Liberalismo militante

Argentina-La política y su encrucijada-Editorial-LA NACIÓN, de Buenos Aires.

Editorial

La política y su encrucijada

Al cabo de siete años, tras la crisis de fines de 2001, la política no ha ganado en institucionalidad ni en organización

Martes 31 de marzo de 2009 |

 

El adelantamiento de las elecciones es uno de los síntomas de las enormes dificultades de la dirigencia argentina para respetar las reglas. Con la modificación del Código Electoral para acomodar el calendario a las necesidades del oficialismo, vuelve a aparecer esa vieja patología de la cultura cívica argentina: la confusión del Estado con el Gobierno y de éste con el partido que ejerce el poder.

El procedimiento para conseguir el número necesario para la aprobación de la reforma hizo juego con esa desviación: la argumentación volvió a ser sustituida por la manipulación de la necesidad de aquel, cuya voluntad debe doblegarse. Las sospechas que ha despertado el voto de los dos senadores que representaban al partido gobernante en Tierra del Fuego podrían ser un ejemplo.

La explotación de las debilidades materiales o morales de aquellos cuya adhesión pretende conquistarse se ha convertido ya en un clásico del oficialismo.

Se lo utiliza para conseguir el voto del electorado, el sometimiento de gobernadores e intendentes, la calma sindical o el alineamiento de parte del empresariado, y se ha vuelto habitual.

La consagración de la extorsión como código de los intercambios políticos es causa y a la vez efecto de uno de los rasgos más ostensibles de esa crisis que el país tarda tanto en superar: el vacío conceptual en el que se desenvuelve la política. La discusión de ideas es sustituida cada vez con mayor frecuencia por la descalificación y el "escrache". Ese vaciamiento programático se vuelve más llamativo cuando se lo contrasta con la extensión de males inquietantes que van desde la violencia urbana y el narcotráfico hasta la pauperización y la aparición de epidemias.

La carencia de ideas priva al proceso político de una dirección racional y lo deja librado al choque ciego de pasiones y deseos. El diálogo y la mediación son sustituidos, en el mejor de los casos, por el marketing político, y lo más habitual es que se imponga la ley del más fuerte. En un régimen de ese tipo, los cambios no sobrevienen porque se los decida, sino que son el resultado de estallidos espasmódicos. La sociedad comienza a acostumbrarse a temer y a esperar el próximo colapso en ciclos que se vuelven cada vez más cortos.

En una escena pública modelada de esa manera, no debe sorprender que predominen los proyectos individuales por sobre cualquier construcción colectiva. Es otra de las debilidades que deja al descubierto la campaña electoral que se ha precipitado. La atrofia de los partidos políticos pasa a estar justificada: cualquier procedimiento democrático para la selección de candidaturas o la formación de alianzas parece extemporáneo por la urgencia del calendario. Se refuerza de ese modo la voluntad del que manda en cada grupo. Es el reino del "dedazo".

Al cabo de más de siete años de derrumbe producido por la peor crisis de la historia argentina, la política no ganó en institucionalidad ni en organización. La campaña actual la deja al descubierto como una actividad en la que prevalecen los proyectos biográficos por sobre los planes y las propuestas dirigidas al bien común. Los jugadores cambian de frente sin dar explicaciones, los dirigentes justifican sus acuerdos en que su "límite" es Fulano, pero no Mengano, se puede ser oficialista en una provincia y opositor en la de al lado.

Para una cultura en la que, desde lo laboral hasta lo matrimonial, cualquier contrato es efímero, el pacto electoral y político también ha quedado sometido al imperativo de la conveniencia. En una célebre carta al presidente Adams, Benjamín Franklin sintetizaba que la política consta de tres ingredientes básicos: ideas, organización y ganas de ganar. Es penoso constatar que en la Argentina haya quedado en vigor sólo la última dimensión, el triunfo, sin importar cómo.

Sería un error, sin embargo, suponer que la tormenta de 2001 dejó nada más que devastación. Inspiró también iniciativas saludables para enriquecer la vida pública. Algunos de esos impulsos han conseguido consolidarse con el tiempo. La mayoría de los que se comprometieron en la búsqueda de soluciones a la crisis encontraron un terreno más fecundo en organizaciones de la sociedad civil que en los partidos políticos.

Líderes religiosos y empresariales se involucraron en estos años en la esfera pública, aún sin asumir el rol del político clásico. Instituciones, como la Red de Acción Política (RAP) para la formación de dirigentes, el Centro de Implementación de Políticas Públicas (Cippec) o Poder Ciudadano, entre otras abocadas a mejorar la calidad institucional o a la construcción de ciudadanía, ofrecen un espacio para el desarrollo de una vocación cívica que las instituciones tradicionales tienen enormes dificultades para proveer. Son esfuerzos todavía insuficientes, pero han perdurado bastante como para encontrar en ellos algunas claves de la reconstrucción de nuestra vida pública.

Esa regeneración es urgente. El predominio de los impulsos, la falta de organización, el vaciamiento conceptual van degradando la calidad de las prestaciones de la política. Si ese proceso se agudiza, serán cada vez más los ciudadanos que sentirán que el orden público les da la espalda. El paso siguiente a esa percepción, cada vez más frecuente entre los más desamparados y los jóvenes, será la indiferencia y el desapego.

Es posible que quien experimenta que el sistema no lo contiene tienda a ponerse fuera del sistema. Es un problema que debe conmover a toda la sociedad. Pero que interpela en especial a su dirigencia: de ese desdén colectivo provendrá, más tarde o más temprano, su pérdida de estabilidad como grupo. Por eso es de desear que lo que no consigue la virtud lo alcance por lo menos un rudimentario instinto de supervivencia.

Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.

Comentarios

No hay ningún comentario

Añadir un Comentario: