Catilina-Conspirador o revolucionario social-POR LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS

RECORTES DE HISTORIA

Conspirador o revolucionario social

POR LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS

Uno puede pasar a la historia por motivos muy diversos; Filípides porque cayó muerto después de recorrer diez kilómetros para dar la noticia del triunfo de Milcíades en Maratón, Cleopatra por un defecto de su nariz que la hacía irresistible, el Cid Campeador porque ganó una batalla después de muerto, y Jack el Destripador por matar prostitutas londinenses, son buenos ejemplos de los caprichos de la memoria. Pero hay un sólo caso que es recordado más de dos mil cien años después de su óbito debido al discurso de uno de sus enemigos; el político romano Catilina. Salvo especialistas en temas históricos, la gente sólo lo conoce por la frase inicial de una de las celebérrimas Catilinarias, de Marco Tulio Cicerón: “Quosque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?” ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? Sin embargo, merecía mejor suerte. Los historiadores aún no se han puesto de acuerdo sobre qué clase de persona era, y sobre el papel que jugó en los últimos años de la república romana. Para algunos, fue un demagogo ambicioso, que conspiró contra la estabilidad de las instituciones intentando lo que hoy llamaríamos un “pustch”, y que fracasó en buena hora merced a la brillante oratoria de Cicerón; otros, en cambio, ven en él un reformador social movido por los más altos ideales, un abanderado de los pobres y los desdichados, que cayó víctima de los malos manejos de la vieja oligarquía enquistada en el poder, de la que Cicerón fue nuncio y portavoz. En todo caso, es un personaje interesantísimo, como lo evidencia el sólo hecho de que ni siquiera con la perspectiva de dos milenios, se haya podido aunar criterios sobre su acción política.

 

El “partido popular”. Es tendencia de todos los historiadores, aún de los más ilustres, aplicar categorías de su tiempo a épocas pretéritas, con todo lo que ello implica. Es así que suele hablarse, refiriéndose a la república romana, de un “partido popular” y de un “partido oligárquico”, o conservador. No había partidos políticos en Roma; al menos, no los había tal como nosotros los concebimos. Pero la lucha ancestral entre quienes pretenden conservar privilegios y quienes aspiran a moderarlos o eliminarlos, se dio en aquellos lejanísimos días con mucha fuerza.

Roma se organizó, a partir de tribus primitivas que robaban las mujeres a los pueblos vecinos, como una sociedad austera y equilibrada, que hacía del trabajo duro y la frugalidad virtudes esenciales. Fue inicialmente poco más que una ciudad-Estado, al estilo griego, con una economía esencialmente agrícola y un cuerpo de leyes asombrosamente moderno que regía la vida cotidiana y establecía los derechos de los ciudadanos. Fue gobernada en un principio por monarcas, como era tradicional en las sociedades antiguas; pero después de Tarquino el Soberbio, que reinó entre el 534 y el 510 antes de Cristo, se instauró un régimen republicano –o sea, basado en la división de poderes- que tenía en un cuerpo colectivo, el Senado, su órgano más importante. No era una república democrática; cónsules, pretores y demás autoridades eran votados por los ciudadanos, esto es, por un pequeño grupo que había logrado derechos políticos. La gran mayoría de la población carecía de esos derechos. Mientras Roma fue una pequeña comunidad del Lazio, el sistema funcionó a satisfacción. Pero a partir de su potente expansión, que la llevó a dominar primero la totalidad de Italia y más tarde a construir un imperio que llegaría a extenderse hasta los confines del mundo conocido, comenzaron los problemas, y con ellos, la violencia. La economía agrícola se transformó en comercial, con grandes empresas navieras y establecimientos bancarios; las costumbres se refinaron, en especial por influencia de Grecia y de Egipto, y la molicie suplantó poco a poco a la vieja austeridad. El trabajo quedó en manos de los esclavos, y las diferencias sociales fueron ahondándose hasta hacerse insoportables. Patricios y plebeyos, superadas sus viejas luchas, constituyeron una oligarquía de gente acomodada y en muchos casos muy rica, que controlaba la vida política y tenía en sus manos las riendas de la actividad económica.

Fueron generándose así dos grandes sectores; uno, expresión de esas mismas clases dominantes, que pretendía evitar todo tipo de transformación social profunda, y que apelaba a las antiguas virtudes al mismo tiempo que las desconocía en la práctica. Y el otro, portavoz de las clases populares, que eran cada vez más numerosas –Roma llegó a tener un millón de habitantes– y que propugnaban una serie de cambios revolucionarios; una redistribución de la tierra (lo que llamaríamos “reforma agraria”), extensión de la ciudadanía y de sus derechos inherentes, mejora de salarios y pago puntual al Ejército y a los miembros de la administración pública, etc. Estas tendencias, que se enfrentaron durante un siglo hasta la instauración de la monarquía imperial (con Octavio Augusto, hacia el año 23 A.C.), son las que los amantes de los anacronismos denominan “partido oligárquico” y “partido popular”.

