Equidad, inversión y esperanza-POR DANIEL M. FERRERE
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Equidad, inversión y esperanza
POR DANIEL M. FERRERE ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR
La semana pasada dijimos que un sistema de tributación mundial, basada en la renta e igual para todos los países, probablemente sea lo mejor para el mundo en su conjunto. Anticipamos, sin embargo, que lo mejor para el conjunto del mundo puede no ser lo mejor para los países en desarrollo en general, o para el Uruguay en particular.
El impuesto a la renta busca la rentabilidad modificada en base a criterios de equidad. Si no fuera por las consideraciones de equidad, sin embargo, sería un mal impuesto. Es caro de recaudar, y obliga a un grado de intromisión en la vida de las personas y de las empresas muy elevado. Implica un elevado grado de evasión, y pone a la autoridad tributaria en la condición de “enemigo” de personas y empresas. Los impuestos al gasto son, en este sentido, muchísimo mas eficientes. La única y exclusiva razón por la que se acude a la imposición sobre la renta, es porque da mayor facilidad para buscar objetivos de equidad.
Eso no quiere decir que los impuestos indirectos sean incompatibles con la búsqueda de la equidad. Ya la imposición al gasto grava más a quienes gastan más. Los impuestos al gasto con tasas múltiples permiten gravar más el consumo asociado al mayor ingreso, sin perder las ventajas que los hacen más eficientes. Y si se les agregan impuestos asociados al patrimonio, la equidad tributaria es no solo posible, sino fácil de conseguir.
La imposición a la renta tiene una cierta belleza teórica, y eso hace que a muchos les guste más que un sistema basado en una combinación de otros impuestos. Pero el problema teórico es más complejo que eso. Porque el impuesto a la renta tiene un muy grave defecto: es contrario al esfuerzo, al éxito y al espíritu de empresa. Quien más trabaja, y más se esfuerza, paga más. Y paga más cuanto más se esfuerza, y cuanto mejores resultados obtiene. Los impuestos sobre la renta, en definitiva, son un desestímulo al esfuerzo, y por ello se oponen al crecimiento.
Claro que si un país no tiene problemas de crecimiento, inversión ni espíritu de empresa, puede darse el lujo de afectar estos valores en pos de una mejor equidad. Pero ¿qué pasa cuando el principal problema del país es, precisamente, la baja inversión de sus propios ciudadanos, su escaso espíritu de empresa, y su propensión a emigrar? En esas circunstancias ¿resulta razonable adoptar un sistema tributario que tiende a agravar precisamente estos problemas?
Dos circunstancias adicionales agravan el problema. Porque en 1996 el Gr. 7 encargó a la OCDE llevar adelante una lucha contra las “prácticas tributarias dañosas”, definición que incluye a los paraísos fiscales pero, también y expresamente, a los llamados “sistemas de preferencias tributarias”. Que son, ni más ni menos, que aquellos sistemas que exoneran a actividades específicas de impuestos a la renta con el propósito de atraer inversiones. Es razonable, por cierto, que los países desarrollados piensen así. Son ellos los que se pierden las inversiones. Y es precisamente por eso que aplican hoy una cantidad de medidas tributarias muy sofisticadas, dirigidas específicamente a neutralizar el efecto de los regímenes de inversión [1]. La pregunta, sin embargo, es por qué motivo los países que aspiran a atraer inversiones van a colaborar con los que quieren impedirlo, intercambiando con ellos información sobre lo que las empresas hacen en el país que ofrece el incentivo.
Si un país quiere aplicar un impuesto a la renta universal, que grave los ingresos de sus ciudadanos en todo el mundo, no tiene más remedio que entrar en acuerdos de colaboración con las autoridades tributarias de los demás países. Si uno necesita información de lo que hacen sus ciudadanos en el exterior, no tiene más remedio que dar información a cambio. Y esa información es precisamente la que buscan los países desarrollados para gravar a sus inversores. Cuando se intenta gravar la renta mundial, entonces, se afectan muy gravemente los mecanismos de estímulo a las inversiones extranjeras.
Los dos problemas que señalamos arriba pueden, por supuesto, esquivarse. Es posible gravar la inversión doméstica menos que la renta del trabajo. Y si uno no quiere intercambiar información puede gravar solo la renta local, no la renta de fuente extranjera, y negarse a celebrar acuerdos de doble tributación. Eso, de hecho, es lo que hace este gobierno. Pero así la cosa se empeora. Porque ¿dónde queda entonces la equidad, que era la razón para adoptar el sistema? Si se gravan las rentas del trabajo más que las rentas de capital, y no se gravan las rentas de fuente extranjera, se desestimula el espíritu emprendedor y se castiga el éxito, y a la vez ser consigue destruir cualquier pretensión de equidad. Porque se trata mejor al rentista que al que trabaja, y se trata mejor al que invierte en el exterior que al que trabaja en el Uruguay. Al que se castiga es a quien más debería premiarse: al que trabaja.
Nuestra reflexión sobre este tema no es partidaria. Creemos que la adhesión a uno u otro sistema tributario no es una cuestión de dogmas. No es cierto que la equidad se consiga solamente a través de la tributación a la renta, ni que la tributación a la renta sea intrínsecamente mejor que otras alternativas. Creemos, sí, que los países en desarrollo que necesitan atraer inversiones y tienen problemas de espíritu de inversión deberían ser muy cuidadosos antes de castigar a sus hombres y mujeres más productivos, por el pecado de tener éxito. Que es exactamente lo que estamos haciendo, y a lo que nos referiremos en la próxima nota.
[1] En esta materia recomendamos leer el abundante material sobre “Harmful Tax Competition” en la página web de la OECD, www.oecd.org
Fuente: Diario EL OBSERVADOR, de Montevideo.