Límite al poder: La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual
| Límite al poder: La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual | ||
Conferencia pronunciada el 5 de noviembre de 2004 por el Almirante Sanchez Sañudo, en el día en que celebraba sus 90 años de edad, en la sede del Colegio de Abogados de Transcripción realizada por María Alejandra Moyano Este trabajo realizado por Dn. Carlos Sánchez Sañudo tiene el doble mérito –además de su enjundia de conocimientos- el de haber sido escrito por él a los 90 años de edad para festejar su onomástico. Segundo, revela el patriotismo de este marino que no escatima esfuerzos y sacrificios con tal de legar a sus conciudadanos y a la posteridad, las clarísimas soluciones a los problemas que agobian desde hace años a los argentinos. Por eso nos esforzamos en tratar de publicarlo lo antes posible para su difusión adecuada. ---------------------------------------------------------- Comenzaremos por el final casi de la vida de Alberdi, al haber sido designado por la provincia de Tucumán candidato al Congreso Nacional. Por tal motivo, el prócer preparó y presentó “La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual”, que el 24 de mayo de 1880 leyó en LIMITE AL PODER: Hemos elegido para esta síntesis del “Evangelista de Brevemente recordaré que, en su primera obra doctrinaria, el “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho”, señala el joven de 27 años: “El pueblo no es soberano de mi libertad, ni de mi inteligencia, ni de mis bienes, ni de mi persona, que tengo de la mano de Dios, sino por el contrario, no tiene soberanía sino para impedir que se me prive de mi libertad, de mis bienes, de mi persona. De modo que, cuando el pueblo o sus representantes, en vez de cumplir con ese deber, son los primeros en violarlos, no son criminales únicamente sino también perjuros y traidores”. Esta es la misma idea de la libertad civil que desarrolla en la obra que hoy comentamos, casi como un himno a la libertad individual y al orden social que ella implica. Al respecto recordamos que el Premio Nobel von Hayek concordantemente ha expresado que “la voluntad popular es soberana, pero en modo alguno ilimitada”, como creen los demócratas antiliberales. EL ANÁLISIS DE Comienza Alberdi su discurso destacando que una de “las más profundas raíces de nuestras tiranías en Sudamérica es la noción grecorromana del Estado y de En este estudio sobre la evolución de la libertad a lo largo de los tiempos, comenzó diferenciando los dos períodos de las sociedades griegas. “En la ciudad antigua –decía- el sentimiento personal formaba parte de la religión. Se amaba a la patria porque se amaba a sus dioses protectores, las leyes eran fórmulas sagradas. Cada comuna tenía, no solo independencia, sino también su culto y su código. Para los antiguos, Dios no estaba en todas partes. Los dioses de cada hombre eran aquellos que habitaban su casa, su comuna, su cantón. Por el contrario, el desterrado, al dejar su patria tras sí, dejaba también sus dioses y su propiedad, no teniendo culto, no tenía ya familia: dejaba de ser marido y padre. Por ello el destierro de su ciudad no parecía un suplicio más tolerable que la muerte. Los jurisconsultos romanos le llamaban pena capital. La religión, el derecho, el gobierno dependían del municipio. La ciudad era la única fuerza viva, nada más arriba de ella, nada más abajo, es decir: ni unidad nacional, ni libertad individual. El Estado así entendido era y tenía que ser la negación de la libertad individual, en que cifran la libertad de todas las sociedades modernas que son realmente libres”. “Pero cuando la casta sacerdotal perdió su dominación, se emancipó el individuo; no se pretendió ya que la persona fuera sacrificada al Estado”. “Se acabó el espíritu comunal. No se amó ya a “Comenzaba a sentirse la necesidad de salir del sistema comunal para llegar a otra forma de gobierno por encima de las ciudades para que velase por el mantenimiento del orden