Argentina:Hijos del divorcio-Por Enrique Pinti
Cambalache
Hijos del divorcio
Por Enrique Pinti
Domingo 1 de junio de 2008 | Publicado en la Edición impresa
Si no puedes vencerlos, únete a ellos", dice un axioma más o menos común en las relaciones político-comerciales de algunos países. Claro que también hemos visto, vemos y seguramente seguiremos viendo en estos tiempos turbulentos otras formas más burdas de estrategia. Por ejemplo: "Si no puedes vencerlos, busca en la historia de tus rivales puntos negros y sácalos a la luz para desprestigiarlos y hacer que el resto de la sociedad les baje el pulgar", "si no puedes vencerlos, hazles juicio, que algo ganarás" o "si te atacan, contraataca", "si te gritan, grita más fuerte aún" o, mejor todavía, "si no puedes vencerlos, mándalos matar". Las luchas despiadadas por el poder llevan a débiles y a poderosos (calificación intercambiable cada vez con más velocidad en estas épocas) a enfrentamientos que, en la medida que aumentan en agresividad, acentúan proporcionalmente su esterilidad y su absurdo sentido de amargas victorias y dulces derrotas. Pero, más allá de las razones, los orígenes y los dimes y diretes de cada conflicto, están los que, atrapados en medio del fragor de la lucha, pagan consecuencias que no buscaron. Las batallas legales entre ex cónyuges, por ejemplo, ponen a los hijos en situaciones horrorosas de tensión y angustia, con corazones divididos, casas separadas y padres y madres postizos más cerca de la madrastra de Cenicienta y de Robert De Niro haciendo de padrastro que de Mary Poppins y el Chapulín Colorado. Esos hijos soportan como pueden y superan, o no, como pueden también, estas peripecias que marcan su vida para siempre. No matan, pero lastiman… y mucho. Las guerras son el crimen más horroroso que los hombres pueden cometer contra sí mismos, y no pagan las peores consecuencias los mandatarios, gobernantes, reyes, generales y diplomáticos que las declaran, sino los pueblos bombardeados, los niños mirando con ojos desorbitados el horror cotidiano, ese que deja profundas heridas psicológicas que marcan a fuego a generaciones enteras. Una de las mejores cosas que tiene la democracia es la posibilidad del debate de ideas, métodos e instrumentaciones para la organización de la sociedad. Una de las peores es hacer del "estado deliberativo de perpetua tensión confrontativa" una forma de vida exasperada y exasperante donde todos los conflictos se llevan a la eterna polémica de los opuestos más que a los pactos del acuerdo de partes en busca del bien común y, sobre todo, de la mínima armonía que implica poder cumplir con obligaciones y deberes, exigiendo derechos y respetando y pidiendo respeto. Como esos "hijos del divorcio" llevados como marionetas por viejos resentimientos del "odio que fue amor", los ciudadanos de la Argentina y del mundo nos vemos en medio de canchas embarradas, y desgraciadamente algunos –como el que esto escribe– sin clara noción de donde están. No digo la verdad; eso es muy subjetivo y cada cual es libre de tener su opinión, formada por verdaderos valores o por asquerosos prejuicios, pero sí, al menos el sentido, la cordura, la sensatez para discutir los problemas sin la fanfarronería autoritaria del mandamás y sin la rastrera argucia de los que eligen un conflicto real para sobredimensionarlo poniendo bajo el paraguas de turbias apetencias de recuperar algún grado de poder perdido o disminuido. Como hijos del divorcio también tenemos derecho a pedir un poco de respeto por nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra comida y nuestra dignidad. ¿No sería hora de bajar decibeles, de no declamar tanto y revalorizar tantas cosas positivas que en medio de los desastres todavía conservamos y luchar –todos los sectores– desterrando la violencia y la mala fe?
El autor es actor y escritor
Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.