Democracia y cuentas claras
9/11/2008 LA RUEDA
Democracia y cuentas claras
JUAN-JOSÉ López Burniol
La esencia de la democracia no se encuentra en el diálogo con el adversario, sostenido con la finalidad de llegar a un acuerdo-síntesis de las posiciones de partida. A veces se logra el pacto y otras, no. Su esencia se halla en la palabra libre, utilizada sin cortapisas con una triple finalidad: 1. El control parlamentario del poder ejecutivo, así como el cambio de sus titulares mediante elecciones precedidas por campañas en las que la palabra resulta determinante para ejercer la crítica y exponer los proyectos. 2. La libertad de prensa, que proporciona la información precisa para que pueda usarse la palabra con conocimiento de causa, otorgándole, además, una difusión sin la que no sería posible conformar un estado de opinión. 3. La implantación del orden jurídico, en el que la palabra es el instrumento imprescindible para la realización de la justicia.
De ahí que, en los más remotos orígenes del sistema democrático, una de las primeras funciones de los incipientes parlamentos fuese el control de las cuentas públicas, aprobando o denegando la recaudación y asignación de recursos, según las empresas a las que se quisieran destinar y según las disponibilidades del momento. Tan es así, que, siglos después, puede afirmarse que no hay democracia si no existe un completo control de las cuentas públicas por parte del Parlamento. Y este control exige, entre otras cosas, el conocimiento completo del destino de los caudales públicos y la posibilidad de evaluar hasta el extremo su cabal aplicación a las finalidades previstas, con detallada relación de sus destinatarios y completa justificación de su empleo.
Por ello tranquiliza la noticia de que el Ministerio de Economía y Hacienda dará publicidad, cada cuatro meses, a las entidades financieras que acudan al Fondo de Adquisición de Activos Financieros, creado para dar liquidez a bancos y cajas. Lo contrario --la total opacidad pretendida por algunos, banqueros y no banqueros-- es, como casi todo en esta vida, opinable, pero --para mí-- incomprensible, salvo que se quiera lograr que los banqueros puedan hacer sus cabriolas con red. ¡Solo nos faltaría esto!
Fuente: EL PERIÓDICO, de Catalunya, España.