La historia de estos enfrentamientos sociales y políticos es la de la constante derrota de los “populares”; Tiberio Graco, que fue tribuno de la plebe a partir del año 134 A.C., intentó redistribuir las tierras y atacar los privilegios de la plutocracia, pero fue muerto a golpes. Diez años más tarde su hermano menor, Cayo Graco, intentó la aplicación de un programa de reformas aún más ambicioso, pero nuevamente los oligarcas, u “optimates”, como se les llamaba, fueron más fuertes, y Cayo se vio impelido a suicidarse. En el 91 A.C. Marco Livio Druso volvió a intentar legalmente redistribuir las tierras y extender la ciudadanía a los miembros de las nuevas clases, pero fue asesinado, y ello provocó la llamada “guerra social”, en la que Roma debió enfrentarse a otras ciudades latinas. El proyecto reformista logró el respaldo del brillante general Cayo Mario, uno de los constructores del imperio en sus grandes campañas militares; pero fue derrotado en una larga guerra civil por el también militar Lucio Sila (83 A.C.) y debió exiliarse, mientras Sila establecía lo que hoy llamaríamos una dictadura fascista, basada en el terror. Llegó entonces el turno de Catilina, tal vez el más radical y el más vilipendiado de los líderes del “partido popular”.

 

Un aristócrata reformista. Lucio Sergio Catilina nació en el año 108 A.C. como miembro de la gens Sergia, de origen patricio, pero que estaba por entonces en plena decadencia. De hecho, fue Catilina el último exponente de la misma. Tuvo una juventud disipada y frívola, al decir de los historiadores romanos (en particular, de Cayo Salustio -86-34 A.C., que le es extremadamente hostil), y no reveló entonces inquietudes sociales; como político y militar, apoyó a Sila contra Mario, y era apreciado como un conspicuo miembro de los “optimates”. Plutarco sostiene que se benefició personalmente de las proscripciones establecidas por Sila, y que fue responsable de diversos asesinatos, entre los cuales menciona el de uno de sus hermanos, el de su cuñado y el de un sobrino de Mario. Desempeñó luego cargos públicos dentro de las instituciones republicanas (cuestor, pretor en África) y recibió acusaciones de conducta disoluta (al parecer, mantuvo relaciones con la virgen vestal Fabia, por lo cual fue sometido a juicio y absuelto) y de abuso de poder. Sus relaciones con Marco Tulio Cicerón, un hombre de origen humilde que se había ido transformando en el principal exponente del conservadurismo, eran por entonces excelentes.

Al regresar del norte de África, en el 66 A.C., cambió radicalmente de postura y comenzó a identificarse con las ya clásicas reivindicaciones del Partido Popular: redistribución de las tierras, extensión de la ciudadanía y aumento de salarios. Agregó a estas aspiraciones otra de carácter radical: la anulación de todas las deudas. Presentó entonces su candidatura al consulado, que era la magistratura máxima de la República, pero quedó excluido por razones de forma.

Por entonces se denunció una conspiración para derrocar las instituciones republicanas e instalar una monarquía, y se mencionó a Catilina entre los conspiradores; pero todo no parece haber pasado de un rumor, aunque suele mencionarse este hecho como el de la “primera conjura”. En el 63 volvió a presentar su candidatura al consulado, pero fue derrotado por Cicerón y Cayo Antonio Hybrida. No tuvo más suerte en el tercer intento, del año 62, cuando fue vencido nuevamente: los cónsules fueron Décimo Julio Silano y Lucio Licinio Murena. Considerando que esas derrotas sucesivas eran producto de un fraude de los “optimates”, Catilina comenzó a preparar un asalto violento al poder.

 

La “Conjura”. Poco quedaba entonces del patricio conservador de años anteriores: Catilina se había convertido en un líder popular y un agitador, y su persona estaba siempre rodeada de grupos de jóvenes partidarios de reformas radicales, que lo adoraban. No cabe duda de que los “optimates”, con Cicerón a la cabeza, lo apreciaban como un peligro para las instituciones (y también, por supuesto, para sus privilegios).

Tuvo inicialmente el apoyo de dos de los políticos más destacados de esa época, el riquísimo Marco Licinio Craso y Cayo Julio César, ambos cercanos a los “populares”; pero incluso éstos comenzaron a temer su radicalidad, que se atrevía a cuestionar una de las instituciones más sagradas para los romanos: la esclavitud. Pese a ello, Catilina logró importantes apoyos para su proyecto conspirativo: Publio Cornelio Léntulo, Publio Autronio Peto, Cayo Manlio, Cayo Vornelio y Lucio Vargunteyo fueron los más destacados.

Al hablar de la conjura de Catilina, uno se encuentra con que las únicas fuentes provienen de sus detractores, por lo que deben ser tomadas con precaución. Según esas versiones, el plan era amplio y ambicioso: contaba con la sublevación de tropas en Etruria, comandadas por Manlio, con una rebelión de esclavos en Capua y con un asalto al poder en Roma, que debía incluir el asesinato de Cicerón (que, según éste, debía producirse con fecha fija: el 7 de noviembre del año 63 A.C.).