y obligase a aquellas a abandonar sus turbulencias y a vivir en paz”. “Esta disposición integradora de los espíritus constituyó la fortuna de Roma y lo que la puso a la cabeza del mundo. Tuvo su apogeo en “Pero la gran revolución que trajo el Cristianismo en la noción del hombre, de Dios, de la familia, de la sociedad toda entera cambió radical y diametralmente las bases del sistema greco-romano”. “El Cristianismo no era la religión de una familia, de una ciudad ni de ninguna raza. No pertenecía ni a una casta ni a una corporación. Desde su comienzo llamaba a la humanidad toda entera. Jesucristo decía a sus discípulos: “Id a instruir a todos los pueblos”. Para este Dios que era único y universal no había extranjeros; no fue un deber para el ciudadano detestar al extranjero. El Cristianismo es la primera religión que no haya pretendido que el derecho dependiese de ella” “Haciendo de cada hombre el hermano de otro hombre a quien debe respeto y amor de hermano, el Cristianismo ha creado la igualdad, es decir, la libertad de todos por igual”, agrega Alberdi. “Sin embargo, el renacimiento de la civilización antigua entre las ruinas del Imperio Romano y la formación de los estados modernos, conservaron o revivieron los cimientos de la civilización pasada y muerta, no ya en el interés de los estados mismos, todavía informes, sino en la de los gobernantes, en quienes se personificaba la majestad, la autoridad y la omnipotencia del estado”. “De ahí el despotismo de los reyes absolutos surgidos de la feudalidad de “La omnipotencia de los reyes tomó el lugar de la omnipotencia del Estado. Quienes no dijeron “El Estado soy yo”, lo pensaron y creyeron, como aquel que lo dijo” destaca Alberdi. “Luego, sublevados contra los reyes, los pueblos los reemplazaron en el ejercicio del poder; la soberanía del pueblo tomó el lugar de la soberanía de los monarcas, aunque teóricamente”. Pero lo importante es lo que veremos ahora, la división que, a partir de este introito greco-romano, compara Alberdi, hace de la patología política contemporánea, que explica la de nuestros días y también nuestras crisis progresivas e ininterrumpidas. “El Estado es libre –dice Alberdi- en cuanto no depende del extranjero, pero el individuo carece de libertad en cuanto depende del Estado de un modo omnímodo y absoluto. El Estado es libre en cuanto absorbe y monopoliza las libertades de todos sus individuos, pero sus individuos no lo son, porque el gobierno les tiene todas sus libertades”. Vemos que éste es el mismo pensamiento que tenía a los 27 años y que recordamos al principio. Y vemos también que basta no tener amnesia para recordar varias situaciones análogas que hemos padecido en las últimas décadas. “Tal es –continúa- el régimen social que ha producido Más aún: “El Contrato Social de Rousseau –agregaba- convertido en catecismo de nuestra revolución por el Dr. Moreno, ha gobernado a nuestra sociedad, en la que el ciudadano ha seguido siendo una pertenencia del Estado o de Por el contrario, el Iluminismo Británico –como lo llama Hayek- debido principalmente a los filósofos escoceses David Hume, John Locke, Adam Ferguson y Adam Smith, concebían, no el racionalismo constructivista francés, sino el evolutivo, esto es la teoría de la evolución, según la cual los pueblos se encuentran con instituciones que, si bien son el resultado de la acción entre los hombres, no lo son del designio humano (no es deliberado, no es planificado). Así son la mayoría de las instituciones humanas, como el idioma de cada país, el derecho, la moral, la moneda: son el resultado de la acción del hombre a través de años de evolución, lo cual, mediante el sistema de la prueba y el error, va incorporando todo aquello que es útil a la pacífica convivencia humana, que constituye el objetivo de todas las ciencias sociales. Este es el racionalismo evolutivo. Esta nueva concepción tuvo por finalidad impedir la arbitrariedad del poder logrando que todos fueran tratados igualmente, sin discriminaciones