Liberalismo militante

Economía y Mercado-El trabajador ante la crisis-Por JORGE CAUMONT

Economía y Mercado

 

El trabajador ante la crisis

 

JORGE CAUMONT

En estos días mucha gente desea saber si las medidas que el gobierno ha dispuesto serán eficaces para enfrentar los efectos que sobre la situación interna puede tener la crisis externa. La que, por su severidad, numerosos intelectuales de izquierda piensan que marca el fin del capitalismo. Por lo expresado por conspicuos representantes de la actual administración, la respuesta parece fácil ya que quienes han tomado esas medidas aseguran que la economía crecerá 3% en 2009. El Presidente lo ha dicho en su discurso del 7 de marzo y lo ha ratificado el Ministro de Economía en su presentación en ADM. En la medida en que la economía crecerá a ese ritmo según quienes han diseñado las medidas, es claro que para ellos, serán efectivas. Entonces, trabajadores y empresarios y en general el resto de la población, no deberían preocuparse ya que, por lo expresado por las autoridades, las medidas tomadas a partir de un leve sacrificio fiscal, serán suficientes para mantener al país en la ruta del crecimiento, reitero, 3% en 2009 según sus declaraciones.

Pero por otros entornos, ajenos a la administración, asoma un hondo pesimismo que enfrenta a la versión oficial y que preocupa a la población: para ellos la recesión es inevitable -algunos piensan que además, será profunda-, por lo que descalifican la eficacia de las medidas.

A mi juicio es probable que la economía caiga este año a un ritmo tal que en el último trimestre de 2009 la producción de bienes y de servicios -medida por el Producto Interno Bruto-, se ubique 6% por debajo de la del último trimestre del año pasado. No estoy diciendo que el PIB caiga 6% este año de acuerdo a la terminología más aceptada, sino que en octubre-diciembre de 2009 será 6% menor al de octubre-diciembre de 2008. Más aún, es altamente probable que al finalizar el año, la tasa de desempleo se ubique en dos dígitos, en un entorno -tal vez por encima- del 11%.

Ya muchos uruguayos sienten lejos el nivel de actividad de las previsiones del gobierno, al menos hasta hoy, lunes 23 de marzo, víspera de la publicación oficial del comportamiento de la economía uruguaya en el último trimestre de 2008. O porque sus empresas han visto declinar en volumen físico sus ventas -internas o externas-, o porque las deben hacer a un precio muy por debajo del anterior o, quizás también, por ambas cosas. O porque el desempleo les ha alcanzado -ha aumentado a 8,6% cifra aún baja para la histórica en Uruguay-, o porque se ven cercano a él (en el seguro de paro hay un número de personas que de no volver al trabajo representan algo más de 1,5 puntos de desempleo adicional). O porque lo presagia el Indicador Líder de Ceres que ha caído en diciembre, por tercer mes consecutivo.

EL COSTO DE LA CRISIS. Desde algunos ámbitos, sindicales y políticos se manifiesta resistencia a que el trabajador pague los costos de la crisis. Algo que, por otra parte, todos estamos de acuerdo normativamente pero que, lamentablemente sabemos que no es así y que no serán quienes trabajan los únicos afectados, los que exclusivamente soportarán el costo de la situación. Incluso el propio presidente Vázquez, en la misma ocasión en la que dijo que creceríamos este año al 3%, manifestó en otra parte de su discurso -no sabemos si porque cree que la crisis llegará o porque anunciaba un principio de su gestión que, por las circunstancias no se dieron para que lo aplicara-, que los trabajadores no van a ser quienes paguen el costo de la recesión.

Es entonces del caso conocer por qué los trabajadores no serán los únicos perjudicados por lo que incipientemente estamos ya sintiendo. Bajo las actuales circunstancias políticas, económicas e institucionales, hay otros que experimentarán el perjuicio así como algunos que no se verán afectados tan profundamente.

Una recesión se caracteriza por una baja en la producción de la economía y en una caída del ingreso interno, que es el valor agregado doméstico compuesto tanto por los salarios como por otras retribuciones a quienes contribuyen en la producción que se reduce. La contracción de la producción es el corolario de una disminución en la demanda por bienes y servicios que primero presiona a la baja de sus precios y que genera la respuesta contractiva de quienes los producen. La reacción de los productores que antes elaboraban una determinada cantidad de bienes y de servicios y los vendían en el mercado a un cierto precio, pasan a vender menos y a un precio menor por lo que su ganancia pasa a ser más baja o a desaparecer. Ello les impulsa a producir menos y a emplear menos recursos de los que antes usaban, entre ellos parte de sus máquinas y de otras activos de su capital fijo y de los trabajadores que ocupaban. Es una reacción natural pues nadie produce para no vender o para perder. En una situación como la señalada quien soporta el costo de la crisis no es, entonces, únicamente el conjunto de los trabajadores de las empresas y ni siquiera los trabajadores que debieron dejar de trabajar en las empresas proveedoras de sus insumos. Es también el empresario y los dueños de la firma cuya actividad declina por la recesión.

Se podría decir que sufre además, la recaudación impositiva que no encuentra su contrapartida en una baja de los sueldos de los funcionarios públicos o en su envío al seguro de paro y al desempleo. Es claro que entre los trabajadores los que menos sufren son los del sector público que por razones institucionales no son alcanzados por los despidos. Ni adicionalmente, los pasivos, que tampoco dejarán de percibir sus haberes jubilatorios. La crisis puede manifestarse exclusivamente en ellos si simultáneamente los precios suben y sus haberes no mantienen su poder de compra, algo que seguramente les alcanzaría en una etapa ulterior de la recesión.

En circunstancias como la actual y la proyectada, se debe desear que se mantenga el poder de compra de los trabajadores y el empleo y se deben realizar los mayores esfuerzos para que esto no ocurra, recuerdo aquí la ausencia de previsión fiscal de los últimos dos años para enfrentar situaciones como la que se avecina. Pero debe tenerse presente como algo lógico que ambas cosas son insostenibles simultáneamente. Las empresas se verían castigadas de tal manera que en breve lapso muchas de ellas desaparecerían y la situación empeoraría. Lamentablemente hay un dilema que no se puede obviar. Para mantener el poder de compra la contrapartida será un menor empleo. Algunos perderían, soportarían el costo de la crisis y otros podrían diferir su sufrimiento, los que mantengan sus puestos de trabajo.

Se ha escuchado en varias ocasiones que disminuir la jornada laboral manteniendo la retribución aseguraría el empleo, pero esta propuesta no resiste el mínimo análisis. ¿Qué empresario mantendría toda su plantilla trabajando menos horas y pagando lo mismo para producir menos si puede mantener todo el horario de trabajo con igual resultado? En ambos casos la empresa perdería y, aunque muchos no lo deseen, estamos en una economía en la que las empresas buscan tener buenos resultados económicos lo cual está ligado indisolublemente a los ingresos por sus ventas. Si éstas caen y si como ocurrirá en breve o ya ocurre, sus precios caen, los resultados impulsan a disminuir los recursos empleados y su retribución, incluyendo al que normativamente no deseamos que se reduzca: el trabajo y su retribución.

Fuente: EL PAÍS, de Montevideo.

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