Resignación-(inseguridad y criterios equivocados para enfrentarla)-Por Miguel Arregui
OPINIÓN | |
Resignación | |
Los hurtos permanentes han deteriorado agudamente la calidad de vida en Montevideo. Autoridades proclives a la justificación solo contribuyen a perpetuar la inseguridad | |
POR MIGUEL ARREGUI | |
Un par de adolescentes amenaza a una muchacha en una esquina concurrida y le hurtan su celular. Otro par de muchachos rompe el vidrio de un automóvil detenido en un semáforo céntrico y roban la cartera de la conductora. Una casa es saqueada mientras sus moradores van al cine. Nada fuera de lo común: sucede todo el tiempo en Montevideo. Son delitos de poca monta que no alcanzan estatus suficiente ni para figurar en las páginas policiales de los periódicos. Las víctimas muchas veces ni siquiera lo denuncian, porque juzgan que no tiene remedio. Y sin embargo la situación es grave. Los hurtos permanentes, con o sin violencia, han deteriorado agudamente la calidad de vida en esta ciudad. Las jóvenes, las mujeres y los ancianos saben que irremediablemente serán víctimas de algún abuso, en la calle o en su propia casa. Sólo los varones más o menos jóvenes y fuertes están a salvo de los oportunistas, que por definición son cobardes. Que las personas no realicen denuncias significa que no confían demasiado en policías y jueces. Muestran la corrosión del sistema, que se vacía de contenido. El delito para apropiarse de bienes ajenos es tan antiguo como el mundo. Pero cada ciudad construye su destino. Hasta cierto punto se puede optar entre más y menos delito, como se puede elegir entre más y menos basurales. Las calles de Santiago son más seguras que las de San Pablo, como las de Auckland lo son respecto a Montevideo. Cuando los habitantes de la ciudad de Nueva York se hartaron de hurtos y violencia, respaldaron el concepto de “tolerancia cero” y las cosas cambiaron radicalmente. En buen romance: lo que hagan los pobladores y las autoridades es un factor decisivo para dirigir la situación en un sentido u otro. Los países y ciudades más seguras suelen surgir de una mezcla de convicciones personales con autoridades poco propensas a la excusa del delito. La seguridad y el respeto a las reglas son una cultura, como el hurto sistemático y el vandalismo también lo son. Las autoridades y la población de la capital uruguaya han optado por la aceptación y por la justificación plañidera. Aceptamos el collar cotidiano de hurtos como un fenómeno irrefrenable, por completo ajeno a nuestra voluntad. Hemos abdicado de algunas responsabilidades básicas, como de la posibilidad cierta de hacer de Montevideo una de las ciudades más seguras del mundo. El conformismo es una forma de complicidad. Montevideo puede ser una ciudad más segura que la mayor parte de las de América Latina, pero está muy mal si se compara consigo mismo y sus tradiciones. El actual gobierno, que dispone aún de un crédito enorme, está perdiendo la batalla por la seguridad, como hace mucho tiempo la administración frenteamplista de Montevideo se rindió ante la basura esparcida en las calles. La justificación de estos males con argumentos tales como la pobreza, la herencia del “neoliberalismo”, el consumismo metido en el alma o la “sensación térmica”, solo contribuye a perpetuarlos. Hay muchos niños criados en las calles que ya no podrán salirse de ellas, pues no tienen las herramientas precisas. Pero exigir de ahora en más a los padres un estricto cumplimiento de sus obligaciones sería una buena forma de romper el círculo vicioso y provocar un cambio sustancial en el largo plazo. Si un niño está en la calle hay que buscar a sus padres. A cambio preferimos la superabundancia de diagnóstico y la ausencia de valor para proponer y ejecutar alternativas. Es resignación, mediocridad y cobardía. |
Fuente: EL OBSERVADOR, de Montevideo.