| El terrorismo laico |
http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=925170
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Por John Gray Para LA NACION
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LONDRES EN estos tiempos en que la amenaza del terrorismo islamista va en aumento, es fácil olvidar que a lo largo del siglo XX diversos regímenes laicos utilizaron el terror en gran escala. Hoy día, vinculamos automáticamente los ataques suicidas con la creencia de que los mártires van al Paraíso. Sin embargo, el tipo de atentado suicida con bomba que enfrentamos en la actualidad es una técnica terrorista elaborada por gente que no creía en esas cosas. Aunque afirmen su rechazo de todo lo moderno y occidental, los terroristas islamistas continúan una tradición mo derna y occidental: el uso sistemático de la violencia para transformar la sociedad. El terrorismo contemporáneo tiene sus raíces en las ideologías extremas de Occidente -en especial, el leninismo- mucho más que en la religión. Lenin se ubicaba dentro de una tradición revolucionaria europea que databa de los jacobinos franceses. Criticó el uso del terror por parte de éstos, pero sólo porque, a su juicio, no habían sido suficientemente despiadados. Coincidió con Robespierre en que el terror no era un simple medio de defender la revolución contra sus enemigos: también era una herramienta esencial de la ingeniería social. Junto con Trotski, Lenin estableció campos de concentración, instituyó un sistema de rehenes para asegurar la obediencia de grupos sospechosos y, en los años 1917-1923, hizo ejecutar a unas 200.000 personas. (En las postrimerías del régimen zarista, concretamente en 1866-1917, hubo unas 14.000 ejecuciones.) Por cierto, las matanzas cometidas por el incipiente régimen soviético pueden achacarse, en parte, a los tiempos de guerra. Pero los líderes bolcheviques estaban convencidos de que el terrorismo de Estado era indispensable para instaurar una sociedad comunista donde ya no hubiera Estado ni guerras ni propiedad ni religión. No fue Stalin el que introdujo el terrorismo de Estado en Rusia. Fueron Lenin y Trotski, y lo hicieron para realizar una visión utópica. Al utilizar el terror para promover objetivos utópicos, los líderes bolcheviques siguieron una vieja tradición que todavía persiste. En la Rusia de fines del siglo XIX, encontramos a los nihilistas. Estos intelectuales revolucionarios se creían capaces de conmocionar hasta sus cimientos el orden vigente y de ayudar a inaugurar un nuevo mundo, mediante actos espectaculares de terrorismo individual. Sergei Nechaev fue una figura señera. En su libro Catecismo de un revolucionario (1869), defendió el chantaje y el asesinato como estrategias políti cas lícitas. El mismo mató a un camarada por no haber cumplido las órdenes recibidas. Tendemos a imaginar al nihilista como alguien que desprecia todos los ideales humanos, pero Nechaev y quienes pensaban como él creían fervientemente en la ciencia, el progreso social y la bondad humana. Lenin difiere de los nihilistas en su estrategia revolucionaria: condena el terrorismo individual por ineficaz y prefiere el terrorismo estatal muy organizado. No obstante, coincide con ellos en su convicción de que para promover los ideales progresistas de la Ilustración es preciso recurrir al terror. Cabría suponer que la aparición del islamismo marcó el fin del terrorismo laico, pero no fue así. El atentado suicida con bomba será, hoy por hoy, la táctica favorita de los islamistas, pero no es un invento suyo. Lo idearon los Tigres tamiles, un grupo marxista-leninista que recluta a la mayoría de sus adeptos entre la población hindú de Sri Lanka, pero, como otros grup os similares, practica una hostilidad militante hacia todas las formas de culto. Los Tigres diseñaron el cinturón explosivo que usan los terroristas suicidas de Hamas y la Jihad Islámica (en un video reciente, el periodista secuestrado Alan Johnson tenía puesto uno). Hasta la guerra de Irak, los Tigres llevaban cometidos más ataques de este tipo que cualquier otra organización del mundo. La primera ola de atentados suicidas en el Líbano también tuvo por autores principales a grupos laicos. En 1982-1986 hubo 41 atentados, incluido el de 1983 en que murieron más de un centenar de marines norteamericanos y que derivó en el súbito retiro de las fuerzas de Estados Unidos por orden del presidente Reagan. Y bien: 27 de ellos fueron cometidos por miembros del Partido Comunista libanés, la Unión Socialista Arabe y otros grupos de izquierda. Tan sólo ocho fueron obra de islamistas y tres, de cristianos (entre éstos, una profesora de secundaria). El terrorismo laico ha e jercido un influjo formativo sobre la amenaza que enfrentamos ahora. Los pensadores islamistas tomaron de Lenin un credo moderno que no se encuentra en el islam ni en el cristianismo tradicionales: la idea de que mediante el despliegue sistemático de la violencia se puede dar a luz un nuevo mundo, y hasta una nueva humanidad. La Europa medieval fue escenario de guerras y persecuciones religiosas casi constantes. El islam ha estado dividido, a veces violentamente, casi desde sus comienzos. Aun así, hasta los tiempos modernos, el hombre nunca había imaginado que el uso de la violencia podía introducir una sociedad perfecta o librar al mundo de males inmemoriales. Este dislate sólo apareció con los jacobinos. Luego, lo heredarían Marx y exponentes posteriores de la tendencia utopista extrema presente en el pensamiento de la Ilustración. Torturar y aterrar a la gente para salvar su alma es espantosamente inhumano. Hacerlo para establecer la libertad universal es e l colmo del absurdo. La fe es peligrosa, como nos lo recuerdan constantemente Richard Dawkins, Christopher Hitchens y otros ateos evangélicos. Pero el fanatismo adopta muchas formas engañosas. Nos convendría tener presente que la fe laica inspiró gran parte del terrorismo del siglo pasado. La fantasía de que podemos transformar progresivamente la sociedad por medio de la violencia instigó algunos de los peores crímenes cometidos por el hombre. Hoy, irradia un hechizo ponzoñoso. John Gray es autor de varios libros, entre ellos Los perros de paja (1971) y Black Mass: Apocalyptic Religion and the Death of Utopia ( Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía , Penguin, 2007 |
TRIBUNA: FRANCISCO BUSTELO
El buen izquierdista
FRANCISCO BUSTELO 27/06/2007
Entre los pocos izquierdosos auténticos que quedan y algunos comentaristas críticos está extendida la idea de que Roma ya no está en Roma, quiero decir que la izquierda en el mundo en general, y en España en particular, ya no es lo que fue. Por diversas razones, mayormente por contagio del derechismo que, según ellos, predomina aquende y allende las fronteras, la izquierda ha perdido sus señas de identidad y, desnortada, cuando gobierna no sabe cómo cambiar a la sociedad, tarea ésta a la que estaba llamada y que constituía su razón de ser.
Que la izquierda ha cambiado casi por doquier, es algo de lo que no cabe duda. Lo ha hecho porque el mundo ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años, en algunas cosas para mal, en otras para bien. Hay países que han ido ciertamente a peor, pero son los menos. Otros, verbigracia España, han mejorado claramente. Algunos, sin embargo, piensan y actúan como si viviéramos en 1950. Ser de izquierdas era entonces relativamente sencillo. Había que hacer la tercera y definitiva revolución, es decir, acabar con la sociedad de clases, con la injusta desigualdad que había traído la segunda revolución, la industrial, que creó mucha riqueza, sí, pero en beneficio de unos pocos, con lo que las ideas de libertad, igualdad y fraternidad de la primera revolución no se habían materializado.
Trastocar el orden social y económico no era, claro está, empeño mostrenco. Había, es cierto, una receta que se creía infalible: nacionalizar, para socializarlos, los medios de producción. Con ello se acabarían la acumulación de capital, la plusvalía, la explotación, la existencia misma de ricos y pobres. Pero, sobre ser ingente, la tarea resultaba muy complicada. ¿Cómo hacer esa socialización y, sobre todo, cómo lograr que tal cosa contribuyera al bien común de un modo más eficaz, justo y racional que en el sistema capitalista? Eran varios los modelos: dictadura del proletariado de los comunistas, gestión colectiva de los anarquistas, conquista por los trabajadores del poder político preconizada por los socialistas, tal como se decía en el carné de los afiliados al PSOE hasta hace bien poco.
Ninguno de ellos dio resultado. El que más se aplicó, hasta en la tercera parte del planeta, fue el comunista. Centenares de millones de personas creyeron en él. Su esfuerzo y, muchas veces, su generosidad y sacrificio de poco sirvieron. Al cabo de setenta años hubo que rendirse a la evidencia. El modelo sólo engendraba dictadura en el plano político e ineficacia en el económico. Lógicamente desapareció en lo principal y sólo subsiste en contados países. En uno de ellos, la Cuba de Castro, se mantienen dictadura e ineficacia. En cambio, en otro, la China del millardo y medio de habitantes, curiosamente la ineficacia económica del modelo inicial, tal vez por haberse introducido una paulatina privatización muy poco marxista, se ha convertido en una portentosa eficacia que dura años y años, quizá al haber aprendido un pueblo viejo de siglos de los yerros y aciertos de los demás. No obstante, por ser un modelo harto singular no se puede exportar y por ello, paradójicamente, hoy, entre la izquierda genuina, ya no hay maoístas o muy pocos, cuando antaño proliferaron. No los hay ni siquiera en la propia China, donde, a pesar de guardarse las apariencias, no se conserva casi ninguna de las ideas del Gran Timonel.
Los anarquistas, huelga decirlo, nunca consiguieron aplicar su modelo. Lo más cerca que estuvieron de hacerlo -por una vez los españoles innovamos- fue en alguna zona de nuestro país durante la Guerra Civil. Hoy sólo atrae a muy pocos por reputarse con razón que sus hermosos planteamientos son del todo inviables. En cuanto a los socialistas no comunistas, conquistaron efectivamente el poder político en varios países europeos en el siglo XX, aunque no fueran los trabajadores quienes lo hicieran y, desde luego, una vez en el poder no introdujeron cambios revolucionarios; el sistema capitalista se mantuvo así en lo esencial, con la propiedad privada de los medios de producción. Sin embargo, gracias a la eficacia de la economía de mercado y a unas políticas sociales de apoyo a los de abajo, hubo un incremento notable del bienestar general, lo suficientemente amplio para que los ricos se hiciesen más ricos y los pobres vivieran bastante mejor, tanto incluso como para que dejaran de ser pobres. Con todo y con ello, ni en Suecia ni en Ale-mania ni en España, cuando los socialistas llegaron al poder hubo cambio revolucionario alguno. Por ello, los partidarios del cambio no suelen apuntarse a la socialdemocracia. En realidad, el difícil problema que se les plantea es que hoy no pueden apuntarse a nada. ¿Cómo van a apoyar a gobiernos que, pese a su etiqueta de izquierdas, dejan el sistema capitalista intacto? Entonces, ¿qué es lo que debería hacerse para contentar al buen izquierdista?
La dificultad estriba en que la añeja receta de socializar los medios de producción, que constituía la pieza maestra de toda política de izquierdas, resultó inservible. A decir verdad, no hay una explicación cumplida de por qué esa fórmula, en lugar de curarlos, agrava los males de la sociedad. La afirmación de un preclaro profesor escocés de hace más de doscientos años de que no es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio, no ha sido desmentida. ¿Pero por qué la humanidad sólo ha de funcionar si se basa en el egoísmo? Ésta es la gran contradicción en que se desenvolvió la izquierda durante el siglo pasado: su teoría del cambio, atractiva como era, fracasaba al llevarse a la práctica.
Veamos el caso de España. En los últimos veinticinco años ha habido gobiernos socialistas durante diecisiete. En ese largo periodo, excuso decir que no se ha producido socialización alguna, sino más bien lo contrario. La producción de bienes ha seguido en manos privadas. Afortunadamente, dirán algunos. Quizá con razón, pero ya que la producción no se puede tocar para no estropearla, ¿no cabría haber mejorado más la distribución de la riqueza mediante los impuestos? Es verdad que ello tiene un límite. ¿Qué ocurrirá si se priva al empresario de sus ganancias? ¿No sucederá que nos quedaremos sin cena, por falta de interés del carnicero, el panadero y el cervecero?
Con todo, en ese terreno, sí que cabe hacer más de lo que se hace, especialmente en nuestro país. Resulta que la España de los diecisiete años de gobiernos de izquierda tiene menos fiscalidad y menos gasto social que la media europea. Cierto es que partíamos de cotas bajas, pero, así y todo, el reformismo en España no ha sido nada radical en el terreno económico. También es cierto, sin embargo, que en otros aspectos ha habido más cambios, sobre todo en los últimos tres años; alguno, como el relativo al matrimonio de homosexuales, hasta cabría tildarse de revolucionario.
Tal vez sea ése el cometido de la izquierda en el siglo XXI. Ya que como parece que habrá que esperar al siglo XXII o al XXIII para que los avances del saber permitan cambiar el funcionamiento de la economía, luchemos entre tanto por las muchas causas pendientes: ecologismo, ayuda al tercer mundo, políticas generosas de inmigración, laicismo, educación, emancipación definitiva de la mujer, derechos humanos, antiimperialismo, coexistencia pacífica de nacionalismos, etcétera. Además, claro está, de lograr un gasto social como el de Suecia.
El mundo actual es, desde luego, harto imperfecto, lo que hace que algunos o bien se vuelvan escépticos y piensen que todo queda siempre en buenas palabras o bien sueñen con la imposible revolución. Unos y otros olvidan, sin embargo, que la historia de la humanidad es la historia de la imperfección. Una imperfección que en lo pasado fue siempre mayor que la actual. Lo cual da alas para seguir creyendo en el progreso y en la labor de los progresistas en la política, el pensamiento, la educación, la cooperación, la familia, los medios de comunicación. Porque al final, desde una perspectiva histórica, ser revolucionario o ser reformista es cuestión de calendario. Porque la única meta que puede tener la racionalidad de nuestra especie, por incompleta que sea, es progresar. Por eso es por lo que se puede ser razonablemente optimista. Por eso es por lo que al agorero, que nos dice que vamos de mal en peor, aun cuando sea un buen izquierdista, no hay que hacerle caso.
Francisco Bustelo es profesor emérito de Historia Económica en la Universidad Complutense, de la que ha sido rector.
Fuente: EL PAÍS de Madrid.
Nunca más a un golpe de estado
OSCAR A. BOTTINELLI ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR
Hay cierta creencia de que Uruguay era un país tranquilo, afable, tolerante, próspero, profundamente creyente en la democracia, confiado en sus instituciones, dirigido por políticos altamente prestigiados en la sociedad; y que una buena noche, una persona con vocación de dictador e indiscutible filosofía falangista, ocasionalmente presidente de la República, se le ocurrió dar un golpe de Estado, con la complicidad de algún que otro general, que luego llegaría a detentar la banda presidencial. Otra creencia concordante es que ese golpe de Estado fue dado por ese puñado de tenedores de la fuerza contra la casi totalidad del pueblo uruguayo.
La realidad es otra. Hubo segmentos significativos de la sociedad uruguaya – quizás mayoritarios, quizás no – que en el error o en el acierto consideraron que el país estaba en crisis y en caos, flagelado por la corrupción y la subversión, y que requería el restablecimiento del orden mediante un gobierno autoritario. Hubo segmentos tan significativos – también quizás mayoritarios o quizás no – que se opusieron al golpe de Estado. Y una parte minoritaria de ese segmento opositor tradujo la oposición en resistencia, con el consiguiente costo de gente que sufrió prisión, exilio o ambas cosas (de paso, este analista se cuenta en esta categoría), o que perdió sus empleos o quedó proscripto de todo trabajo que rozara con lo intelectual o lo estatal, o que sufrió tortura o vio la muerte. Y a favor o en contra del golpe, y muchos primero a favor y luego en contra, y unos cuanto ni fu ni fa, resolvieron que su postura fuese conocida tan solo por el silencio de su conciencia.
Una gran hazaña del pueblo oriental fue haber derrotado en plebiscito al proyecto constitucional que instauraba un régimen de institucionalidad tutelada por las Fuerzas Armadas, con un aplastante 58% por el NO. Pero tan importante como ello es que, a siete años y medio del golpe, ya con una buena cantidad de presos, torturados, muertos, desaparecidos, exiliados, destituidos y proscriptos, el 42% de la población dio el SI al proyecto dictatorial. El plebiscito diseña el mapa de una sociedad dividida en dos, donde el NO fue una vez y media el SI, pero éste reflejó el sentir de cuatro de cada diez uruguayos.
Tampoco el golpe vino por casualidad y por algo no ocurrió en el eje de Maracaná. Vino al cabo de casi dos décadas de persistente caída libre, agotado el modelo que llevó al país a los primeros lugares en el mundo, viendo que los países de donde emigraron los abuelos vivían mejor que este país de llegada, con inflación galopante (llegó a pasar el 150% anual), caída persistente del ingreso de los hogares, reiteradas crisis bancarias (algunas de ellas delictivas, que dieron con los huesos de los socios y directores de los bancos en la cárcel) que hicieron perder los ahorros a cientos de miles de hogares, y por encima de todo, una carencia de diagnóstico por parte de la clase dirigente, que tan cerca del golpe como en 1966, creía que el gran problema era de arquitectura constitucional y el remedio la supresión del Poder Ejecutivo colegiado y su sustitución por un presidente de la República, además con poderes gaullistas.
En esos años sesenta grupos de jóvenes de izquierda inician el camino de la lucha armada para cambiar la sociedad, eliminar el capitalismo, lograr la segunda y definitiva independencia y construir el hombre nuevo. No fue un alzamiento contra una dictadura, ni contra excesos autoritarios puntuales o permanentes. Fue algo más de fondo: el sueño de un mundo distinto y mejor. Más aún, se cuestionaba la calificación de democrático a todo sistema basado en el capitalismo, en la economía de mercado. Y otra izquierda que no comulgó con la lucha armada – más fuerte y poderosa, con más base popular – profundizó la organización y lucha del movimiento sindical hacia la concientización de los asalariados en los conceptos de lucha de clases; si bien toda su acción se realizó dentro de la institucionalidad democrático-liberal, predicaba contra sus principios. El punto de convergencia de unos y de otros fue la superación del sistema institucional llamado democrático-liberal asentado en una economía de mercado, en un sistema capitalista.
El cuadro se completa con una dirigencia política que fue perdiendo sintonía con la población y no se dio cuenta de ello (una frase usual: “la gente vota igual”, sin medir que ese voto ocultaba un compromiso cada vez menor). Esa pérdida de sintonía tuvo mucho que ver con la exacerbación del clientelismo y el patronazgo estatal, que llevó a que casi todo ingreso a cualquier empleo estatal requiriese la recomendación política y se adjudicase por cuota política, así como casi cualquier ascenso en los escalafones de la administración pública, o la obtención de una tarjeta para poder adquirir leche a precio subsidiado, o tener un teléfono en la casa, o lograr el “pronto despacho” imprescindible para que la jubilación o la pensión se aprobasen. Mucha gente – los militares entre ellos – confundieron clientelismo con corrupción, entendiendo por corrupción el apropiarse de los dineros públicos o usar la influencia para amasar fortunas. Y esta creencia se consolidó con el juego de los propios políticos y medios de comunicación de realizar fuertes campañas de denuncia ética contra los otros políticos. Tuvo que pasar toda una dictadura, dedicada entre otras cosas a buscar y rebuscar en las cuentas de los políticos, para que en lugar de un mar de corrupción encontrasen algunas gotas aisladas, lo que precisamente fue uno de los elementos que permitió a esa misma clase política emerger re-prestigiada al restaurarse las instituciones.
Las líneas anteriores son trazos al carbón, deshilvanados, sin jerarquización de los hechos, como un mero llamador a una gran asignatura pendiente del país: analizar y discutir, con cabeza fría y sin apasionamiento, sin dedos índices alzados, para diagnosticar qué es lo que llevó al golpe de Estado, y antes del golpe de Estado qué es lo que llevó a la violencia y a la intolerancia. Solo cuando se sabe por qué ocurrieron las cosas es cuando se está en condiciones no solo de decir “Nunca más”, sino efectivamente de lograr un “nunca más”, de evitar que las cosas se repitan. Porque si las causas se repiten, es muy difícil que no se repitan las consecuencias. Perseguir el “nunca más” implica llenar esta asignatura pendiente, de leer el pasado reciente y entenderlo en profundidad.
EDITORIAL
Un domingo menos alegre
Para muchos uruguayos hoy no corren la distensión y el reposo que caracteriza a los domingos. La entrada en vigencia de la reforma tributaria causa más dudas y preocupaciones que certezas y tranquilidad, especialmente por la segunda implantación en el país del impuesto a la renta. Hay elementos que aportan ventajas, justicia y simplificación en la drástica transformación del sistema. Uno es el aliento impositivo a las inversiones, única fuente genuina de producción y trabajo. Otro es la equiparación de la tributación de la industria y el comercio, con uno que sube y otro que baja para terminar con los actuales aportes en porcentajes diferentes. Y es útil la sustancial reducción en el exagerado número de 24 impuestos que regían hasta ahora, algunos de ellos injustificados por su mínima recaudación.
Pero el otro plato de la balanza viene recargado. El peso mayor de las incertidumbres y objeciones se ha generado en torno al Impuesto a la Renta de las Personas Físicas (IRPF). Este estandarte del gobierno del Frente Amplio se enmarca en el compartible eslogan global de la reforma de que paguen más los que más tienen. Pero en el caso del IRPF la realidad es que los que pagarán más incluyen a los que tienen poco. Todos los asalariados, activos y pasivos, con ingresos superiores a los $ 20.000 mensuales verán aumentados sus costos tributarios.
El bajo nivel a partir del cual se pagará más impuestos, es uno de los puntos más censurables del nuevo sistema. Ese nivel no cubre siquiera el costo de la canasta básica de una familia, lo que significa que mucha gente que hoy llega trabajosamente a fin de mes verá empeorado su nivel de vida. El agro, motor del actual crecimiento de la economía, ha protestado infructuosamente por el aumento de los tributos que deberá sobrellevar. Y es decepcionante que la reducción del actual IVA exagerado, producto de acumulación de incrementos a lo largo de décadas y que el gobierno prometió inicialmente corregir, haya enflaquecido a una minúscula baja de su tope en un solo y apenas simbólico punto porcentual.
Cuando se introdujo por primera vez el impuesto a la renta, la experiencia fracasó y debió ser abandonada por falta de estructura adecuada para su control y cobro. Se asegura que la modernización técnica de la DGI y el BPS evitará ahora ese riesgo. Pero las dudas persisten y las propias autoridades admiten que habrá un período de adaptación y ajustes hasta que el nuevo sistema funcione más o menos aceitadamente. El gobierno sostiene que cuando esa meta se alcance, 80% de la población pagará igual o menos que ahora y solo 20% verá aumentados sus impuestos. La exactitud de estos porcentajes es dudosa. Lo que queda claro, sin embargo, es que entre quienes desde hoy pagarán más se incluye a trabajadores activos y pasivos que viven con ingresos bajos. En este sector habrá hoy menos alegría en el asado dominical e incertidumbre sobre si se podrá poner carne en la parrilla en los domingos futuros.
Elogio del no me animo
Juan Martin Posadas
En nuestro país hay discusiones que sacaron carta de ciudadanía. Son discusiones circulares, recurrentes, que no terminan en nada, no llegan a consolidar decisiones, no se convierten en rumbos o en políticas concretas.
Ejemplos: las empresas públicas, el rol del estado, la reforma educativa, la inflación y el control de la moneda, el endeudamiento. Todos esos son problemas reales del Uruguay, no son inventos de técnicos o de políticos. Pero las discusiones en torno a esos temas no han llevado a nada y se reproducen sin fin.
Si atendiéramos, en cambio, a los asuntos en los cuales hubo discusión, se tomó luego una decisión y, en base a ello, se dejó atrás algo y se inauguró otra cosa, el contraste nos hará bien. Dejar algo atrás e inaugurar otra cosa es, para el Uruguay, una hazaña poco común.
Voy a tomar ejemplos de los últimos treinta años, es decir, desde el restablecimiento de las instituciones republicanas para acá. Empiezo -por empezar por algún lado- por el puerto. A partir de la Ley de Puertos (1992) el puerto de Montevideo deja de ser puerto sucio y caro y hoy no tiene nada que ver con lo que era antes.
La cantidad de mercadería que se mueve es tres veces mayor, el tiempo de carga y descarga de los buques es menor, la eficiencia se ha multiplicado, la superficie del puerto también (lo puede ver quienquiera que pase por los accesos rumbo al W). En los hechos es como si se hubieran construido tres puertos más.
Otro caso: las zonas francas. Fue un asunto que se discutió, se tomó una decisión, se puso por obra y lo que hay ahora no tiene nada que ver con lo de antes. No tengo las cifras y ustedes se aburriría con ellas, pero los puestos de trabajo creados, la radicación de empresas de punta y el dinamismo comercial son enormes. No todas las zonas francas son iguales, algunas son de verdad y otras de utilería (para cobijar contrabando), pero eso no invalida el factor demostrativo.
Otro caso más: la forestación. Tiene detractores, lo mismo que los ejemplos anteriores, pero lo cierto es que en sólo 3,5% del territorio nacional se ha generado una colosal fuente de riqueza que ha hecho subir el precio de la tierra y que da más trabajo a la gente del interior que la actividad que antes ocupaba esos predios. A eso hay que agregarle la parte industrial que ha significado la mayor inversión externa de la historia, aunque todavía no haya empezado a funcionar.
Un último caso es el negocio de la carne. El desempeño de la ganadería de carne de los últimos 15 años ha implicado la ruptura de un estancamiento secular; la tasa de crecimiento entre 1990 y el 2005 es treinta y seis veces superior a la del período 1935-1990. Sí, 36 veces. Esta verdadera revolución ganadera tiene su origen a comienzos de los años 90 cuando se eligió y se implementó una definida política para el sector.
Para un país cuya autoestima ya no es la de antes y que se ha resignado a considerar honrosos los terceros y cuartos puestos, estos casos de realizaciones exitosas deberían figurar en todos los discursos. Pero de ellos se habla bastante poco: ni políticos ni periodistas le dan lugar de destaque.
El Uruguay de los titulares es otro: es el de la discusión sin remate, del alegato sin toma de decisión. Todas las opciones tienen alguna contraindicación (el verano trae algunos mosquitos), pero eso no es motivo para no hacer. Quizás cuando el país advierta en qué cosas tuvo éxito y cómo hizo para lograrlas pueda animarse a tomar otras decisiones donde vive girando en la noria.
La reforma de la reforma
Javier de Haedo
Ayer entró en vigencia la reforma tributaria. Hoy escribo sobre los cambios que tendrá el sistema tributario vigente desde ayer. Con eso no realizo juicio de valor alguno: el régimen impositivo es algo dinámico y habrá de seguir cambiando a lo largo del tiempo. En este caso, además, hay razones para pensar que esos cambios habrán de darse aún más de lo que ocurriría normalmente. Encuentro al menos dos escenarios en los cuales esos cambios se darán con mayor intensidad y rapidez de lo habitual para un sistema impositivo recién inaugurado: uno, si da lugar a un aumento de la recaudación; dos, si cambia la conducción del gobierno desde 2010. Adicionalmente, tarde o temprano los gobernantes (dicho esto en sentido amplio, Ejecutivo y Legislativo) volverán a caer en la gimnasia habitual en materia impositiva, que consiste en ir "retocando" el sistema vigente con la incorporación de excepciones y perforaciones al régimen general, o con la creación de sobre tasas cuya renta se afectará a algún loable fin específico, o con creaciones de nuevos impuestos (quizá alguno de los que desde ayer fueron derogados) o aumentos de otros vigentes, ante la necesidad imperiosa de aprobar algún ajuste fiscal postelectoral o ante un shock externo adverso.
Quiero dedicar la columna de hoy a hacer "futurología" con los dos escenarios referidos en el párrafo anterior, que tienen algún grado de probabilidad. El primero, se dará en algún momento del segundo semestre de este año si, como yo creo, la recaudación de impuestos comienza a subir debido a la aplicación de la reforma. El segundo, se dará al inicio del próximo gobierno, si retornan al poder los partidos tradicionales. No considero otros escenarios posibles: la continuidad de la actual línea económica en un nuevo gobierno de izquierda (caso Astori presidente), o la reiteración de un gobierno de izquierda con una nueva línea económica, "a la izquierda" de la actual. En el primero de estos dos escenarios no habría grandes cambios, más allá de lo que ya se ha dicho que es intención que ocurra por parte del actual titular del MEF (derogación de algún otro impuesto menor, reducción de algún punto más del IVA). En el segundo, habría notorios retrocesos, como de hecho los hubo desde que el proyecto original salió del MEF y hasta que fue aprobado por el Parlamento con cambios que su propia bancada le impuso al ministro Astori.
Veamos entonces los dos escenarios que encuentro más interesantes de analizar. Y acá me encuentro con un problema, con relación a cuál debe ser el enfoque de mi análisis, si positivo o normativo. Positivo, o sea lo que yo creo que ocurriría en cada escenario; normativo, es decir lo que yo desearía que ocurriera en cada caso. Prefiero realizar este último ejercicio, aunque con los pies en la tierra.
Para ello, voy a recordar al lector las consideraciones que me ha generado la reforma tributaria y que he publicado en dos columnas de este suplemento: "Sigue siendo injusto", del 3 de abril de 2006, y "Un mal impuesto en una buena reforma", del 6 de noviembre pasado.
Primero, se trató de una buena reforma tributaria. Ha permitido simplificar el sistema, reduciendo el número de impuestos y eliminando algunas afectaciones de rentas. Ha reducido exoneraciones y perforaciones al sistema por lo que ha ido en la dirección de la generalización de los tributos. Ha apuntado hacia una mayor neutralidad tanto en el caso de los factores de producción como, especialmente, en el de los sectores productivos. Ha bajado el uso de las empresas públicas con un propósito fiscal.
Segundo, ha introducido el IRPF como elemento central de la reforma, no del sistema tributario, que seguirá teniendo como centro al IVA. En Uruguay ya teníamos un impuesto a la renta, con tasas progresivas y que exonera el ahorro, y ese impuesto es el IVA. El nuevo IRPF, por sus parámetros, y en la medida en que casi no admite deducciones, viene a sumarse al IVA, por lo que de hecho el consumo estará doblemente gravado. En la base de la introducción del IRPF está el concepto de equidad, pero hay muchos que pensamos que los impuestos son para recaudar y que es el gasto público el instrumento idóneo para redistribuir ingresos en la sociedad. El nuevo IRPF tiene varios aspectos negativos: el mínimo no imponible es muy bajo, los primeros tramos de ingresos son muy estrechos, no se considera el núcleo familiar y prácticamente tampoco el número de hijos, no se admiten deducciones significativas. Es inequitativo en la medida en que dos hogares con el mismo ingreso tributarán distinto según cómo se distribuya el ingreso entre los cónyuges y también porque familias con ingresos similares pagarán casi lo mismo independientemente del número de hijos que tengan. Sin embargo, el nuevo IRPF tiene dos aspectos positivos: uno, que distingue el tratamiento de las rentas derivadas del capital y del trabajo; dos, que es mucho más justo que el IRP entre los perceptores de rentas del trabajo, porque trata de modo similar a quienes trabajan en relación de dependencia, a los independientes y a los pasivos.
Vayamos ahora a los escenarios planteados más arriba. Primero, ¿qué debería hacer el ministro Astori si se encuentra con más recaudación de la esperada, gracias a la reforma y en particular al IRPF? En la medida en que los mayores gastos presupuestados ya tienen financiamiento, lo más razonable sería que se abocara a bajar impuestos. Los compromisos asumidos en oportunidad del tratamiento parlamentario del proyecto de reforma apuntaban a futuras rebajas de la tasa básica del IVA, primero a 21% y luego a 20%, así como a la derogación de otros pequeños impuestos que zafaron en esta rastrillada (como por ejemplo, el Icome).
Sin embargo, hay otros dos caminos a recorrer. Uno, la reducción de los aportes patronales a la seguridad social, que constituyen un gravamen a la exportación. Es preferible que la mano de obra se exporte en productos y no en emigración. Otro camino sería mejorar el IRPF o, según como se mire, atenuar sus defectos, lo que sería razonable si la mayor recaudación se originara en este impuesto. Se podría subir el mínimo no imponible y con él los límites entre los tramos de ingresos en los que se aplican las diferentes tasas progresionales. También se podría aumentar las deducciones fictas por hijo, para lo cual no habría ningún cambio en materia de fiscalización, y la liquidación no perdería simplicidad. Bastaría con aumentar el monto deducible por salud a un concepto más amplio, o bien aplicar el criterio del impuesto al patrimonio cuando se considera el núcleo familiar, que implica considerar un múltiplo (dos, en ese caso) del mínimo no imponible y los límites de los tramos siguientes, el que podría ser variable en función del número de hijos en el caso del IRPF.
Veamos ahora el segundo escenario, que se daría tras las elecciones de 2009, si ganara alguno de los partidos tradicionales, que ya han anunciado que entre las pautas de sus respectivas campañas electorales estará la derogación del IRPF. Este propósito podría ser razonable, si no fuera por el hecho de que a esa altura, será difícil prescindir de la recaudación de este impuesto. Parece lógico que quienes proclamen su derogación vayan diciéndonos qué habrán de proponer en su lugar. Si la alternativa (natural, en principio) fuera volver al derogado IRP, creo que sería preferible mantener el IRPF, aunque mejorándolo en la línea antes señalada. El IRPF es más justo que el IRP, hacia dentro del grupo de perceptores de rentas del trabajo. Pero hay que volverlo más compatible con el alto IVA que seguiremos teniendo.
Pero más allá del caso del IRPF, un gobierno de los partidos tradicionales debería mantener todo lo bueno de esta reforma, que es mucho, y corregir sus defectos, en particular todo lo que se incluyó en el pasaje del proyecto de ley por Diputados. Debería derogar exoneraciones al IVA y el Imesi, igualar los aportes patronales independientemente de la forma jurídica de la empresa, reducir del 12% al 10% la tasa por la que se grava las rentas del capital, reducir el impuesto al patrimonio de modo de dejarlo como elemento de control del IRPF, derogar la tasa del 7% a la distribución de utilidades. De este modo se volvería al proyecto original del MEF.
En fin, más allá de esos escenarios, me parecía oportuno, al momento de entrar en vigencia la reforma tributaria, dejar planteada una agenda de cambios que permitiría mejorar el sistema resultante de ella.
3/7/2007 LA PRESIÓN 'YIHADISTA' SOBRE LOS CASCOS AZULES // MATEO MADRIDEJOS
La paz armada y falsa del Líbano
1. • El irredentismo y el terrorismo se utilizan por Siria en función de las necesidades estratégicas
SILVIA ALCOBA
MATEO Madridejos*
La muerte de seis soldados del Ejército español en el Líbano, víctimas de un atentado terrorista, se relaciona con el nuevo ciclo de violencia abierto por el grupo yihadista Fatá al Islam desde el campo de refugiados palestinos de Nahr al Bared, el 20 de mayo. Una vez más, la mayoría política libanesa que respalda al primer ministro, Fuad Siniora, imputa el estallido a la larga mano de Siria, cuyos círculos gobernantes jamás han aceptado la separación impuesta por Francia en 1943. El irredentismo y el terrorismo se utilizan por los servicios secretos sirios en función de las necesidades estratégicas o de supervivencia de la dictadura de Damasco.
Tras 15 años de guerra civil (1975-1990), aprovechados por Siria para afianzar su protectorado, la reconstrucción se llevó a cabo bajo la égida del primer ministro Rafik Hariri, un suní multimillonario con fuertes vínculos con la monarquía saudí, protegido inicialmente por los sirios, que dimitió el 2004 tras haber recibido una reprimenda en Damasco cuando trató de defender la independencia del Líbano. El asesinato de Hariri, el 14 de febrero del 2005, por los esbirros del dictador sirio, conmocionó al país y desencadenó una protesta nacional, la revolución del cedro, que por primera vez unió a los libaneses al margen de su pertenencia tribal.
Bajo fuerte presión internacional, dirigida en la ONU por EEUU y Francia, el presidente de Siria, Bachar al Asad, ordenó el repliegue de sus tropas, de manera que el último soldado sirio abandonó el Líbano el 26 de abril del 2005, tras 29 años de ocupación. Una comisión investigadora designada por el Consejo de Seguridad llegó a la conclusión de que el asesinato de Hariri había sido maquinado en Damasco y solicitó la celebración del juicio de los presuntos magnicidas ante un tribunal internacional.
En el frente sur, Israel invadió el Líbano en 1982 y sus tropas permanecieron en una franja de seguridad hasta su retirada en el 2000, hostigadas por Hizbulá (Partido de Dios), una organización chií creada con el respaldo de Damasco y el apoyo logístico de Teherán, que internacionalizó aún más el conflicto y convirtió al Líbano en un caldero de grupos terroristas que se mezclan inextricablemente. La dinámica del terror incluye a los grupos sunís que reavivan el fantasma de la guerra civil, sufragados por las monarquías petroleras para reducir la influencia chií, de manera que el Líbano sufre la metástasis del cáncer de Irak y de la pugna regional entre Arabia Sau-dí e Irán.
LA SITUACIÓN volátil degeneró en la guerra de hace un año con la nueva invasión del Ejército israelí y el lanzamiento por Hizbulá de misiles contra el norte de Israel. El empate bélico propició una tardía intervención de la ONU. La resolución 1701 del Consejo de Seguridad (11 de agosto del 2006) exigió el cese de hostilidades y reforzó la Fuerza Interina de las Naciones Unidas en el Líbano (FINUL), creada en 1976, pero condenada al ostracismo. Cuando se deliberaba en el Consejo de Seguridad, ya surgieron reticencias sobre el mandato equívoco, los medios y las normas de intervención, dado el precedente de Bosnia-Herzegovina, donde la Fuerza de Protección de la ONU (Fuerpronu), encargada de mantener una paz inexistente, sufrió 167 bajas mortales y vio como los cascos azules holandeses asistían oprobiosamente al genocidio de Srbrenica.
La misión es quimérica porque el mantener la paz donde no existe constituye un ejercicio voluntarista rayano en la imprudencia. Y el Líbano no está en paz, sino en ebullición armada. La actuación de FINUL se basa en dos premisas falsas: la capacidad del Ejército libanés para desarmar a Hizbulá, que no podría realizar sin encender la mecha de la guerra civil, y la voluntad unitaria del Gobierno libanés, en crisis desde noviembre último. Además, tanto Hizbulá como otros grupos de oposición coinciden con los radicales palestinos y los elementos de Al Qaeda en que la FINUL es un apéndice de la OTAN para proteger la frontera norte de Israel. El consenso no puede ser más explosivo.
LA FINUL ha perdido más de 250 hombres desde 1978. Puesto que el mandato expira el 31 de agosto, el Consejo de Seguridad debería revisar su naturaleza para que los cascos azules puedan protegerse de unos ataques que parecen inevitables en un país donde reina el caos, proliferan los grupos terroristas y florece el contrabando de armas. Un informe de los expertos de la ONU criticando duramente la inoperancia del Ejército libanés, la advertencia del Gobierno de Beirut y las seguridades que Hizbulá ofreció a los diplomáticos europeos cuando se reunieron en Sidón, a principios de junio, no evitaron el atentado contra los españoles.
La ignorancia o la absoluta inocencia de Hizbulá son poco creíbles. Todos los grupos terroristas se mezclan y todas las atrocidades son previsibles en un país que padece una múltiple crisis estructural. Crisis del Estado-nación, avasallado por los grupos confesionales o la colusión de Siria con el terror, e incapacidad endémica de los gobiernos para combatir el tribalismo, la pobreza y el analfabetismo que alimentan las peores pesadillas. A todo ello hay que añadir la incuria de los países árabes en general ante la tragedia de los refugiados palestinos. Si la situación geoestratégica se degrada, los gobiernos de la Unión Europea podrían plantearse la retirada de sus contingentes antes de que sobrevenga una nueva carnicería.
*Periodista e historiador.
La victimización como estrategia
Autor: Luis Pazos
Uno de los problemas a los que se enfrenta la mayoría de las incipientes democracias en los países desarrollados es que muchos grupos políticos, adoptan las viejas técnicas de violar las leyes para que los “repriman” y presentarse como víctimas ante la opinión pública. Los grupos de guerrilleros de izquierda en el siglo XX tenían como uno de sus libros de cabecera al “Manual de psicopolítica” de Laurenti Beria, jefe de la policía secreta en tiempos de Stalin. Ese manual, recomendaba a los guerrilleros ganar adeptos en la población y mediante la creación de víctimas.
Es la llamada “matanza de Tlatelolco” en 1968, la versión más lógica, pero la menos conocida, en que fueron los mismos líderes de los radicales quienes dispararon contra los manifestantes en Tlatelolco, para darle vitalidad a un movimiento que para esas fechas ya se había debilitado.
Al candidato del PRD en las elecciones presidenciales le vendieron la idea sus asesores de izquierda que si lograba que lo metieran a la cárcel ganaba las elecciones presidenciales. La estrategia de muchos grupos de radicales es provocar a las autoridades para que los repriman y posteriormente presentarse como víctimas. Ante esa clara estrategia de provocación – represión - victimización y violación de los derechos humanos, muchas autoridades han decidido no responder a las provocaciones, lo cual hace sentido. Pero cuando esas provocaciones se convierten en delitos flagrantes que dañan a muchos ciudadanos, es irresponsable mantener una actitud pasiva.
Una de las tareas de un gobierno en un país democrático es decidir hasta dónde es posible no responder a provocaciones.
Es responsabilidad de cada nivel gubernamental no caer en el juego de la provocación - represión, pero sin tomar como política permanente una cómoda actitud pasiva e irresponsable ante quienes violan la ley flagrantemente en perjuicio de la mayoría de los miembros de la sociedad.
¿Qué tipo de empresario eres?
Autor: Pablo Arosemena Marriott
Hubo un tiempo en que las palabras empresario y socialista fueron consideradas términos antónimos. Ya ha pasado mucho tiempo de aquello. Hoy en día ser empresario no es sinónimo de ser liberal. Por eso, cabe preguntarse: si todos los empresarios no son exactamente liberales, ¿qué son entonces?
Sucede que existen tres tipos de empresarios: el Socialista, el Pro Negocio y el Pro Mercado.
1)Empresario Socialista: nos referimos a aquel empresario que debido a que no cuenta con una filosofía de libertad que respalde su forma de vivir y ante las inequidades que observa en este planeta, se siente extremadamente culpable de su mejor situación.
Culpabilidad que, paradójicamente, pretende expurgar promoviendo políticas públicas socialistas. Políticas que precisamente condenan las bases filosóficas generadoras del marco institucional que hacen posible las oportunidades que ha tenido y su cómoda forma de vida que ha alcanzado a fuerza de su creatividad, esfuerzo y talento.
Este empresario puede ser grande o pequeño. Da igual. En algunos casos estudió formalmente Economia en la Universidad. Pero esto no le fue de gran ayuda. Pues las probabilidades de aprender economia de mercado en nuestras facultades son mínimas. Lo que predomina es la enseñanza de la economia keynesiana (recordemos que Keynes fue a la economia del Siglo XX lo que Marx fuera a la economia del Siglo XIX).
Relativiza el principio fundamental que históricamente ha caracterizado a la actividad empresarial: la Libertad Económica. Esto es, Propiedad Privada, Libre Mercado y su prerrequisito, un Estado de Derecho que garantice la igualdad ante la ley. En su lugar, prefiere un Estado de Legalidad que imponga la igualdad mediante la ley.
