos extremos de la crueldad y de la destrucción de todos los límites imaginables, quedan dos conclusiones posibles y, nuevamente, ambivalentes: aquella de Adorno, "no más poesía después de Auschwitz", la muerte del lenguaje. O aquella respuesta de Imre Kertesz: luego de Auschwitz "sólo queda la poesía", la salvación por el lenguaje. No es un dato menor que el discurso de Merkel haya sido abierto en hebreo y también cerrado en hebreo. Eso indica una sensibilidad inusual de su parte. Fue como decir, aunque en el medio provocáramos una tragedia por la que nuestro pueblo siente vergüenza y se arrepentirá para siempre, en el antes y el después está el pueblo hebreo. Fue como decir, en el medio irrumpió la muerte, pero antes y después existe la vida.
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.