siempre odiosas; para lo cual debían ser respetados y garantizados los derechos individuales de todos sin excepción. No se habló de “voluntad mayoritaria” sino de “derechos y garantías para todos y cada uno, privilegios para ninguno”, como ordena nuestra sabia Constitución de 1853. (SOBRE ESTE IMPORTANTE TEMA, PUEDE CONSULTARSE EL APÉNDICE) Vemos que la diferenciación de Hayek coincide con la de Alberdi. La concepción francesa habla de “voluntad general” (o de sus representantes), que nada tiene que ver con la justicia y a menudo sí con el autoritarismo y la arbitrariedad que hemos padecido y padecemos en carne propia. Por el contrario, la garantía alberdiana de los derechos individuales crea el ámbito de la seguridad jurídica, de la confianza económica y, finalmente, de la estabilidad política e institucional, que muchos buscan por caminos equivocados. Son, pues, dos concepciones antagónicas e irreconciliables que dan origen a dos conceptos de la libertad, dos de la ley, dos de los derechos, del Estado, de la democracia social, incompatibles entre sí. En un caso la sociedad es manejada desde el poder, en el otro es organizada desde abajo, desde el ciudadano y sus derechos personales (La sociedad contractual y la economía de mercado libre). Cien años después ha dicho Hayek refiriéndose a la moderna democracia ilimitada: “Son sus ilimitados poderes los que impiden al gobierno a negarse a otorgar privilegios arbitrarios, resultando así el poder omnímodo pero paradójicamente también débil y corrupto, juguete de los grupos de presión y de intereses, a quienes debe cortejar para obtener y conservar su favor”. “Es evidente –sigue Hayek- que la única forma de limitar el poder de los grupos, es limitar el poder del gobierno en hacer tales concesiones privilegiadas, preservando así al gobierno democrático de la extorsión que hoy padece”. Es era –decimos- la función de los “derechos y garantías” y de la ley igual y para todos, como límite a los tres poderes, que propician Hayek y Alberdi, que poco tiene que ver con las “concertaciones”, los llamados “consensos” o “políticas de Estado”, que se propician como sustitutos de Ya decía Alberdi en el “Sistema Económico y Rentístico”: “ ALBERDI HA BUSCADO Y ANALIZADO Prosigue afirmando: “Pero la raíz y cuna de nuestras tiranías modernas en Sud América no se debe sólo a nuestra remota ascendencia greco-romana a través del régimen político nacido en “La corona de España no fundó sus colonias de América para conferir riqueza y poder a sus colonos, sino para negocio y poder propios de la corona misma. “A pesar de nuestras modernas Constituciones, “Sin duda –prosigue- que las Constituciones que reglaron luego la conducta del gobierno de “¿Cómo así?”, se pregunta. “Mientras la arbitrariedad y el autoritarismo existan en el sistema sin un déspota, los efectos de ese estado de cosas no se harán sentir en los gobernados como en la época de Rosas, pero su resultado infalible será la pobreza y la crisis de empobrecimiento”. Preveía Alberdi los resultados de la inseguridad y desconfianza económica que conviven con la actual “democracia ilimitada” y, por lo tanto, antiliberal. “América, no reside en el déspota y en el tirano, sino en la máquina o construcción mecánica del Estado, por la cual todo el poder de sus individuos, refundido y condensado, cede en provecho de su gobierno y queda en manos de su institución”. “El déspota y el tirano son el efecto y el resultado, no la causa, de la omnipotencia de los medios y fuerzas económicas del país puestas en poder de su gobierno y del círculo personal que personifican al estado, por la maquinaria del Estado mismo”. “Resulta así sumergida y ahogada la libertad de los individuos en ese caudal de poder público ilimitado y omnipotente”. Puede llamar la atención del lector que Alberdi ponga como causa principal la omnipotencia de las fuerzas económicas estatales. No es ello porque diera más importancia a la economía que al derecho, sino que, como era un gran jurista y mejor economista, advirtió que el derecho y la economía son correlativos e interdependientes, por lo que toda aberración económica estatal significa una vulneración del orden jurídico. Percibió, como pocos, que si al poder político se le agrega el económico, se desemboca en el poder omnímodo, que vulnera todos los derechos, todas las libertades y al propio “Estado de Derecho”, de lo que hemos sido y somos testigos. A modo de síntesis Alberdi expresa: “No ha habido, pues, un error más grande que el de creer que, en las ciudades antiguas griegas, el hombre disfrutaba de la libertad. Ni idea siquiera tenían de ella. No creían que pudiese existir derecho alguno en oposición a la ciudad y sus dioses”. “Es verdad que revoluciones ulteriores cambiaron esa forma de gobierno; pero la naturaleza del Estado quedó casi la misma. El gobierno se llamó sucesivamente monarquía, aristocracia, democracia; pero ninguna de esas revoluciones dio a los hombres la verdadera libertad, que es la libertad individual”. Y esto es de plena actualidad: “Tener derechos políticos –señala- votar, nombrar o elegir magistrados, poder ser uno de ellos, es todo lo que se llama libertad, pero el hombre no continuaba menos avasallado al Estado que antes lo estaba”. Y este pensamiento de nuestro compatriota coincide con el de Hayek, cuando afirma: “La democracia no es la libertad ni la garantiza, es solo un intento de alcanzarla” y el problema –agregamos- es preservarla; como señala Julián Marías: “La democracia que no preserva la libertad, profana su nombre, se prostituye y anula. La libertad, en cambio, genera democracia, hace que la vida se desarrolle democráticamente”. Es que –como destaca Alberdi-: “Faltaba la aparición del reinado del individualismo; es decir, de la libertad del hombre levantada y establecida ante la faz del Estado y del patriotismo, coexistiendo con ello armónicamente”. “Se puede decir con verdad –sigue Alberdi- que la sociedad de nuestros días debe al individualismo así entendido, los progresos de su civilización. En este sentido, no es temerario establecer que el mundo civilizado y libre, es la obra del afán del progreso individual, cristianamente entendido. Ama a Dios sobre todo, enseñó él, y a tu prójimo como a ti mismo, santificando de este modo el amor de sí a la par del amor al prójimo”. Y a continuación expresa, con actualidad abrumadora: “La iniciativa privada ha desmontado, desaguado, fertilizado nuestras campañas y edificado nuestras ciudades; ella ha descubierto y explotado minas, trazado rutas, abierto canales, construido caminos de hierro con sus trabajos de arte; ella ha inventado y llevado a su perfección el arado, el oficio de tejer, la máquina de vapor, la prensa, innumerables máquinas; ha construido nuestros bajeles, nuestras inmensas manufacturas, los recipientes de nuestros puertos; ella ha formado los bancos, las compañías de seguros, los periódicos, ha cubierto la mar de una red de líneas de vapor, y la tierra de una red eléctrica. La iniciativa privada ha conducido la agricultura, la industria y el comercio a la prosperidad presente y actualmente la impele en la misma vía con rapidez creciente. ¿Por eso desconfiáis de la iniciativa privada?”. ¿Qué diría hoy si contemplara el estatismo e intervencionismo que nos ha empobrecido, desunido y confundido?. “Porque, además, para esto último, el Estado absorbe toda actividad de los individuos, esto es, el gobierno engancha en las filas de sus empleados a los individuos que serían más capaces entregados a si mismos. En todo interviene el Estado y todo se hace por su iniciativa en la gestión de sus intereses públicos. El Estado se hace fabricante, constructor, empresario, banquero, comerciante, editor y se distrae así de su mandato esencial y único, que es proteger a los individuos de que se compone, contra toda agresión interna y externa impartiendo justicia. En todas las funciones que no son de la esencia del Gobierno, obra como un ignorante y como concurrente dañino de los particulares, empeorando el servicio del país lejos de mejorarlo”. Recuerda este pensamiento lo que decía en el “Sistema Económico y Rentístico” 25 años antes: “El Estado no ha sido hecho para hacer ganancias, sino para hacer justicia, no ha sido hecho para hacerse rico, sino centinela y guardián de los derechos del hombre”. OTRA PRUEBA DE Decía Alberdi en el “Fragmento Preliminar”: “Nuestra prosperidad ha de ser obra de la espontaneidad, antes que de una creación oficial. Muchas cosas materiales se han logrado a despecho de Rosas, cuya omnipotencia ha sido vencida por la acción espontánea”. Hayek, 100 años después, considera que el liberalismo también reconoce un orden espontáneo. Alberdi y Hayek establecen así el “cómo” lograr el tan proclamado “respeto a la dignidad de la persona humana” a través de un orden espontáneo, para que cada cual pueda hacer una realidad su libre albedrío y el ejercicio de la libertad de elección y de acción, que es la verdadera libertad civil con la inherente responsabilidad. Ese es el orden social de la libertad, por lo cual se ha llamado con justicia el precursor de Y la solución a este complejísimo problema de la sociedad moderna se encuentra en un orden jurídico contrario a la arbitrariedad, y un orden económico que no lo invalide –hoy llamada economía de libre mercado- que postula Alberdi a lo largo de toda su obra; lo cual implica ausencia del intervencionismo económico, pues éste destruye al orden jurídico mencionado y conduce a la omnipotencia del Estado, se diga o no democrático. “Abuso legal”, se dirá. Sí, y eso es lo más grave: que la legalidad democrática pueda amparar al abuso. “La tendencia del intervencionismo de Estado –dice Julián Marías- es un rasgo que caracteriza la historia de Europa desde Este es el experimento liberal que se llevó a cabo en los EE.UU. luego de 1787 y en nuestro país progresivamente después de 1853, permitiendo un progreso y una civilización sin precedentes al posibilitar la unión de esfuerzos correspondientes a voluntades y fines diferentes. Alberdi es sin duda la primer figura en el mundo latino –repito: el primero- que entendió la “revolución política y su consecuencia social que ello implica en América” –son sus palabras- y desarrolla el sistema filosófico, jurídico, económico y políticamente para lograr la unión nacional mediante cooperación voluntaria entre personas tan distintas entre sí. Así se hizo el país, luego de Caseros, con antinomias tan profundas, ayer como hoy. Esa es la verdadera unión nacional. Fue el sistema que posibilitó el llamado “milagro argentino”. El único gran objetivo nacional fue ese: garantizar el marco institucional para posibilitar el esfuerzo mancomunado entre millones de personas desconocidas entre si que piensan distinto. El resultado logrado por la generación del 37 imbricada con la del 80 asombró al mundo hacia 1910, en el centenario de Mayo. Nuestra declinación actual desde hace varias décadas se debe al enfrentamiento y reemplazo “del límite a la arbitrariedad” –que son los derechos y garantías individuales- por la “arbitrariedad sin límite”, como es el concepto roussoniano de la “voluntad mayoritaria” que poco tiene que ver con la seguridad jurídica, y que tampoco es voluntad de la mayoría, sino de los grupos de presión sobre el gobierno y a quienes éste debe cortejar para mantener su apoyo. Se ha reemplazado así la “fuerza del derecho” por el “derecho de la fuerza”, en este caso del número y de la coacción de los grupos. A esto ha conducido la práctica política en boga, con lo cual hoy la economía ignora al derecho y la política, a ambos. La crisis ininterrumpida en que vivimos es, pues, su lógica consecuencia. El sistema de Alberdi es el de la sociedad civilizada, en pugna con la “sociedad tribal”, la organización piramidal, que en el siglo XX es una aberración social y un suicidio político, origen de la inestabilidad que todos pretenden erradicar. Es que resulta difícil –si no imposible- establecer extralimitaciones donde no hay límites precisos, como establecía insistentemente Alberdi, incluso en el Art. 28; es decir, puntos objetivos de referencia, para poder precisar en cada caso los excesos gubernamentales. Se institucionaliza así como norma la arbitrariedad, retornando al siglo XVII, a las leyes de Indias, y preparándose la crisis política e institucional en curso y erróneamente realimentada. Y termina Alberdi su trabajo a modo de síntesis: “La libertad individual –afirma- es el límite sagrado en que termina la autoridad del Estado. Todos los crímenes contra la libertad del hombre, han podido ser cometidos, no sólo impune sino legalmente en nombre del Estado omnipotente, invocado por su gobierno omnímodo. La libertad de la patria –afirma- es la independencia respecto de todo país extranjero. La libertad del hombre es la independencia del individuo respecto de su propio país”. “La libertad de la patria es compatible con la más grande tiranía, y pueden coexistir en el mismo país. La libertad del individuo deja de existir por el hecho mismo de asumir el Estado la omnipotencia del país. La libertad individual significa literalmente ausencia de todo poder omnipotente y omnímodo en el Estado y en el Gobierno del Estado”. “Otro fue el destino y la condición de la sociedad que puebla América del Norte”, y continúa el autor de las “Bases”: “Esa sociedad radicalmente diferente de la nuestra, debió al origen trasatlántico de sus habitantes sajones la estructura de su régimen político de gobierno en que la libertad del Estado tuvo por límite la libertad sagrada del individuo. Los derechos del hombre equilibraron allí en su valor a los derechos de la patria, y si el Estado fue libre del extranjero, los individuos no lo fueron menos respecto del Estado”. “A la libertad del individuo –continúa Alberdi- que es la libertad por excelencia, debieron los pueblos del Norte la opulencia que los distingue”. Este aviso interesa altamente a la salvación de las repúblicas americanas de origen latino. Sus destinos futuros deberán su salvación a la libertad individual, o no los verán jamás superados si esperan que alguien los salve por otra razón. “Ese es el orden de la naturaleza, y por eso es el mejor y más fecundo en bienes reales. Los Estados son ricos por la labor de sus individuos; y su labor es fecunda porque el hombre es libre; es decir, dueño y señor de su persona, de sus bienes, de su vida, de su hogar”. O sea, la limitación del poder por los derechos individuales. Prestemos ahora atención a las siguientes afirmaciones de Alberdi: “Cuando el pueblo de esas sociedades anglosajonas necesita alguna obra o mejoramiento de público interés, sus hombres se miran unos a otros, se buscan, se reúnen, discuten, ponen de acuerdo sus voluntades, obran por sí mismos en la ejecución del trabajo que sus comunes preferencias necesitan ver satisfechas”. “En los pueblos de origen latino –en cambio- los individuos que necesitan un trabajo de mejoramiento general, elevan los ojos al Gobierno, esperan todo de su intervención y se quedan sin agua, sin luz, sin comercio, sin puentes, sin muelles...”, lo cual –agregamos- es tan cierto ayer como hoy (Ej.: “piqueteros” que violan En esta diferenciación alberdiana de la esencia latina y sajona de la libertad, reside la clave de la correcta interpretación de la patología política de nuestros días, como surge del análisis que en igual forma desarrollara el citado Premio Nobel Friedrick von Hayek, lógicamente incorporando las enseñanzas de los cien años transcurridos. Hayek en su magna obra jurídica, económica y política, en realidad eleva a la verdadera jerarquía intelectual a nuestro ilustre compatriota, lamentablemente casi desconocido por la mayoría de sus conciudadanos, sobre todo por sus dirigentes. Como Alberdi, Hayek afirma que el desarrollo de la teoría de la libertad moderna tuvo lugar principalmente en el siglo XVIII en dos países, uno de los cuales conocía la libertad, Inglaterra, y el otro no, Francia. Existe