Irónicamente, cree todo lo que dice el dogma marxista sobre él: que el dinero es malo. Que si es en exceso es peor. Que la acumulación del capital es fruto de la explotación. Y que el éxito económico empresarial implica una mayor tajada del pastel de la riqueza para los ricos en desmedro de los pobres.
Por eso vive en una perpetua contradicción entre lo que piensa y lo que hace. Y nótese que quien no piensa lo que hace, termina haciendo lo que piensa; pues fondean ONGs socialistas, partidos políticos socialistas y gremios enemigos de la libertad.
Sin solvencia liberal, su vacío es caldo de cultivo para las ideas autoritarias, totalitarias, nacionalistas, proteccionistas, estatistas, paternalistas, en definitiva, socialistas. Así, su nacionalismo lo hace rechazar la inversión en función del origen geográfico (mucho peor si es del Norte). Su estatismo lo hace anhelar un Estado Enorme, Padre y Protector para sus "hijos" desde la cuna hasta la tumba.
2)Empresario Pro Negocio: nos referimos a aquel empresario que se preocupa exclusivamente por la libertad económica para su negocio. No es que acepte a regañadientes la libertad. No. Pues el sí quiere, defiende y promueve la libertad económica. El problema es que solo la quiere, defiende y promueve para su nicho de mercado.
A este tipo de empresario generalmente lo encontramos en los grupos de presión. No busca libertad. Persigue privilegios. Si se trata de un industrial exportador, la inmoralidad que constituye una moneda devaluable no le quita el sueño. Si se trata de un comerciante importador se preocupará solo por los aranceles, regulaciones, impuestos y devaluaciones que lo afecten directamente. Al productor bananero no le interesará en absoluto la libertad de precios en su mercado. Al exportador bananero si, pero no necesariamente abogará por libertad para todos los demás precios y sectores del mercado. Al agricultor protegido por aranceles no le importará lucrar impositivamente a costa de los ciudadanos.
Pues a este tipo de empresario no le interesa si acaso existe libertad económica fuera de su burbuja. Lo tiene sin cuidado vivir en un país donde la seguridad social estatal obligatoria prohíbe la libre competencia de compañías aseguradoras de pensiones privadas. No le importa que no exista apertura en el sector petrolero, competencia en el sector eléctrico o de telecomunicaciones. No comprende ni defiende la necesaria libertad económica para el sistema financiero.
En definitiva: no cree en la libertad, solo se sirve de la libertad. No defiende la libertad por principios sino por conveniencia. Y así, en el momento que por cálculo utilitario de la coyuntura, no estime rentable la libertad, entonces, en ese momento, sin que le tiemble el pulso, pasará a estar en su contra.
3) Empresario Pro Mercado: nos referimos a aquel empresario que promueve la libertad económica para todo el mercado, no solo su ámbito de negocio. Él entiende que la libertad económica es un principio transversal. Comprende que el mercado libre implica un trato voluntario, moral y pacifico entre hombres iguales que se respetan e intercambian sus derechos de propiedad sobre bienes y servicios. Sabe que para obtener dinero se requiere satisfacer creativa y sostenidamente a los consumidores. Que a mayor éxito económico, mayor cantidad de vidas transformadas.
Conoce que el pastel de la riqueza empresarial no es estático. Que cada nuevo emprendedor no se lleva una tajada sino que dinámicamente crea un nuevo pastel de riqueza nacional. Advierte que la acumulación de capital es producto de quienes disciplinadamente sacrifican su consumo presente. Que esa es la palanca que permite el crecimiento masivo. Que es el origen de la inversión productiva. Y que castigarla impositivamente destruye la creación de empresas, la tecnología, el empleo y nuevas maneras de verdaderamente servir a los demás. No se confunde: sabe que libertad no es sinónimo de ganancia asegurada. Libertad implica tan solo la oportunidad. Un común punto de partida, no un común punto de llegada.
Finalmente, son estos empresarios los que sostienen intelectual y materialmente el mundo en que vivimos. Son ellos quienes hacen posible desde la aspirina hasta los juegos de video. Necesitamos a más de ellos. La pregunta pertinente entonces es: ¿Qué tipo de empresario vas a ser?
¿Kirchner se acostumbra a perder?
Autor: Gustavo Lazzari y Martin Simonetta
Análisis de otra paliza electoral
En las elecciones de segunda vuelta en Buenos Aires y Tierra del Fuego ganaron los candidatos alternativos al gobierno. En la ciudad de Buenos Aires, ganó Mauricio Macri, candidato por el PRO y en Tierra del Fuego ganó Fabiana Ríos por el ARI.
Es un hecho inédito pues lo habitual en la política argentina es que los oficialismos siempre ganan las elecciones locales. El 20% del electorado está fuertemente influenciado por recursos de origen público. Desde el retorno a la democracia, en dos de cada diez elecciones no ganó el oficialismo.
Ambas fuerzas políticas triunfadoras de las elecciones del 24/6/2007 fueron denostadas en reiteradas oportunidades por el Presidente desde el famoso atril.
Toda la artillería oficial fue puesta al servicio de campañas sucias y difamación gratuita.
Lo mismo sucedió en octubre 2006, en Misiones, en un plebiscito en el cual la derrota oficial fue tan escandalosa como el clientelismo utilizado desde lo mas alto del gobierno nacional.
La primera lección de dichos resultados electorales es: el clientelismo no es invencible.
El gobierno utilizó todo a su alcance. Campañas sucias, difamación, mensajes distorsionados, ministros al servicio de la campaña, utilización de medios afines (TVR; CQC, noticieros radiales y televisivos) fuertemente adornados por los presupuestos de publicidad oficial.
En Tierra del Fuego, se llegó al extremo de desconectar la fibra óptica de toda la provincia durante 24 hs, solo a los efectos que la gente no vea en www.youtube.com videos que comprometían seriamente a los candidatos del oficialismo. No importó dejar a toda la provincia sin bancos, internet, celulares, comercio durante un día producto del confirmado sabotaje.
Es una gran lección para Latinoamérica observar que es posible ganar las elecciones al clientelismo y al uso inescrupuloso de los recursos oficiales.
Kirchner perdió por paliza otra vez. La oposición debe tomar nota del mensaje popular. El clientelismo no es excusa, es vencible, suele ser perdedor y hasta es posible que se acostumbre a la derrota.