TRIBUNA: JORGE EDWARDS
Ingenierías sociales
El gran problema de las revoluciones del siglo XX, el de los socialismos reales, fue el de la relación efectiva, concreta, no ilusoria, no utópica, entre el progreso verdadero de las sociedades y la izquierda. La izquierda en el poder en diversos lugares del mundo tomó medidas drásticas, extremas, destinadas a llegar antes al desarrollo económico, a la equidad, a la justicia social, y esas medidas, en muchos casos, en virtud de problemas complejos de ingeniería social, en lugar de traer progresos tangibles, provocaron retrocesos. El tema es largo, dramático, y además de todo eso, ineludible. Si no se enfoca con seriedad, con decisión, sin dogmatismos, se cae en la complacencia y hasta en la demagogia, en la palabrería. El stalinismo de la Rusia de la década del treinta fue la expresión más descarnada y más terrible de todo este asunto. La colectivización forzada de las tierras ordenada por Stalin se proponía mejorar la suerte de los campesinos, además de modernizar la agricultura, de ponerla al nivel de Europa Occidental y de los Estados Unidos. Pero el resultado práctico fue una hambruna monumental. Ahora, a través de testimonios auténticos, muy difíciles de rebatir, se sabe que miles de mujeres del campo ruso, desesperadas de hambre, devoraron a sus propios hijos. Parece inverosímil, pero las grandes crisis de la historia siempre tienen facetas inverosímiles, momentos en que se tocan los límites de la condición humana. La Revolución Francesa, por lo demás, que a primera vista parece más moderada, más razonable, también tuvo etapas y episodios dantescos. Lean ustedes los testimonios históricos más seguros. O lean viejas novelas, como Los dioses tienen sed, de Anatole France. La sed de los dioses revolucionarios de Anatole France era sed de sangre. Los ideales de progreso, apasionados, profundos, movilizadores, siempre han tenido una vertiente peligrosa. Lo único seguro es reflexionar con intensidad, sin concesiones, examinar todos los lados de cada medida, y desconfiar, no ser iluso.
En Chile, el obispo Alejandro Goic nos habla de un "sueldo ético" de 250.000 pesos [365 euros], bastante superior al salario mínimo actual de 144.000 [220 euros]. A mí me parece que introducir el tema de la ética, o por lo menos una preocupación de carácter ético, en una economía como la chilena, de mercado, neoliberal o como ustedes quieran llamarla, es necesario e importante. En los últimos años hemos tenido una alianza disimulada, pero efectiva, y aparte de efectiva, eficaz, entre empresarios y políticos de centro-izquierda o de centro, esto es, entre gente de empresa, por una parte, y por la otra socialistas renovados, que muchas veces alcanzaron a participar en el Gobierno de Salvador Allende, y demócratacristianos, que fueron en el pasado, a menudo, los peores enemigos de Allende y de la Unidad Popular, pero que partían de una idea ética, planteada en las primeras Encíclicas papales, sobre las relaciones entre el capital y el trabajo.
El Gobierno de coalición que tenemos ahora representa una situación inédita, original, a primera vista ilógica, y que ha permitido alcanzar un nivel de progreso interesante dentro de una atmósfera de indudable libertad política. No es poco, y dentro del contexto de América Latina me atrevería a decir que es bastante y que el caso chileno hasta podría servir de ejemplo. Pero ocurre que la coyuntura regional es compleja, contradictoria, y que Chile, casi por tradición, por estilo, e incluso por tamaño, está obligado a mantener un perfil bajo. Ahora bien, el talón de Aquiles de la sociedad chilena de ahora, el flanco más débil, es el de la notoria, evidente, escandalosa desigualdad. No hay vuelta que darle. ¿Cómo decir, entonces, que el obispo Goic se equivoca, o que es un ignorante en cuestiones de economía? No se necesita ser un economista experto para saber que subir el salario mínimo a casi el doble provocaría dificultades graves, no sé si insuperables, en los niveles de empleo y en el crecimiento. A la vez, alguien, entre nosotros, tenía que poner el dedo en la llaga de la desigualdad y hacer un llamado a la conciencia. Llevamos décadas de crecimiento sostenido. Pues bien, ya llegó, y llegó hace rato, el momento de compartirlo, de hacerlo un poco más justo. Me permito añadir, por mi lado, que no sólo es un problema de ética: es, además de eso, un problema de educación y de cultura. En Francia o en Alemania, por ejemplo, uno tiene una libertad mucho mayor para escoger. ¿Por qué digo esto? Porque en esas sociedades la vida modesta, con todas sus limitaciones, no excluye el acceso a los bienes esenciales, y más allá de ellos, a la educación, a la cultura, a los libros, a la música, a la información de todo orden. En otras palabras, la pobrezanunca llega a ser tan dramática en el mundo desarrollado como lo es siempre entre nosotros.