una teoría evolucionista de las instituciones, la sajona, y otra constructivista u organizativa, la francesa. Esta última nace con el iluminismo a ultranza iniciado por Descartes, que reconoce sólo lo que la razón a ultranza construye o demuestra; luego por la “voluntad general” de Rousseau que desemboca en el jacobinismo de Por el contrario, el Iluminismo Británico –como lo llama Hayek – debido principalmente a los filósofos escoceses David Hume, John Locke, Adam Ferguson y Adam Smith, concebía, no el racionalismo constructivista francés, sino el evolutivo, esto es la teoría de la evolución, según la cual los pueblos se encuentran con instituciones que, si bien son el resultado de la acción de los hombres, no lo son del designio humano (no es deliberado, no es planificado). Así lo son la mayoría de las instituciones humanas, como el idioma de cada país, el derecho, la moral, la moneda: son el resultado de la acción del hombre a través de años de evolución, lo cual, mediante el sistema de la prueba y el error, va incorporando todo aquello que es útil a la pacífica convivencia humana que constituye el objetivo de todas las ciencias sociales. Este es el racionalismo evolutivo. Esta nueva concepción tuvo por finalidad impedir la arbitrariedad del poder logrando que todos fueran tratados igualmente, sin discriminaciones siempre odiosas, para lo cual debían ser respetados y garantizados los derechos individuales de todos sin excepción. No se habló de “voluntad mayoritaria” sino de “derechos y garantías para todos y cada uno, privilegios para ninguno”, como lo ordena nuestra sabia Constitución de 1853. (SOBRE ESTE IMPORTANTE TEMA, PUEDE CONSULTARSE EN EL APÉNDICE). Vemos que la diferenciación de Hayek coincide con la de Alberdi. La concepción francesa habla de “voluntad general” (o de sus representantes), que nada tiene que ver con la justicia y a menudo sí con el autoritarismo y la arbitrariedad que hemos padecido y padecemos en carne propia. Por el contrario, la garantía alberdiana de los derechos individuales crea el ámbito de la seguridad jurídica, de la confianza económica y, finalmente, de la estabilidad política e institucional, que muchos buscan por caminos equivocados. Son, pues, dos concepciones antagónicas e irreconciliables que dan origen a dos conceptos de la libertad, dos de la ley, dos de los derechos, del estado, de la democracia y del orden social, incompatibles entre sí. En un caso, la sociedad es manejada desde el poder, en el otro es organizada desde abajo, desde el ciudadano y sus derechos personales (la sociedad contractual y la economía de mercado libre). Cien años después ha dicho Hayek refiriéndose a la moderna democracia ilimitada: “Son sus ilimitados poderes los que impiden al gobierno negarse a otorgar privilegios arbitrarios, resultando así el poder omnímodo pero paradójicamente también débil y corrupto, juguete de los grupos de presión y de intereses, a quienes debe cortejar para obtener y conservar su favor”. Es evidente –sigue Hayek- que la única forma de limitar el poder de los grupos, es limitar el poder del gobierno en hacer tales concesiones privilegiadas, preservando así al gobierno democrático de la extorsión que hoy padece”. Esa era –decimos- la función de los “derechos y garantías” y de la ley igual y para todos, como límite a los tres poderes, que propician Hayek y Alberdi, que poco tiene que ver con las “concertaciones”, los llamados “consensos” o “políticas de Estado”, que hoy se propician como sustitutos de Ya decía Alberdi en el “Sistema Económico y Rentístico”: “ ALBERDI, HOY La importancia del pensamiento y obra de Alberdi, hoy, reside en que la alternativa que él debió enfrentar, luego de 30 años de guerras civiles y 20 de obligados exilios, es similar a la que hoy se nos presenta luego de 60 años de errores y antinomias irreconciliables. El tenía dos opciones: o continuar con la arbitrariedad y autoritarismo del régimen rosista o producir el gran cambio que permitiera la liberación de las energías de los argentinos, hasta ese entonces amordazadas. Y ese fue el orden social de la libertad, de la garantía de los derechos, con la genial interpretación del autor de las “Bases y Puntos de Partida...” y del “Sistema Económico y Rentístico...”