Cicerón, que por entonces era cónsul, se enteró de estos proyectos a través de un senador llamado Quinto Curio, quien, a su vez, había sido informado por su amante, Fulvia, que traicionó a Catilina y los suyos. Fue entonces que el espléndido orador pronunció, en el Senado, su célebre “catilinaria”, comenzada con la frase irónica que se ha hecho célebre: “¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?” A esas alturas, Cicerón poseía pruebas irrefutables; un contingente de soldados galos estaba en Roma con el objetivo de presentar unos reclamos, y fueron contactados por los conspiradores: Cicerón, enterado, les prometió el oro y el moro si fingían sumarse al proyecto y obtenían información precisa; éstos así lo hicieron, hasta que sobre el puente Milvio, camino a las Galias, recibieron varias cartas de sus supuestos cómplices. En vez de seguir viaje, regresaron a Roma y se las entregaron a Cicerón. El 5 de diciembre del año 63, en plena sesión del Senado, se presentaron estas cartas y Cicerón pidió pena de muerte para todos los responsables. Catilina logró escapar, y se sumó al ejército de Manlio; Léntulo, Cayo Cetego, Lucio Estatilio, Publio Gabinio Capitón y Julio Cepario Umbreno, que ya estaban detenidos en las casas de algunos senadores (en Roma no había cuerpo de policía ni cárceles estatales) fueron ejecutados luego de un juicio sumario realizado ante el propio cuerpo senaturial. Cayo Julio César defendió con brillo a los conjurados, pidiendo para ellos el destierro y recordando que la pena de muerte no podía aplicarse a gente de esa jerarquía, pero Marco Porcio Catón sostuvo la necesidad de acabar con sus vidas y obtuvo mayoría. Por esa causa, pocos años más tarde, Cicerón sufriría pena de destierro.

El protagonista

Catilina se había convertido en un líder popular y un agitador, y su persona estaba siempre rodeada de grupos de jóvenes partidarios de reformas radicales, que lo adoraban. No cabe duda de que los “optimates”, con Cicerón a la cabeza, lo apreciaban como un peligro para las instituciones (y también, por supuesto, para sus privilegios).

Abanderado del dolor ajeno

“Lleváis en vuestras manos vuestra libertad y vuestra patria”

 

Catilina tomó el mando del ejército rebelde que comandaba hasta ese momento Manlio y trató de huir en dirección a la Galia, donde suponía que podía hallar adeptos; pero le fue imposible, y debió aprestarse, cerca de la actual Pistoia, a combatir contra un ejército enviado por Roma mucho más poderoso, bajo el mando de Cayo Antonio Hybrida y Marco Petreyo. El discurso que Catilina pronunció ante sus hombres es de gran altura y dignidad, y recibe elogios incluso de Salustio: “Estamos entre dos ejércitos enemigos: uno nos cierra el paso para Roma, otro para la Galia. Mantenernos más tiempo en este sitio, aunque queramos, es imposible por falta de víveres. Vayamos adonde quiera, es preciso abrirnos camino con la espada. Por esto os ruego y amonesto que os esforcéis y dispongáis para la batalla, y puestos en ella os acordéis que lleváis en vuestras manos las riquezas, la honra, la gloria y, además de esto, vuestra libertad y vuestra patria. Si venciéremos, en cualquier parte estaremos seguros, tendremos copia de bastimentos, nos abrirán las puertas los municipios y colonias; pero si cedemos, todo se volverá contra nosotros, y ni lugar ni amigo alguno defenderá a quienes no hayan antes defendido sus armas. Además de esto, ¡oh soldados!, es muy otra nuestra precisión que la de los enemigos. Nosotros peleamos por la patria, por la libertad y por la vida; a ellos nada les importa sacrificarse por el poder de algunos pocos. Por eso debéis acometerlos con más brío, trayendo a la memoria vuestro antiguo valor.”

Los tres mil hombres del ejército rebelde murieron, según todos los testimonios, con todas las heridas en la parte frontal del cuerpo; o sea, que ninguno huyó. Manlio fue de los primeros en morir, y Catilina de los últimos. Su cabeza fue cortada y llevada a Roma, como prueba de su fin.

A tenor de los textos de Salustio, Plutarco y otros, Catilina era un demagogo, un agitador profesional que intentó tomar el poder por la fuerza al fracasar por la vía legal. Sin embargo, su muerte heroica, que aún sus máximos detractores reconocen, permiten avizorar una personalidad más auténtica. En definitiva, fue un político que tomó partido por los más desdichados, por aquellos que habían sido privados de sus tierras y que gemían en manos de los usureros. Y en ese empeño, dio lo máximo que un hombre puede dar, que es la vida. Su pasaje por la historia espera aún el veredicto de la justicia; porque hay numerosos indicios de que la “paciencia” de la que, según Cicerón, abusaba este personaje enigmático y contradictorio, era la de los que, tantoi ayer como hoy, medran a costa del dolor ajeno.

Fuente: EL OBSERVADOR, de Montevideo

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