Debemos, por lo tanto, presionar, y no sólo exigir un sueldo ético, sino una economía, una cultura, una sociedad más o menos presentables. Porque hemos progresado más de algo, pero nuestros índices todavía son pobres, paupérrimos, frente al mundo moderno desarrollado. En unas declaraciones recientes, Carlos Altamirano Orrego, jefe y hasta símbolo del socialismo de izquierda de los tiempos de Allende, declaró que el Gobierno de Ricardo Lagos había sido el mejor Gobierno "de centro-derecha" de los últimos cien años en Chile. La frase es ingeniosa, pero no me convence. ¿Por qué tenemos que regalarle a la derecha el éxito de una coalición formada por demócratacristianos, socialdemócratas y socialistas? El éxito del Gobierno de Lagos, por el contrario, fue el de la reflexión sobre los problemas de la izquierda del pasado, el de la aceptación del cambio, el de la renovación. Carlos Altamirano había declarado en la época de Allende que había que avanzar sin transar. Raúl Ampuero, conocido dirigente de su mismo partido, me dijo en la Embajada chilena en Francia, por aquellos días, que se había confundido el lema de avanzar sin transar por el de avanzar sin pensar. Ahora, en cambio, se intenta avanzar con más prudencia, y se cometen muchos errores, pero no, por lo menos, el de la aceleración ciega.
El drama del Chile de hace ya más de treinta años consistió, quizá, en tener poco respeto por la realidad, por la dinámica implacable de los hechos, por su inercia y su densidad, capaces de producir coletazos terribles. Ahora, cuando se nos plantea el tema del "sueldo ético", uno tiene que examinar el asunto con un poco de calma. Si no se ejerce presión, los empresarios tienen una tendencia casi inevitable a dar el mínimo o menos del mínimo. Pero si no se tienen en cuenta los límites concretos de la economía, las buenas intenciones, las propuestas idealistas, si no van acompañadas de fundamentos sólidos, pueden provocar los efectos contrarios de los buscados. Esto podría llevarnos a otra conclusión: que la ética también tiene una relación directa con ciertas realidades, con la lucidez frente a las fuerzas elementales de la economía, con el enfoque serio de los complejos problemas de la ingeniería social. En resumen, hay que poner un acento ético en la economía del Chile de hoy, pero esto no significa premiar la ingenuidad o la improvisación. Mejoremos en toda la medida de lo posible las condiciones de vida de la clase trabajadora, pero con una conciencia que también implica una opción ética: si lo hacemos mal, en forma precipitada, sin respeto por las grandes realidades económicas, provocamos un descalabro y salimos perdiendo todos. La conciencia de la realidad, el manejo inteligente de los procesos políticos y sociales, nunca fue una virtud exclusiva de la derecha. Si lo fuera, la izquierda nunca habría hecho lo que pudo hacer en países como Suecia, Finlandia, España o Francia. Siempre habría llegado a los callejones sin salida de los llamados socialismos reales, y encajonarse, paralizarse, aceptar sueldos de 60 dólares [50 euros] al mes o menos y negarse, a pesar de eso, a todo cambio, no tiene nada de ético. Puede que sea de izquierda, pero no es en ningún caso de progreso. Fernando Savater sostenía hace poco que la polaridad de izquierda y derecha, que muchos declaran desaparecida, todavía está vigente. Pero, decía, el eje de lo progresista y lo reaccionario es más moderno y más capaz de movilizar a las sociedades de hoy. Y observaba, de paso, que las propuestas progresistas pueden venir, en el mundo actual, de la izquierda y también de la derecha, así como las propuestas reaccionarias. Llevado a nuestro caso, creo que proponer un sueldo ético, venga la propuesta de donde venga, es progresista en la medida en que sea posible, en que la racionalidad económica sea tomada en cuenta. Lo de avanzar sin transar, en cambio, es un anacronismo completo, o una forma de nostalgia y de romanticismo. Lo cual, dentro del contexto de la economía del siglo XXI, no nos lleva a ninguna parte.
Jorge Edwards es escritor chileno.
Que Cuba se Abra al Mundo
Por Martín Simonetta
Director Ejecutivo, Fundación Atlas1853
Contacto de prensa: 15.5119.6640 - msimonetta@atlas.org.ar
El ritmo de la transición cubana hacia un régimen institucionalmente más abierto parece acelerarse. El 31 de julio del 2006, el estado de salud de Fidel Castro y la asunción de su hermano Raúl, como presidente provisional de Cuba, marcó un nuevo paso en este lento pero firme proceso de cambio.
Las últimas décadas han sido testigos de deterioros en dos de los cimientos que dieron origen al régimen castrista y relevancia política a la isla. Por un lado, la desintegración de la Unión Soviética en el marco de un mundo bipolar. Por el otro, el ocaso de Fidel Castro.
90 Millas a la Libertad
Fidel asumió de facto la autoridad de la isla en 1958. En el contexto de aquel mundo bipolar, posterior a la Segunda Guerra Mundial, alineó a su país hacia el lado de la Unión Soviética. En ese juego, el valor de Cuba como socio estratégico y bastión del comunismo en el Caribe, fue clave para los comunistas en el mundo Este/Oeste.