. Y esa es la misma alternativa que tenemos hoy por delante, y de cuya correcta elección depende la suerte de APENDICES 1. Lo que Como decía Luigi Einaudi: “Lo que Y eso es lo grave: que en Occidente esté en vigor la democracia de gobiernos limitados sólo por las opiniones cambiantes de la oposición o de las alianzas, no para fortalecer las creencias, sino para aumentar el número y lograr el poder como sea. Por lo que en esta democracia –sin límite de los principios, derechos y garantías escritos en Y la situación se complica, porque luego de medio siglo de docencia al revés, los “errores a nivel pseudo científico (Hayek) han socavado los cimientos de nuestra civilización, pues el moderno desarrollo del derecho responde en gran medida a dictados de una falsa teoría económica ( o al voluntarismo político)”. Sintetizando, se ha adoptado “el error económico como credo político”, constituyendo una burla a los derechos que se “enuncian” y una trampa a la “democracia” que se declama. 2. El Gobierno Representativo Porque no es posible olvidar con la ligereza que se ha hecho, que el verdadero significado del “Gobierno representativo” de nuestra Constitución fue reafirmado en una declaración de Pero en nuestro país –lamentablemente- tales “cuestiones fundamentales” no han sido sustraídas, sino precisamente incluidas en la controversia política, con el resultado del predominio de la libertad política sobre la libertad civil, justamente en el período 1943-1946, cuando En ese momento (1946) las naciones triunfadoras condenaron las pseudoinstituciones nazis, fascistas, corporativistas, cuyos desvaríos habían costado 60 millones de muertos. Y, ¡oh, asombro! en el mismo año el mismo gobierno electo en El desastre jurídico, económico, moral y político no se hizo esperar, por lo que en 1955 3. El liberalismo como sistema evolutivo Adam Ferguson decía en el siglo XVIII: “Los pueblos se encuentran con Instituciones que si bien son el resultado de la acción humana, no lo son del designio o acción deliberada humana”. Son producto de la evolución, como lo ha sido el lenguaje, la escritura, el derecho, la moral, el contrato, la moneda, el mercado y otras tantas instituciones. El lenguaje, por ejemplo, nadie lo inventó; es producto de la evolución de cada país, pero luego los hombres -mediante la razón- han estudiado cada idioma y extraído las normas que constituyen la “gramática” para que la gente hable bien y pueda entenderse con su prójimo (lo mismo ocurre con el derecho, la moneda, el mercado, etc.); así también el liberalismo es el conjunto de normas extraídas del resultado de la acción y de la ley natural para que la sociedad funcione eficazmente, logrando la convivencia pacífica y el progreso. El liberalismo, pues, es a la organización de la sociedad lo que la gramática es al lenguaje: ambos, liberalismo y gramática, han estudiado y extraído las reglas para un mejor aprendizaje, adecuado funcionamiento y debida preservación de sus respectivas disciplinas: la sociedad y el lenguaje. “Orden social –decía Ortega y Gasset- no es una presión que se ejerce desde afuera de la sociedad, sino un equilibrio que se suscita desde su interior”. En verdad el equilibrio que se suscita es debido al orden espontáneo, el de la libertad en los distintos campos. 4. Lo que la argentina debe a Alberdi (1) Podemos decir que (1) Alberdi, el gran arquitecto de la definitiva organización de Dn. Carlos Alberto Sánchez Sañudo: - Egresó de - Se desempeñó como Profesor de Electrónica y Comunicaciones de - Fue jefe de Comunicaciones de - Ejerció el comando del Buque Tanque “PUNTA CiGUEÑA”, del Rastreador “DRUMMOND”, de - Se desempeñó como Secretario General de - Ocupó el cargo de Agregado Naval en - Fue miembro de |
