Liberalismo militante

Algo sobre la violencia-Editorial-EL PAÍS, de Montevideo.

Editorial

Algo sobre la violencia

 

Cuando de violencia se trata, uno no sabe por dónde empezar a considerarla. Pero hay que hacerlo, porque, últimamente, en nuestro país, el fenómeno está adquiriendo en diversos ámbitos una inusitada y creciente intensidad.

Quizá la nave insignia de esta situación esté representada por la violencia doméstica, que transcurre en el interior de los hogares y en su entorno.

Asociada a la discriminación de género, al clásico machismo, la víctima propiciatoria resulta ser la mujer -por razones obvias- aunque ello no implica hacer un juicio de valor sobre el diferendo que provoca su estallido. También la violencia sexual contra menores transcurre, en general, en el seno de un hogar dando lugar a episodios aberrantes que generan, en casi todos nosotros, la convicción de que las penas existentes son insuficientes para castigar delitos de tal especie. Incluso el más popular de los deportes, el fútbol, el que debería originar grandes convocatorias de familias enteras, es, sin embargo, un espectáculo al que es riesgoso asistir. Nada se puede prever sobre qué ocurrirá durante el desarrollo de un partido o, luego, al abandonar el público el escenario deportivo. La fiesta puede transformarse en una tragedia.

Lamentablemente, la violencia puede imperar, también, en el interior de los liceos, en sus puertas de acceso o en sus inmediaciones, no en todos ellos ni en todos sus turnos ni en forma endémica, por suerte, pero en escala suficiente como para arrojar dudas sobre nuestro sistema educativo -injustas o no-, afectar su prestigio y hacer cundir el desánimo.

Claro está -podría alegar cualquier persona mayor- que un adolescente liceal no encuentra un adecuado modelo a seguir, precisamente, en el Parlamento de la nación, donde, muy esporádicamente, se protagonizan episodios indignos de su jerarquía, plenos de palabras gruesas y de actitudes propias de un matonismo callejero. Así como en un mantel pulcro resalta una mancha accidental, también en un Parlamento de correcta y elevada trayectoria moral y cívica se destacan más los infelices momentos en que no se actúa de acuerdo con esos antecedentes.

Es de preguntarse, entonces, ¿dónde ha fallado nuestro país, en qué parte de la organización que libremente se ha dado, para que se produzcan estas desviaciones en su conducta individual y social? ¿Falla su sistema educativo?

Para nuestro consuelo(?), los males que nos afectan no son exclusivos de nosotros sino que están presentes en todo el planeta, en nuestros vecinos y en comunidades más alejadas, tanto en países subdesarrollados como en el seno de las principales potencias mundiales y en las culturas del más diverso origen histórico, religioso e ideológico. Nada ni nadie escapa a la influencia de esta degradación que, cual si fuera una especie de cambio climático mundial, hace presa en todas las sociedades.

¿Es que está la educación mal orientada en toda las latitudes del globo?

Recordemos que la violencia no es privativa de nuestro tiempo: existió siempre, acompañó a la humanidad a lo largo de toda su evolución y quizá forma parte de su naturaleza intrínseca, lo cual no significa darle carta blanca a la minoría que incurre en ella. Entre los mensajes pacifistas de los grandes predicadores morales y religiosos, por un lado, y, por el otro, la afirmación que hace Hobbes de que "el hombre es un lobo para el hombre", ¿con cuál de estos dos extremos se identifica la realidad histórica? El terreno para especular es vasto. Lo cierto es que vivimos en el s. XXI y que debemos considerar qué factores adicionales -nuevos pero evitables o manejables- ofician como caldo de cultivo de la violencia en que estamos inmersos. Es por ello que sentamos en el banquillo de los acusados no sólo a las drogas de todo tipo -que siempre existieron pero no en la escala globalizada de su condición actual- sino también a los impactos cotidianos de una televisión que irradia muerte y destrucción, explosiones por doquier, poco respeto a la vida humana, irascibilidad y otras negatividades que generan o fortalecen el culto a la violencia. El ser humano reducido a una simple imagen fácilmente abatible se ha convertido en el alimento educativo diario de niños y de jóvenes, anonadados, por añadidura, por una música estruendosa que avasalla la sensibilidad individual, aleja a la persona de la reflexión serena y automatiza sus reacciones.

 

El País Digital

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