Durante la “guerra fría”, la isla significó un énclave fundamental para la Unión Soviética situado como un estratégico “patio trasero” de los Estados Unidos, a apenas 90 millas. Hacia fines de la década del 90, la crisis financiera soviética puso fin al “rubloducto”, es decir al sistema de financiamiento soviético hacia Cuba que era fundamental para subsistencia de ese modelo.
La caída del comunismo en los países de Europa del Este dejó a Cuba y a Corea del Norte como “eslabones perdidos” en el mundo. Como un extemporáneos dinosaurios sobreviviendo en el lago Ness.
En el nuevo contexto, la Cuba de Castro debió hacer involuntarias modificaciones y permitir el ingreso del virus de la Libertad. La necesidad obligó al gobierno cubano a transar con el supuesto el enemigo: el capitalismo. Debió alimentarse del flujo de fondos generado por el turismo (según cifras extra-oficiales representa ¾ de los ingresos fiscales) y también, de forma limitada, abrirse a la inversión, predominantemente europea.
Los ciudadanos cubanos, a pesar de los altos riesgos de violar las prohibiciones, desarrollaron pequeños negocios, muchos de ellos orientados hacia el turista, en el marco de los mínimos márgenes de acción existentes. En el contexto más hostil, la informalidad fue, una vez más, una forma de Libertad conquistada por los ciudadanos sobrepasando a un gobierno “todo-poderoso”.
El Muro de la Información
La desconexión del pueblo cubano del mundo exterior era un requisito sine qua non para que el discurso oficial fuera creíble y la represión sistemática justificable. El contacto con ciudadanos extranjeros les hizo a ver a los cubanos que “afuera” no se vivía tan mal, como argumentaba Castro.
La necesidad fiscal llevó a derribar ladrillo a ladrillo el “muro de la información” que separaba al cubano de la realidad. Entre estas barreras que pretendían vender al “paraíso cubano” como cierto, podemos mencionar el acceso de los ciudadanos únicamente a periódicos oficiales –entre ellos, Granma-; la existencia de sólo dos canales de televisión, obviamente oficiales; las interferencias generadas por el gobierno para bloquear las ondas de radio Martí, transmitida desde Miami; el acceso restringido a libros, bibliografía no oficial y a Internet; la prohibición expresa para los cubanos de contactarse con turistas, sólo por mencionar algunas.
El contacto con los turistas extranjeros permitió a los isleños comenzar a tomar conciencia plena de la aterradora brecha de ingresos entre su inhumano nivel de vida y el del resto del mundo, inclusive de otros países latinoamericanos.
Sólo con un muro de información entre los cubanos y el exterior podía ser creíble el amplio listado de logros del régimen que Fidel enunciaba en cada uno de sus numerosos actos públicos masivos a través de interminables discursos, ante una audiencia caracterizada por una generalizada mala nutrición y cuya vida diaria no conoce otros productos como el arroz, el azúcar, los frijoles, el aceite y los huevos, provistos, de tanto en tanto, a través de su libreta de abastecimiento.
Claramente, el efecto no deseado para el gobierno, de esta apertura al turismo ha sido la perforación del muro de información -construido y preservado por décadas- existente entre el pueblo cubano y el mundo exterior. Este desbloqueo ha puesto en evidencia, ante los ojos del pueblo cubano, el abismo existente entre ellos y los extranjeros en términos de nivel de vida, derechos civiles, económicos y políticos.
La sustancial diferencia de poder adquisitivo, la ropa, las cámaras de video, mp3, laptops, el desolador contraste en términos de nutrición y, especialmente, la libertad de entrar y salir de sus respectivos países son, ante los ojos del pueblo cubano, embajadores silenciosos de los valores del mundo occidental que, a todas luces, contradicen abiertamente la imagen vendida por Fidel sobre el "paraíso cubano".
Estamos viviendo tiempos de cambio. En contraste con la imagen de Fidel, nos viene a la mente la imagen del balsero, aquel que arriesgó su vida en busca de Libertad. La riesgosa balsa es una apuesta a todo o nada, es elegir entre la posibilidad de perder la vida ante la opción de tenerla ya perdida. Es el hartazgo y la rebeldía en busca de ejercer el derecho a la felicidad.
En este proceso que está viviendo la isla recordamos las palabras de Juan Pablo II quien –considerado junto con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, como padres de la derrota del comunismo en el mundo- durante su visita a la isla: “Que Cuba se abra al mundo. Que el mundo se abra a Cuba”.
El comunismo fracasó, generó más pobreza y muertes en el mundo. Estamos presencia el histórico momento del fin del último bastión latino de esta ideología contraria a la naturaleza del hombre.
Martín Simonetta, “Los Pies de Barro del Régimen Cubano”. Fundación Atlas1853, 1999.
Martín Simonetta, op. cit.